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28 junio 2026

A la sombra de una morera

El bochorno había empezado antes de que el sol asomara del todo. Era ese calor espeso que no avisa, que se instala en la piel como si quisiera quedarse a vivir en ella. En el entorno no se movía ni una hoja, salvo las de la morera, que siempre parecía tener su propio ritmo, ajena a los caprichos del tiempo.

La morera era vieja, de copa ancha, de esas que ya han visto demasiados veranos como para sorprenderse por uno más. Su sombra caía redonda, generosa, como un mantel extendido para quien quisiera refugiarse. Y allí, justo en el centro, estaba el hombre.

Había colocado su sillita baja con la precisión de quien conoce el lugar desde hace años. A su lado, el botijo sudaba despacio por fuera, como si también soportara el calor. El transistor, de los de toda la vida, con su antena algo torcida, dejaba escapar un bolero de Los Panchos. La música sonaba un poco apagada, como si viniera desde muy lejos, quizá desde algún verano antiguo que el hombre recordaba sin decirlo.

Marcaba el ritmo con el pie, apenas un gesto, como si el bolero le estuviera acompañando más que entreteniendo. No había prisa en él. Tampoco tristeza. Solo esa melancolía suave que tienen los días de mucho calor, cuando uno se sienta a la sombra y deja que el tiempo pase sin pedirle nada.

De vez en cuando levantaba la vista y miraba el cielo, no para buscar nubes —que no había—, sino como quien agradece un amanecer, aunque sea así, pegajoso y tórrido. La morera, cómplice, le regalaba su sombra. Y desde una de sus ramas, un gorrión lanzó unos trinos breves, como si quisiera sumarse al bolero.

El hombre sonrió apenas. Era una sonrisa pequeña, casi secreta, de esas que solo se ven cuando uno está en paz consigo mismo. Quizá recordaba otros veranos, otras sombras, otros boleros. O quizá no recordaba nada y simplemente estaba ahí, dejando que el día hiciera lo que quisiera.

La escena era sencilla, pero tenía esa belleza que solo aparece cuando nadie la busca: un hombre, una morera, un bolero, un gorrión. Un pedazo de vida detenido, como si el verano hubiera decidido, por un momento, no seguir avanzando, de esos que pasan desapercibidos para todos menos para quien sabe mirar.

Ramón Alfil
Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
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REFERENCIAS
Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

20 junio 2026

El latido que se hizo esperar

El zeta avanzaba despacio por una de las calles de la ciudad, como si la tarde se hubiera quedado atascada en un silencio espeso. La pareja de agentes de la Policía Nacional —Serrano y Aguilar— llevaba ya demasiadas horas patrullando entre discusiones vecinales, denuncias absurdas y esa fauna urbana que parece empeñada en desgastar la paciencia. Nada hacía presagiar que aquel turno rutinario estaba a punto de quebrarse.

Al girar la esquina, vieron un pequeño tumulto. Un círculo de personas rodeaba a un hombre tendido en el suelo. Algunos gritaban, otros lloraban, otros simplemente miraban sin saber qué hacer. Serrano frenó en seco. Aguilar ya estaba fuera del coche antes de que el motor se apagara.

—Aparten, por favor —ordenó Serrano, abriéndose paso.

El hombre yacía inmóvil, la piel cenicienta, los labios amoratados. No respiraba. Aguilar se arrodilló junto a él y comprobó el pulso. Nada. Ni un hilo, ni un susurro de vida.

—RCP —dijo, sin levantar la vista.

Serrano se colocó a su lado. Aguilar entrelazó las manos y comenzó las compresiones, firmes, constantes, marcando un ritmo que parecía golpear también el aire alrededor. La multitud guardó un silencio reverencial, como si cada presión fuera una plegaria.

A los pocos segundos, Serrano tomó el relevo. Se turnaban sin hablar, sin pensarlo, como si sus cuerpos supieran lo que había que hacer antes que sus mentes. El sudor les corría por la frente. El tiempo se había vuelto una sustancia espesa, interminable.

Un ruego suspendido entre la vida y la nada. 
Como si aquel cuerpo les pidiera que no lo dejaran ir.

En algún momento, mientras presionaba el pecho del hombre, Serrano creyó ver algo en su rostro. No un gesto consciente —sabía que estaba inconsciente—, sino una especie de súplica muda, un ruego suspendido entre la vida y la nada. Como si aquel cuerpo, aun sin voz, les pidiera que no lo dejaran ir. Aguilar también lo notó: una tensión mínima en la mandíbula, un temblor casi imperceptible en los párpados. Señales que quizá no significaban nada… o quizá lo significaban todo.

