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03 abril 2026

Noelia y la fragilidad ética de la eutanasia

No se trata de un derecho a la muerte, sino de un derecho 
a la propia vida, de la cual la muerte es el acto final
Ronald Dworkin, El dominio de la vida 

La muerte de Noelia Castillo va más allá de la simple aplicación de un protocolo administrativo o el desenlace de una batalla judicial de 601 días. Se trata de un caso que nos muestra un espejo incómodo donde las democracias decadentes posmodernas ven reflejadas sus propias fisuras éticas. Al examinar el periplo de la protagonista de esta historia, nos enfrentamos a la reunión conflictiva entre la autonomía individual, el sufrimiento crónico y la responsabilidad del Estado como garante de una vida digna. Lejos de arribar a consignas simplistas, este episodio nos obliga a transitar por la delgada línea que separa el respeto por la voluntad individual de la negligencia social disfrazada de libertad.

Desde la perspectiva filosófica moral, la autonomía no puede entenderse como un concepto atómico o aislado. En su “Fundamentación para una metafísica de las costumbres”, Kant sostiene que la autonomía de la voluntad es “el único principio de todas las leyes morales y de los deberes que les corresponden” (2012, p. 114). Sin embargo, en el caso de Noelia, esta autonomía se vio asediada por un contexto de violencia previa y una lesión medular irreversible que transformó su existencia en lo que ella misma describió como un calvario insoportable.

Aquí, surge la primera gran tensión: ¿es la decisión de morir un acto de libertad pura o el síntoma de una red de cuidados que llegó demasiado tarde? No se trata de caer en la falacia de reducir toda petición de eutanasia a un fracaso estatal, pero tampoco de ignorar que, para que el sujeto sea verdaderamente dueño de su destino, la sociedad debe haber agotado previamente las alternativas de alivio y acompañamiento.

Resulta imperativo, entonces, reflexionar sobre la paradoja de un Estado que se muestra eficiente en la gestión de la muerte tras haber sido completamente negligente en la custodia de la vida. Noelia llegó a la instancia de la eutanasia tras haber sobrevivido a violencias que el sistema no pudo prevenir ni reparar a tiempo. Esta “autonomía” final aparece, entonces, teñida por una sombra evidente de abandono previo. Hannah Arendt, en “Responsabilidad y juicio”, nos advierte que la responsabilidad política implica no sólo lo que hacemos, sino aquello que permitimos que ocurra por omisión en el tejido de la comunidad (2007).

01 abril 2026

La dignidad del fango

Ya que parece que lo del lodo está de moda entre los que no lo conocen y que se lleva lo del fango entre los que jamás han salido de las moquetas. Los mismitos que no saben que es el barro de los cultivos de arroz o el “tarquim” de las acequias. Ellos que jamás se han ensuciado los zapatos hasta las rodillas son los que nos quieren explicar a nosotros, los que en mayor o menor medida vivimos del terruño o los que venimos de ver como nuestros padres y abuelos venían pues eso, del fango para intentar que las matas saliesen adelante. Por cierto, estos días en mi tierra el paisaje está cambiando, los campos están inundándose del agua que ha de hacer el fango, el fango necesario para plantar el arroz y un año más intentar sacar de eso, justamente de eso, del fango una buena cosecha. Si, resulta irónico que ellos ahora nos hablen del fango; No, señores míos, el fango no es en lo que andan ustedes sumergidos, el fango es noble al lado del ambiente putrefacto y asqueroso que invade de un tiempo a esta parte todo en el mundo de la cosa pública.

Pero un día de esto saldremos de esta ciénaga que han creado, dejaremos atrás la crispación y la confrontación entre bloques que a veces me parecen artificiales, como creadas para mantenernos entretenidos y otros como el fruto de la degradación de la clase política, una degradación paulatina que, mira tu por donde, se ha acelerado con la llegada del cerrilismo y sus ideas de “todo vale” que nos tomamos por algo pintoresco pero que no son nuevas. Lo de la esposa del presidente ya lo hemos vivido en Valencia, aquí asesinaron políticamente a la vicepresidenta de la Generalitat para conseguir el poder, les salió bien, pero no, el resto no nos hizo caso. Ha hecho falta que al Presidente del Gobierno le hayan “hecho pupa” para que se den cuenta de que esta gente no respeta nada y sacuden donde duele. Repetirán la operación una y otra vez, no lo dudes. Hasta que les salga bien.

10 marzo 2026

El rugido de la vulgaridad como liturgia del poder

“La verdad no teme al diálogo; quien la practica no necesita el insulto para sostenerse” (Cortina, A., 1994, Ética mínima: para la vida cotidiana, p. 27).