—Aguante, caballero… —murmuró Aguilar, sin saber si le oía.

Las sirenas se escucharon a lo lejos. Los sanitarios llegaron corriendo, desplegando material, tomando el control con la precisión de quien pelea cada día contra la muerte. Los policías se apartaron, jadeando, con las manos temblorosas. Vieron cómo conectaban electrodos, cómo administraban oxígeno, cómo el cuerpo del hombre respondía con un leve espasmo.

El latido...

Y entonces, un pitido. Un latido. Uno solo. Luego otro. Y otro.

Los sanitarios se miraron y asintieron. Había esperanza.

—Le habéis salvado la vida, sin vuestra reanimación cardiopulmonar no lo hubiéramos recuperado… —dijo el médico a los policías.

Serrano y Aguilar se quedaron quietos, como si no supieran qué hacer con la adrenalina que aún les recorría el pecho. Luego se miraron. No dijeron nada. No hacía falta. Se abrazaron con fuerza, un abrazo breve pero lleno de esa emoción que rara vez se permite en su oficio. Entre tanta miseria diaria, entre tanta chusma, de vez en cuando la vida les regalaba un instante así. Un instante que justificaba todo lo demás.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

La habitación del hospital estaba en penumbra cuando el hombre abrió los ojos. Primero vio el techo, borroso. Luego, poco a poco, las formas se hicieron nítidas: su mujer, con las manos temblorosas; sus dos hijas pequeñas, abrazadas a la cama, mirándolo como si temieran que desapareciera si parpadeaban.

Él intentó hablar, pero solo le salió un sollozo. Las niñas se echaron sobre él, la mujer le tomó la mano, y el hombre lloró. Lloró por el miedo, por el regreso, por la vida que aún tenía entre los dedos.

No sabía quiénes habían sido los que le devolvieron el latido. Pero en algún lugar de la ciudad, dos policías seguían patrullando, con el uniforme sudado y el alma un poco más llena.


Ramón Alfil
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REFERENCIAS
Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

10 junio 2026

El límite de la sutura

La luz del amanecer entraba en la habitación con un tono grisáceo y pálido. Era una claridad sucia, filtrada por unas cortinas de terciopelo que habían visto pasar demasiadas transacciones sin nombre. Malena se encontraba sentada en el borde de la cama, de espaldas al hombre, sintiendo cómo el frío del aire acondicionado le erizaba el vello de la nuca. El silencio era un zumbido eléctrico, una presión en los oídos que la obligaba a concentrarse en el sonido de su propia respiración.

A sus pies, sus botas de cuero negro brillaban con un fulgor arrogante. Se las puso con una lentitud ceremonial. Con cada tirón de la cremallera sentía que se alejaba un poco más de lo que había pasado.

—¿Cuándo vuelvo a verte? —La voz del hombre, un tal Mauricio, cuyo apellido ella había olvidado en cuanto lo leyó en la reserva, sonó espesa, cargada de una gratitud que Malena encontraba repulsiva.

Ella no respondió de inmediato. Se puso de pie y buscó su sujetador entre las sábanas revueltas. El gesto de buscar su ropa entre los restos del naufragio sexual la hacía sentir como una arqueóloga de su propia desgracia.

—No lo sé. Tengo mucho lío esta semana —dijo finalmente. Su voz era un bisturí: aséptica, precisa, diseñada para no dejar margen a la réplica.

Mauricio se incorporó, dejando al descubierto un torso que empezaba a ceder a la gravedad. Era un hombre poderoso en su despacho, un tipo que firmaba contratos millonarios, pero allí, bajo la luz cruda de las siete de la mañana, no era más que un amasijo de inseguridades envuelto en sábanas de quinientos hilos. Se rascó la perilla grisácea y buscó su billetera en la mesilla de noche.

09 junio 2026

En un libro abierto empieza la revolución

La cultura no avanza a golpes de ruido, sino a pequeños destellos de atención.

Un libro abierto, una melodía suave, una frase que nos obliga a detenernos: ahí empieza siempre la verdadera revolución.

No en la prisa, sino en la pausa.

No en el grito, sino en la mirada que se afina.

Ismael A.

REFERENCIAS

Fotografía: Dariusz Sankowski. Libre de derechos. 

01 junio 2026

El retrato de su señor

La joven criada se inclinaba cada día sobre el retrato de su señor como si temiera que el aire pudiera borrar aquel rostro que contemplaba.

Las cortinas del cuarto filtraban la luz con un tono dorado y antiguo. En esa penumbra pensaba que nadie la podía ver y su secreto estaría guardado. 

Pasaba el plumero con sumo cuidado. Sus manos, acostumbradas al trabajo rudo y no a la ternura, rozaban con mucha delicadeza el marco, como si temiera profanar algo sagrado.

Cada día repetía el mismo ritual: acercarse, contemplar, anhelar… y marcharse antes de que alguien pufiera sorprenderla y descubrir lo que ni ella misma se atrevía a admitir: un amor silencioso, condenado a lo imposible y que solo encontraba refugio en la quietud del retrato de su señor.

Relato corto basado en una obra del pintor italiano Tito Conti (1842-1924)


Ramón Alfil
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12 mayo 2026

Un cielo empedrado

Un alto en el paseo para disfrutar el momento
El horizonte se ha fragmentado en incontables escamas de algodón, en un cielo empedrado que parece el telón del cielo. Bajo esa cúpula de altocúmulos, la tierra se asoma con vértigo al azul profundo, donde las olas rompen con insistencia contra el acantilado. Entre las rocas, la vida se aferra con una pincelada silvestre; ramas secas que apuntan al infinito como dedos de madera, escoltadas por hojas y flores rojizas 
El tiempo se detiene entre la quietud del mar Mediterráneo y el desorden perfecto del cielo. 

Ramón Alfil
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REFERENCIAS
Fotografía: Ramón Alfil (colección nubes).
Oropesa del Mar (Castellón), entre la bahía de La Concha y el faro.
rinconesmarinos_adl   fotosymar_adl   literaturaymar_adl

28 abril 2026

Dos revólveres enfrentados

A cada uno de los dos le dieron un revólver. Los pusieron de frente, separados a una distancia considerable. El que lograra matar a su oponente cobraría un buen fajo de billetes. El primero que disparase tenía dos opciones: abatir a su contrincante y ganar el dinero pactado o fallar y hacer que el opuesto adelantara cinco pasos y esperar su disparo. Así sucesivamente hasta que uno de los dos muriera.
Ninguno se atrevía a ser el primero. Hubo mucha tensión. Todos estaban atentos hasta que uno, con dolor en el alma, tiró a dar. La pistola falló y no hubo descarga. El otro, sonriendo, avanzó los pasos convenidos y, apuntando, disparó sin temores. La pistola tampoco funcionó. Extrañados, miraron hacia los organizadores. Ninguno entendía por qué, algunos de ellos, estaban brincando de alegría.
Les habían dado unas pistolas sin balas. Aquella era una simple tarde de apuestas en la que ganaría el que acertara cuál de los dos apretaría el gatillo primero.
Y así son las guerras de la humanidad. Los que más beneficios han sacado, nunca han sido los que han tenido que empuñar las armas.

10 abril 2026

Anatomía de una bala


El martillo de la Colt 45 cayó con la irrevocabilidad de una guillotina. Fue un beso de acero contra el fulminante, una chispa de amor violento que despertó al dios dormido en la recámara. Dentro del cilindro de latón, la pólvora dejó de ser un sedimento inerte para transformarse en una expansión de gas incandescente, una violencia pura latiendo en milímetros de metal. El proyectil, un trozo de plomo encamisado en cobre, sintió el empujón brutal de una atmósfera de infierno que lo expulsaba de su nido de pólvora.

La bala comenzó su danza espiral. Las estrías del cañón, surcos de un destino tallado en frío, obligaron al plomo a girar sobre sí mismo. Aquella rotación no era un simple movimiento físico; era una obsesión giroscópica, una búsqueda de estabilidad en el caos del vuelo. El arma escupió un fogonazo de azufre y sombra que iluminó la habitación con la brevedad de un relámpago en un cementerio. El estruendo, una muralla de sonido sólido, quedó congelado en el tiempo para los oídos del tirador, convirtiéndose en una vibración que recorría los huesos de su brazo hasta anclarse en la base del cráneo.

El hombre tras la mira no era ya un hombre, sino una prolongación de la empuñadura de madera de nogal. Su dedo índice, una palanca de carne y rencor, mantenía la presión residual después del disparo. En su retina, la imagen del objetivo se había quemado con la intensidad de un negativo fotográfico expuesto al sol. El tirador habitaba ese instante de suspensión donde la culpa todavía no existe porque el impacto aún no ha ocurrido.

16 marzo 2026

La tiranía del interruptor

La luz de la mañana se derramaba por el ventanal, un lienzo de vidrio doble que sofocaba el estruendo de la ciudad hasta convertirlo en un ronroneo lejano, un latido mecánico encargado de arrullar su despertar. Hugo no abrió los ojos de inmediato. Extendió un brazo, una extremidad pálida que apenas conocía el peso del sol, y su mano encontró el dispositivo sobre la mesita de noche. El cristal cobró vida bajo su yema. Un movimiento circular, una caricia eléctrica, y las persianas se deslizaron hacia arriba con un suspiro de servidumbre. El exterior, esa cuadrícula de acero y asfalto, se presentó ante él como un decorado inofensivo, una proyección muda tras el panel aislante.