La política posmoderna exhibe en nuestros días un fenómeno cuyo significado histórico exige una disección rigurosa, extensa y crítica: la conversión de la comunicación pública en un espectáculo sistemático de la ofensa. No se trata de un exabrupto accidental, un rasgo de personalidad o una simple falta de decoro, sino que esta transformación revela una mutación ontológica en la conducción del Estado y en la percepción de las instituciones públicas. Al sustituir el argumento por la injuria y el debate por la descalificación procaz, se ha instaurado una práctica política que instrumentaliza la vulgaridad como una técnica deliberada de dominación. Este recurso tampoco es azaroso, sino que responde a las demandas de una sociedad totalmente rota que, en su hastío institucional y fatiga democrática, ha dejado de valorar la sensatez para premiar la contestación reactiva. El espacio de lo común se convierte así en un territorio de guerra simbólica donde la verdad es el primer sacrificio en el altar de una eficacia política medida en términos de impacto emocional y mediático.

Observamos la materialización de este diagnóstico en la apertura del 144| período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación Argentina, un evento que funcionó como el escenario predilecto para la exhibición de esta nueva liturgia. Allí, la palabra presidencial no buscó la articulación de un proyecto colectivo ni la convocatoria a la unidad nacional, sino la demolición moral y existencial de un adversario que está bastante flojo de papeles. Al calificar a los representantes legislativos y gobernadores como “ladrones”, “estafadores”, “asesinos” o “golpistas”, y referirse al propio recinto parlamentario como un “nido de ratas”, el orador desplaza la política desde la administración de la complejidad hacia la estética de la crueldad rentable en términos de márketing político. En este escenario, la vulgaridad funciona como un activo político de alta rentabilidad porque en un tejido social fragmentado por el resentimiento y la anomia, el insulto es decodificado- falsamente- como un signo de “coraje”, “transparencia” y “autenticidad”. Se valora la capacidad de infligir daño simbólico al “otro” por sobre la solvencia para gestionar la cosa pública, transformando la violencia retórica en el único combustible de una legitimidad que ya no se construye mediante el consenso deliberativo, sino a través del show de la degradación institucional.

03 marzo 2026

Nuestro mundo se da la vuelta como un calcetín

La tensión entre Irán y Estados Unidos nos lleva a los que simplemente queremos vivir en paz y tranquilos a un estado emocional y a una constante irritabilidad. Los que manejan los hilos de las marionetas siguen escribiendo capítulos de desconfianza, sanciones, amenazas veladas y episodios de violencia que, cada cierto tiempo, vuelven a encenderse como brasas mal apagadas. Es un conflicto que mezcla geopolítica, intereses energéticos, orgullo nacional y heridas históricas que nunca terminaron de cerrarse. Y, sin embargo, para la mayoría de nosotros, ese pulso lejano llega filtrado por pantallas que lo convierten en un espectáculo continuo de alarma.

La televisión convierte el mundo
 en un incendio permanente 

Los medios, especialmente la televisión, parecen haber encontrado en el conflicto bélico de turno, la bronca diaria de los políticuchos y la corrupción un filón inagotable. La escaleta diaria se construye como si el país fuese un ring y la sociedad, un público hambriento de golpes. La violencia callejera, la delincuencia, los escándalos… todo ocupa un espacio desproporcionado, como si las buenas noticias hubieran sido desterradas por decreto. No es que no existan; es que no venden tanto. Y así, día tras día, el mensaje se repite: el mundo es un lugar peligroso, imprevisible, al borde del colapso.

La mente en guerra con el tiempo

Esa dieta informativa termina por pasarnos factura. La sensación de que el futuro es inestable, incierto y caótico se instala en el ánimo colectivo. Vivimos con el ceño fruncido, como si estuviéramos esperando el próximo sobresalto. La irritación se vuelve un estado natural, casi una postura defensiva ante un entorno que percibimos hostil. Y lo más preocupante es que esa percepción no siempre coincide con la realidad, sino con la versión amplificada que recibimos a diario.

El desgaste emocional de vivir en alerta

El miedo al futuro no es un concepto abstracto: desgasta, erosiona, agota. Nos roba la serenidad necesaria para disfrutar de lo cotidiano. La mente, en lugar de descansar, se adelanta compulsivamente a escenarios que quizá nunca ocurran. Se convierte en una máquina de anticipar desgracias, y en ese ejercicio constante el presente deja de ser habitable. No estamos donde estamos; estamos donde tememos que estaremos.