En la cocina, el agua iniciaba su ascenso térmico antes de que sus pies tocaran el suelo. La cafetera, un bloque de cromo y precisión, comenzaba su liturgia de vapor y aroma. Hugo caminaba descalzo sobre la madera radiante, un calor invisible que emanaba de las vetas barnizadas para proteger sus plantas del rigor del invierno que golpeaba fuera. La temperatura de la estancia era una constante matemática, una burbuja de aire domesticado que ignoraba las leyes de la estación. 

Se detuvo frente al refrigerador. La puerta cedió con un vacío sordo, revelando una arquitectura de frascos y paquetes sellados. No había rastro de tierra en las espinacas, ni memoria de sangre en el filete envuelto en film transparente. Todo era limpio, aséptico, despojado de su origen violento. Hugo tomó un envase de zumo; la tapa de plástico se rindió con un chasquido satisfactorio, una pequeña victoria de la ingeniería sobre la materia. Bebió mientras su atención se hundía en el flujo incesante de imágenes de su pantalla.

Aquella era su verdadera respiración: el flujo de datos. Su pulgar derecho ejecutaba una danza monótona, un scroll infinito que desfilaba rostros, paisajes retocados y sentencias de una profundidad de escaparate. Cada vez que su dedo se detenía y presionaba dos veces, un corazón rojo brotaba sobre el cristal. Era un acto de creación sin esfuerzo, una moneda de cambio en un mercado de sombras donde él se sentía, al mismo tiempo, juez y parte. No necesitaba saber de qué entrañas de la tierra procedía la electricidad que alimentaba aquel brillo, ni qué manos habían recolectado las naranjas de su vaso, ni de qué bosque remoto provenía la mesa donde apoyaba el codo. La cadena de milagros que lo mantenía a salvo era tan extensa y tan perfecta que se había vuelto invisible.

05 marzo 2026

El nombre que se borra


El frío no es una condición del aire, es un animal de dientes finos que devora la superficie de mi piel. Me incorporo con la lentitud de quien teme romperse. La verticalidad es una conquista dolorosa, mis manos, extensiones de un cuerpo que ha olvidado la firmeza, tantean la superficie rugosa en busca de un equilibrio precario. El suelo, una plancha de piedra gris y áspera, me devuelve la indiferencia del mundo mineral. No hay memoria de suavidad, solo la certeza del ángulo recto y la humedad que asciende desde las profundidades del asfalto.

El hambre es el otro habitante de mi soledad. No es un deseo, sino un hueco negro, una presencia física que muerde mis entrañas con la insistencia de un parásito. Mis costillas, peldaños de una escalera que no conduce a ninguna parte, se marcan bajo la superficie de mi cuerpo con cada respiración. Inhalar es un acto de valentía, el aire transporta partículas de óxido, el aliento acre de las máquinas que rugen en la distancia y el rastro rancio de los desperdicios ajenos.

El mundo es una geometría de dimensiones imposibles. Desde mi posición, la realidad se fragmenta en muros de hormigón que se pierden en las nubes, montañas de caucho negro que exhalan vapores tóxicos y pedestales metálicos que custodian banquetes inalcanzables. Existo en el ángulo muerto de la mirada ajena, allí donde las presencias se anuncian antes por su vibración que por su forma. Soy un recolector de impactos, descifro la proximidad del peligro a través de la onda que recorre el pavimento y sacude mis articulaciones, traduciendo cada temblor en una orden de retirada. La luz de la mañana no trae consuelo, es una claridad sucia, un resplandor que rebota en los charcos de aceite brillante, revelando la magnitud de mi desamparo.

25 febrero 2026

El último trayecto

La ciudad era un organismo herido, sangrando luces rojas y ámbar bajo una lluvia que no mojaba, sino que barnizaba las calles con una pátina de mercurio. Fabio aguardaba en la acera, envuelto en el aroma de su propio triunfo: el perfume de trescientos euros la onza y el rastro metálico del champán caro que aún le escocía en la garganta. Su maletín de piel de cocodrilo pesaba con la gravedad de los contratos cerrados y las vidas ajenas desmanteladas. Al levantar la mano, el aire pareció cristalizarse.

Un sedán negro, con el brillo de una cuchilla recién afilada, emergió del vaho nocturno. No hubo chirrido de frenos, solo un deslizamiento silencioso sobre el pavimento líquido. La puerta se abrió con un suspiro de vacío neumático.

Fabio se hundió en el asiento trasero. El habitáculo lo recibió con el abrazo de un guante de seda. El olor era extraño: no había rastro de los ambientadores de pino barato que suelen poblar esos cubículos. El aire olía a ozono, a biblioteca antigua y a la tierra mojada que precede a las tormentas definitivas.

A la zona alta. Calle Neptuno, cuarenta y cuatro ordenó Fabio, sin despegar los ojos de su teléfono, cuya pantalla proyectaba un fulgor azulado sobre sus facciones afiladas.

El motor inició su marcha. No era un rugido, sino un ronroneo profundo que vibraba en la base del cráneo. El conductor era una silueta de hombros anchos, coronada por una gorra que proyectaba una sombra impenetrable sobre el espejo retrovisor. Sus dedos, largos y marmóreos, se posaban sobre el cuero del volante con una delicadeza sacerdotal.

Noche larga, ¿verdad? La voz del taxista era un barítono aterciopelado que parecía emanar de las paredes del coche más que de su propia garganta.

Fabio soltó un bufido de autocomplacencia, guardando el teléfono en el bolsillo interior de su americana.

Larga y lucrativa. He enterrado a dos competidores antes de la medianoche. Mañana, sus acciones valdrán menos que el papel en el que están impresas.

El éxito es un plato que se sirve frío, dicen comentó el conductor, girando el volante con una parsimonia hipnótica. Aunque el precio de la vajilla suele ser elevado. ¿Se siente usted satisfecho, señor...?

20 febrero 2026

El estruendo del vacío

 

Ilustración: Bernardo Vidal

Theo apoya la frente contra el cristal frío de su estudio mientras observa cómo la calle se convierte en una masa de metal y caucho que avanza a tirones, una corriente donde las bocinas de los taxis perforan el aire viciado de humo y las risas de los adolescentes ascienden por la fachada para filtrarse por las rendijas de la ventana mal ajustada. Ante él descansa el lienzo en blanco, una superficie que la luz de los semáforos tiñe de un rojo intermitente y luego de un verde bilioso, mientras el vecino golpea un clavo en la pared contigua con un martillo de acero cuyo impacto rítmico le impide escuchar su propia respiración. Theo suelta el pincel con los dedos temblorosos, dominado por el deseo de una pausa absoluta que ocupe todo su espacio mental, una voluntad de hallar un interruptor capaz de desactivar, de una vez por todas, la frecuencia cardíaca de la ciudad.

Baja a la calle para comprar tabaco y el aire le devuelve una densidad de sudor rancio y escape de gasoil, una atmósfera donde los hombros de los transeúntes golpean los suyos en la acera estrecha sin que nadie pida perdón, mientras la mujer del quiosco habla por teléfono y le entrega el cambio con una desgana que se manifiesta en un zumbido nasal perceptible hasta en sus encías. Regresa a su portal, sube las escaleras impregnadas de un olor a col hervida que parece adherirse a las paredes y se encierra en su dormitorio, tumbándose en la cama con la almohada presionando sus oídos para registrar, como último estímulo, el estruendo de un avión que atraviesa el cielo nocturno y rasga la oscuridad con una violencia sónica definitiva.

18 febrero 2026

El gato del puerto


Foto: Ramón Alfil

Un sol débil y atenuado por un cielo nuboso empezaba a ceder su puesto a la noche. Sus últimos guiños dejaban una estela blanquecina en el agua de aquel puerto tranquilo. La tarde estaba coloreada de ocres, algo habitual en los atardeceres de invierno.
Sentado en un pequeño espigón habilitado para la pesca recreativa con caña descansaba un gato negro patiblanco. Su presencia inmóvil estaba en armonía con la calma y el silencio del lugar, tan solo roto por el graznido de alguna gaviota y un ligero golpeteo del agua contra las rocas.
El gato tenía colmada sus necesidades porque acababa de comerse los restos de sardinas y boquerones que unos minutos antes habían servido de cebo a un pescador. Con la panza llena y el instinto satisfecho no tenía más compromiso que disfrutar del calorcito que aún despedía la piedra después de bastantes horas de sol.
El mar, algo revuelto a lo lejos, hacía las paces consigo mismo arropado por las escolleras del puerto. En el muelle frontal estaba atracado un barco mercante. Para el gato, aquella mole de hierro no era un centro de trabajo en el que sus tripulantes van acelerados y marcados por el característico torbellino comercial, un trabajo muy duro y el estrés que conlleva un mundo excitado. Para el gato, aquel monstruo cargado de contenedores era una sombra más en el paisaje. Su mundo no se medía en objetivos mercantiles, ni en lucros dinerarios o en la creación de necesidades superfluas, normalmente compulsivas, sino en la temperatura de la piedra bajo su cuerpo y en el grado de saciedad de su estómago. Aquel animal no necesitaba nada más, comprendía a su manera lo que significaba la palabra "suficiente".