Y así, casi sin darnos cuenta, el miedo se normaliza. Se convierte en la atmósfera en la que respiramos. Algunos logran gestionarlo, comprenderlo, ponerlo en su sitio. Otros quedan atrapados en él, como si el mundo —este mundo que ha vivido épocas peores y mejores— se hubiera dado la vuelta como un calcetín. Pero quizá no sea el mundo el que ha cambiado tanto, sino la forma en que lo miramos, la intensidad con la que nos lo cuentan, la velocidad con la que lo consumimos.

En un tiempo en el que la información nos llega en avalanchas, la verdadera resistencia consiste en recuperar el derecho a la calma, a la pausa...


Ramón Alfil
Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
Sus artículos en El Seis Doble |  Su estela en este ateneo 


REFERENCIAS

Fotografía: meineresterampe / Pixabay / Libre de derechos 

23 febrero 2026

La depresión como encrucijada existencial

“La lucha misma hacia las cumbres basta para llenar un corazón.
Hay que imaginarse a Sísifo feliz”. | Camus, 1955/1942, p. 78

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre la depresión, un fenómeno que no se agota en un diagnóstico clínico ni se limita a la simple suma de neurotransmisores. De hecho, se alza como un problema filosófico que fuerza a repensar la relación intrínseca entre sentido, libertad e identidad. Cuando la vida parece vaciarse de contenido, es decir, cuando el mundo circundante muestra su silencio ante nuestras demandas de coherencia, surge la pregunta por el sentido que ha atravesado toda la reflexión existencialista.

El pensador Albert Camus interrogó frontalmente la condición humana frente al absurdo, señalando que la conciencia de ese choque brutal entre nuestra sed innata de significado y la indiferencia cósmica no debe conducir, sin más, a la rendición. Desde su perspectiva en “El mito de Sísifo”, el absurdo es la consecuencia de un encuentro: “el absurdo nace de esta confrontación entre la llamada humana y el silencio irracional del mundo” (Camus, 1955/1942, p. 30). Si optamos por entender la depresión como una respuesta radical a la experiencia de lo absurdo, encontramos en ella, paradójicamente, una lucidez cargada de dolor, que es el reconocimiento íntimo que los marcos habituales de sentido han colapsado.

Aquella dolorosa lucidez abre, sin embargo, caminos interpretativos notoriamente divergentes. Desde la perspectiva sarteana, la libertad humana se entiende como absoluta y radical, y la consecuente angustia no es otra cosa que la revelación de la nada que subyace a toda elección. Por consiguiente, la depresión podría interpretarse como una forma externa de esa angustia, manifestándose cuando la posibilidad de acción se torna insoportable y la libertad misma se experimenta como una carga sin horizonte. Jean-Paul Sartre sostuvo categóricamente que “el hombre está condenado a ser libre” (Sartre, 2018/1943, p. 627), y que la depresión expone el coste concreto de esta condena: la parálisis de la decisión y la imposibilidad de proyectarse hacia futuros que antes insuflaban motivo a la acción.

13 febrero 2026

Derecho a sentirse ploff

Todos tenemos días “de esos” en los que el mundo se nos cae encima y no hay muchas ganas de juerga aunque venga el de siempre diciendo que te has de pintar una sonrisa, alegrar esa cara y salir. Por mucho que te digan que no, ES NORMAL, no has de sentirte culpable por ello, no tienes porque esconderte y más en la sociedad en la que vivimos ahora en la que sólo parece que existan malas noticias porque las buenas son escondidas debajo de la alfombra porque «no venden». No nos lo ponen fácil eso de vivir despreocupados a no ser que tengas una piedra por corazón, es normal sentir desasosiego, no lo niegues. Pero la cosa se tuerce cuando a ese día le sucede otro… y otro… y otro. Todo se vuelve gris, no hay ganas de ver a nadie, te sientes cómodo en tu soledad . Empiezas a caer en una espiral sin fin hasta que crees que has tocado fondo pero, Oh sorpresa! Debajo de ese fondo había otro fondo.
Ya nada te parece divertido ya no hay ganas de nada, ya no hay ganas de nadie y que te vengan diciendo aquello de “venga, no pasa nada, sonríe y adelante” no ayuda en nada. Más bien lo contrario, jode, y jode mucho porque en realidad te parece que te digan que hay que esconder tus sentimientos, que has de aparentar la felicidad esa que parece que nos impone la sociedad. Que si te encuentras triste y sin sonrisa Profidén parece que estorbes. Parece que no debemos mostrar que necesitamos ayuda, que eres vulnerable. Es como si alguien tuviese un resfriado y le dijeses “No estornudes, no vayan a pensar que estás resfriado”.