Ramón Alfil
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REFERENCIAS 
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Foto: Ramón Alfil. Una tarde de invierno en el puerto de Gandia (Valencia).

04 febrero 2026

La escritora y su asesino



La escritora estaba ensamblando la escena de un crimen espantoso y sanguinario. Cuidaba cada detalle del asesino para que no dejara rastro alguno en la investigación de la policía. De alguna manera, se identificaba más con el asesino que con los agentes que intentarían llegar al desenlace del homicidio.
En el estudio reinaba un silencio monacal, tan solo interrumpido por el fuerte tecleo sobre una vieja máquina de escribir y algún crujido de la madera de la mesa. 
La atmósfera estaba coloreada de un gris azulado que ondeaba en capas, como una neblina perpetua alimentada por el humo de bastantes cigarrillos.
A la escritora, de siempre, le fascinaban los gatos y los caracoles porque eran seres vivos silenciosos y tranquilos. En aquella larga noche literaria estaba acompañada por su gato, que buscaba el calorcito de un flexo, y unos caracoles que salían de su terrario y dejaban una marca de baba sobre la mesa y unos folios desordenados. 
Mientras el crimen cobraba vida sobre el papel, la escritora combinaba la paranoia de aquel asesino con un sorbo de whisky, alguna caricia al gato y redirigiendo al terrario a algún caracol que se salía de los lindes que ella misma consideraba como prudentes.
Sonó el timbre, se asustó, ¿quién podría ser?, pensó... Se dirigió a la puerta, acercó su ojo a la mirilla y vio a Logan, el asesino que estaba ficcionando en la novela. Tuvo miedo, pero abrió la puerta de golpe. No había nadie en el descansillo.

Ramón Alfil

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Escucha este relato / Voz: J.M.O.



J.M.O.
En nuestro ateneo pone muchas veces... ¡la voz!
"A distinguir me paro las voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una". Antonio Machado



REFERENCIAS
- Patricia Highsmith falleció un 4 de febrero como hoy, en 1995.
- Entre sus citas cabe destacar la siguiente: "A veces, los asesinos son más interesantes que la gente que nunca ha roto un plato".
- La fotografía ha sido creada por inteligencia artificial al solicitarle una imagen para este relato breve.

09 octubre 2025

¡Qué hipnóticos son los cohetes!

La ilusión de ver los primeros camiones, el olor de las patatas fritas, las manzanas de caramelo, el algodón de azúcar… Los 40 ya empiezan a saludarme, cada vez desde más cerca… Pero el niño que iba a ver cómo montaban la feria y se fijaba en el más mínimo detalle sigue en un rincón de una vida adulta y ajetreada, y sale en esta época para compartirlo, ahora sí, con la más pequeña de casa.
¿El objetivo? Que cuando tenga su propia vida —quizá lejos de casa, quizá ya sin su padre— recuerde con cariño esta época y la lleve, como yo, a su infancia.
Os dejo algunas capturas del pistoletazo de salida de las fiestas… ¡Qué hipnóticos son los cohetes!

¡Qué hipnóticos son los cohetes! / Foto: David Talens
Clic en la foto para ampliar y ver con más detalle

Cadena de lecturas y espacios

05 octubre 2025

Que yo no tengo la culpa

Y ahí estaba sentado en el despacho del Jefe de Producción del programa de televisión en el que trabajaba de regidor.
Sabía que se avecinaba bronca y tenía clara la razón, pero no adivinaba el tono en que discurriría la misma, porque él era la víctima. Una agresión de una conocida estrella mediática y protagonista del show que estaban grabando había acabado en esa agria fuente de la mala vibración que había en el plató.
Mientras esperaba a sus jefes, se le venían a la cabeza imágenes de los tiempos en los que trabajaba reponiendo estanterías en un supermercado. Recordaba lo feliz que era con sus compañeras. Ramón no era muy guapo, pero tenía un “nosequé” que enamoraba. Todas las chicas de la redacción del programa estaban loquitas por él. Y ese fue su calvario. Los celos de la gran figura televisiva se hicieron presentes hasta el punto de que aprovechaba cualquier ocasión para humillar al chico en público.
Él, listo como era, intentaba evitarlo en todos los momentos que podía. Eso enfervorizó más a la energúmena estrella y todo terminó, como muchos preveían, con el lanzamiento de un objeto contundente y la posterior retahíla de gritos y desmanes que el joven trató de eludir saliendo del plató.
Y, ahora, ahí estaba esperando en el despacho. Que le pidieran perdón, lo veía utópico. Entonces, ¿qué? Llegó el equipo de dirección, todos juntos, y se sentaron frente a él.