07 enero 2026

¡Feliz 7 de enero!

Celebro muy pocas fechas al año porque huyo de los tópicos impuestos. Festejo el día que yo quiero y soy feliz cuando me place o cuando hay motivo de serlo, no cuando lo imponga el calendario social.
Hoy es 7 de enero, se acabó el suplicio de la Navidad, una época que sirve para muchos de cómodo refugio para el fingimiento, un recoveco del año en el que se nos vende felicidad sin ton ni son, a diestro y siniestro…
Reconozco que soy un fallo del sistema y admito que me comparen con una vaca a cuadros o con un perro azul pero, entre otros, también esperaban el 7 de enero los que sufren un duelo reciente, los ancianos que viven solos, los que abren la nevera y solo ven dos yogures de marca blanca y medio limón enmohecido, los que viven en la calle, los que luchan contra un cáncer, los que viven a oscuras porque les han cortado la luz, los que sufren poca salud mental… A ellos, como a mí, también les han martilleado con el mensaje de ser felices.
Dichoso 7 de enero porque vienes a romper en añicos el estereotipo de la Navidad. Empieza el año ordinario, el de verdad.
Ramón Alfil 

Imagen: Mohamed Hassan | Pixabay | Libre de derechos

03 enero 2026

Marchitará la rosa el viento helado...

Cuando uno entra por edad en lo mejor de lo peor y repasa esas fotos antiguas guardadas en aquellos álbumes de hojas con fundas plastificadas y en cajas de zapatos le sobreviene, necesariamente, una hemorragia de melancolía. Ve en él mismo y en los suyos, así como en amigos y conocidos que aquella juventud y belleza ha sido desgastada por el tiempo.
La decadencia es inevitable con el paso de los años, es una realidad sobre la condición humana. ¿El antídoto? El conformismo y la resignación.
Esta reflexión me llega después de leer el Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega (1491-1503), un precioso poema con una estructura perfecta al que, a pesar de tener una característica ideología renacentista, podría haber puesto música Joaquín Sabina, ya que hay mensajes universales que no cambian con el paso de los siglos.
Ramón Alfil 

SONETO XXIII

En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena; 

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.


Foto: Serenity Art | Pixabay | Libre de derechos 

15 diciembre 2025

El poder no te cambia, sólo muestra quién eres

Lord Acton
La reflexión sobre el poder como fuerza de desinhibición, más que corruptora, tiene sus cimientos en la filosofía clásica. La interrogación sobre la naturaleza de la justicia, a menudo instrumentalizada por sus beneficios externos, encuentra en el ejercicio del dominio una prueba de fuego para la verdad del carácter. Platón, en su diálogo fundamental “La República”, no lega el ineludible mito del anillo de Giges, precisamente para dirimir esta aporía. El argumento es tan sencillo como demoledor: la invisibilidad que confiere el anillo no inocula un vicio nuevo, sino que suprime la única contención que mantenía a raya una voluntad ya inclinada hacia el exceso. El poder, en esta lectura, no es un factor de cambio, sino el disolvente de los frenos sociales que ocultan una verdad moral latente.

Tal como se examina en el Libro II, el propósito de la fábula es interrogar la relación intrínseca entre el poder y la moralidad, demostrando que la posibilidad de obrar sin ser descubierto sirve de prueba, no de transformación. Aquello que emerge ante la ausencia de visibilidad social no es una nueva disposición moral, sino la manifestación irrefrenable de una “inclinación” que las leyes y el escrutinio público mantenían contenida (Platón, La República, libro II, ed. 2010, pp. 48–54). El poder, en este sentido prístino, no engendra un nuevo carácter, sino que despliega la verdad ontológica del sujeto.

Por su parte, Aristóteles, en una clave complementaria, ofrece una exégesis que enlaza el poder con la ética del hábito. Para el estagirita, la virtud no es un mero estado interior o un conocimiento teórico, sino una disposición estabilizada que se confirma y se verifica en la práctica libre y reiterada. Como afirma en su “Ética a Nicómaco”, “la virtud moral es un hábito electivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquello que decidiría el hombre prudente” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro II, ed. 2009, p. 35). Desde esta perspectiva, el poder deviene en el escenario que posibilita la expresión sin el obstáculo de las disposiciones ya asentadas: si el ejercicio del dominio propicia la justicia y la templanza, es la virtud cultivada la que se manifiesta. Si, por el contrario, exacerba la crueldad, es la latencia del vicio la que se actualiza. El poder sólo proporciona la amplitud de la acción, y en estos casos de mediocres, el juicio y el hábito ya estaban fraguados de antemano.