24 septiembre 2025

Las sirenas

No se rían que tengo un problema serio. Les pongo en antecedentes. Me gusta mucho el cine y veo películas sin parar. Y sé que les va a resultar extraño que les cuente que, cada vez que sale una secuencia con un vehículo con la sirena a toda marcha pitando por las calles, me motivo. Sí, sí, de esa motivación que ustedes piensan y que no me atrevo a escribir.
Y claro, a mí que me gusta disfrutar la vida, siempre elijo películas de acción para ver muchas persecuciones. Qué bien me lo pasaba. Desahogaba mis instintos más profundos y sexuales y era feliz, pero cada vez me motivaba menos. Llegó un día, que bajé a la panadería, que había una ambulancia en la puerta con la sirena encendida. Al ver que la conductora era mujer, me subieron mis pulsaciones y otras cosas más visiblemente evidentes. Y, sin pensarlo, me tiré al suelo fingiendo un infarto. ¿Se imaginan el rato que pasé montado en una camilla con esa diosa tomándome la frecuencia cardiaca? Ese momento fue impagable.
Y lo que habría parecido un momento de placer se convirtió en un grave problema. Ahora, cada vez que veo una chica conduciendo una ambulancia, me tiro al suelo delante de ella fingiendo lesiones. Son mejores que las enfermedades porque si creen que hay fractura, te montan y te llevan al hospital con las sirenas al viento. Tres veces llevo ya esta semana y ya me empiezan a conocer. La última, ni se paró. Ahora estoy empezando a fingir delitos delante de los coches patrullas de la policía. Eso sí, cuando la agente es una mujer. Y claro, como se me vaya la mano, algún día acabo encerrado.
Por cierto, ¿alguna de ustedes tiene un coche con sirena de esas que se sacan y se ponen en el techo? Les aseguro que no se van a aburrir conmigo.
[FINAL... piru, piru, piruuuuuu]
Luis Alberto Serrano

* Luis Alberto Serrano es colaborador de El Ateneo de los Amigos de Larra. Su espacio aquí.
* Luis Alberto Serrano (@luisalserrano ) es autor del blog "Desde mi propia luna"

06 septiembre 2025

El Galmesano y un compañero de barra salmantino


El paseo del atardecer tuvo como destino final “mi” taberna gallega, todo un altar de la gastronomía galaica. Suele ser el remate de mis caminatas junto al mar, bien para saludar a Eladio e Inés, sus propietarios, bien para cenar una tabla de quesos gallegos con un par de anchoas del Cantábrico.
Eladio me comentaba que el Galmesano había conseguido una medalla de oro en la categoría de mejor queso de vaca curado. Intervino en la conversación un cliente que se encontraba cerca de nosotros, en la misma barra. Era salmantino, como averigüe después, de complexión robusta y con una voz grave que resonaba con la cadencia perfecta del castellano bien hablado, tan característico de algunos lugares de Castilla y León. Vestía una camisa informal y pantalones cortos, un atuendo adecuado para la estación veraniega que se despedía con sus últimos coletazos de calor.
Mi conexión fugaz salmantina puntualizó algo con lo que yo coincidía.
—Es difícil creer que el queso Galmesano sea de leche de vaca, su sabor y textura quebradiza me recuerdan a un buen queso de oveja curado.
Este comentario abrió la puerta a un apasionado debate sobre la diversidad quesera de España. Hablamos de la intensidad de los quesos azules, de la sutileza del Queso de Tetilla, de la robustez del Idiazabal y mencionamos la omnipresencia del Manchego como un clásico insustituible. Lamentamos también la poca atención que a menudo se presta a algunos quesos como al Mahón, un queso menorquín con una personalidad única; o al queso de Tronchón, con ese sabor intenso de los productos del interior de Teruel. Cada queso era un universo de matices, un reflejo de su tierra y tradición. Para acabar de honrar al queso, mi compañero de barra sentenció con una máxima del refranero español: “en una buena comida, el queso es el mejor complemento y en una mala comida el mejor suplemento”.
Fue un encuentro fugaz, una de esas conexiones inesperadas que enriquecen la rutina. Me pregunto si volveré a cruzarme con este salmantino en la barra de “mi” taberna gallega. Si el destino lo permite, sin duda, compartiremos una buena tabla de quesos, con una ración especial y generosa del fascinante Galmesano.
Ramón Alfil

Fotografía: tabla de quesos gallegos. Taberna Gallega, Oropesa del Mar (Castellón)

Conexiones fugaces
Mis lectores ya conocen que considero una conexión fugaz a aquella persona o ser vivo con la que comparto tan solo unos minutos o unas horas de mi existencia y que quizá no vuelva a ver, o sí…
Con ellos se produce una química instantánea y una misma longitud de onda que conducen a una sensación de familiaridad.
Suelen producirse si estamos emocionalmente disponibles en busca de algo nuevo, son parte de la cotidianidad humana que algunos dejan pasar de largo y otros recuerdan o, como es mi caso, escriben para que perduren.

31 agosto 2025

El suspiro agitado del mar

Hoy ha sido una de esas tardes en la que el mar tiene cara de pocos amigos. Su cólera desataba furia contra los acantilados, en contraste con la suave y agradable mezcla de colores apastelados del cielo.
Las olas, como puños de agua salada, rompían con fuerza contra las rocas inamovibles. Cada acometida era como un bramido que explotaba y se deshacía en destellos de espuma blanca que al retirarse dejaban ensabanadas las rocas en una especie de manto que era barrido por la siguiente ola.
Y así, una y otra vez, como un enorme suspiro agitado, el mar ha demostrado su belleza en un espectáculo salvaje de la naturaleza en su máxima expresión.
Ramón Alfil

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28 agosto 2025

Un día de vida...

La habitación 513 del hospital estaba compartida por dos enfermos. A estos compañeros a la fuerza por la convalecencia les separaba una cortina corredera.
El enfermo de la 513 A era joven, su fragilidad en ese momento delicado de su vida contrastaba con la vitalidad que se le presuponía. El enfermo de la 513 B era un hombre de avanzada edad, cuya existencia se marcaba en las arrugas de su rostro y en la serenidad de su mirada.
Sentado en un sillón, junto a la cama del anciano, se encontraba su hijo. La tensión del día a día en un hospital, las largas horas de espera y la inquietud constante por el estado de salud de su padre calaban ya en su estado físico y mental.
De repente, el hijo se levantó. El crujido suave del sillón al ceder su peso rompió el silencio de la estancia. Se acercó a su padre, cuya respiración era lenta, tranquila, casi imperceptible.
—Papá, voy a bajar un momento a la calle. Necesito estirar las piernas, tomar un café para despejarme y, quién sabe, quizás probar suerte con un décimo de lotería en la administración que hay justo al lado de la cafetería.
El padre asintió con un leve movimiento de cabeza, su rostro transmitía comprensión al comentario de su hijo, que se despidió con una caricia en su frente y se dirigió hacia la puerta, dejando atrás la quietud de la habitación, buscando un respiro en el mundo exterior, un instante de normalidad en medio de la incertidumbre, con la esperanza latente de que la fortuna, al igual que la salud, pudiera cambiar de un momento a otro.
Saludó con un gesto al paciente de la 513 A que le respondió cerrando el puño y levantando el pulgar. A punto de salir por la puerta, dio media vuelta y volvió hasta la cama de su padre.
—Por cierto, papá, ¿quieres el mismo décimo que voy a comprar o que te selle algún bonoloto, que sé que te gusta? Igual nos trae suerte, afirmó con una carga notable de expectativa.
El padre, tras un momento de reflexión, levantó la mirada hacia su hijo. Sus ojos, aunque cansados, brillaban con una profundidad que iba más allá de la simple esperanza de un premio material. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, una sonrisa que contenía la sabiduría de quien ha vivido plenamente y valora lo verdaderamente importante.
—Hijo, respondió con una voz serena, pero firme, agradezco tu gesto, de verdad. Pero más que el dinero, lo que ahora desearía es algo mucho más valioso. Pregunta en la administración si tienen algún juego en el que el premio sea un día de vida.
El hijo y el enfermo de la 513 A, asombrados, se miraron. Sin mediar palabra tras la lección que acababan de recibir no supieron reaccionar pero, desde aquel día, nunca olvidaron la verdadera esencia de lo que significaba la riqueza: un día más, el tiempo...
Al día siguiente, la delicada salud del paciente de la 513 B desencadenó un fallo multiorgánico que le llevó a una complicación tan severa que le produjo la muerte. No tuvo ni siquiera ese día de más que quería como premio.
Ramón Alfil
Fotografía: Vilkas / Pixabay / Libre de derechos