10 diciembre 2025

Sabina hizo llorar a Krahe y Serrat

En el recién caducado año 2025 se han quitado la coleta dos puristas: Joaquín Sabina y Morante de la Puebla, cada uno en su ámbito artístico. Y digo "se han quitado" y no "se han cortado" porque deseo volver a ver al torero en los ruedos y al poeta cantautor, al menos, grabando un nuevo disco.

Madrid, su habitat natural; el Atleti, su manera de sufrir; el desamor; la bohemia; la nostalgia o alguna pincelada taurina, entre otras, han sido materias presentes en sus canciones. De esta última, cabe destacar la que para el inconformista músico es su mejor canción, "De Purísima y Oro".

Joaquín Sabina destaca este tema sobre cientos que compuso o cantó porque su carga emotiva hizo llorar, sentimiento que rara vez expresaron en público, a dos grandes letristas y amigos: Javier Krahe y Joan Manuel Serrat.

"De Purísima y Oro" conlleva belleza, melancolía y la amargura de una sociedad que vivía una época de posguerra plagada de dificultades, hambre y restricciones. Entre sus fragmentos saca a relucir a una figura simbólica de los 40, Manolete, más que como torero, como icono de las secuelas de una guerra "incivil".

Niño, sube a la suite dos anisettes
Que hoy, vamos a perder los alamares
De purísima y oro, Manolete
Cuadra al toro, en la plaza de Linares
Ramón Alfil 






01 octubre 2025

¿Qué sentido tiene elogiar a los imbéciles?

“El sistema necesita a los tontos más que a los críticos”
Pino Aprile

La reflexión sobre el declive de la inteligencia en la sociedad contemporánea no es un tema novedoso, pero adquiere una urgencia particular cuando se analiza desde la perspectiva de sus causas más fundamentales. Antes de adentrarnos en las provocadoras tesis de Pino Aprile, resulta pertinente trazar un marco conceptual a partir de un análisis que aborda este problema desde dos ángulos interrelacionados: la crianza y la convivencia social. Como he planteado en mis artículos titulados “Ame a sus hijos, no críe imbéciles” y “¿Y si dejamos de ser tolerantes con los imbéciles?, la estupidización es un fenómeno que se gesta tanto en el ámbito íntimo de la familia como en la esfera pública.

En primer lugar, la crianza que prioriza la comodidad y el hedonismo por encima del esfuerzo y la resiliencia mental produce, de manera inadvertida, individuos con un pensamiento atrofiado. A su vez, esta complacencia individual que se ve reforzada por una tolerancia social que, al confundir la cortesía con la indiferencia hacia la mediocridad, legitima la imbecilidad y la convierte en un valor funcional. Los precitados artículos sirven, por lo tanto, como un punto de partida para comprender cómo la imbecilidad ha pasado de ser un defecto a una cualidad premiada, allanando el camino para el análisis particular de la obra de Aprile y otros tantos que vienen advirtiendo, hace siglos, que en materia de inteligencia, estamos yendo hacia atrás.

La inteligencia, esa chispa sagrada que permitió al Homo Sapiens ascender en la escala evolutiva y a dominar casi por completo su entorno, parece hoy, paradójicamente, una carga innecesaria para el intrincado engranaje de la sociedad postmoderna. Hoy los quiero invitar a leer una provocadora tesis de Pino Aprile en su obra titulada Elogio del imbécil nos confronta con una incómoda verdad: la estupidez, lejos de ser un defecto vergonzoso, se ha convertido en una ventaja adaptativa, una cualidad premiada y replicada en la jerarquía social. Esta inversión perversa de los valores no es accidental, sino que forma parte del resultado de un proceso de domesticación intelectual, una suerte de “eutanasia de la razón” consentida.

07 septiembre 2025

La infame clase política que nos está rigiendo y que nos ha regido es una cruz que cuesta mucho llevar

"Pedro Sánchez fue concejal en el Ayuntamiento de Madrid con un programa que incluía medidas contra la prostitución, mientras su mujer, Begoña Gómez, gestionaba locales en los que se ejercía"
según ha informado hoy El Español.
El circo político en nuestro país es un manantial de indignación, raro es el día en el que los ciudadanos no se irritan, es una consecución de escándalos y de indecencias de todo tipo.
Aún es reciente un artículo que escribí en el que manifestaba que "ESTAMOS HARTOS" porque la falta de honestidad está aferrada en el panorama político español.
Como decía, los casos Ábalos, Koldo, Santos Cerdán, Begoña Gómez, David Sánchez, Cristóbal Montoro y resurgen por proximidad los ERE de Andalucia, Bárcenas y M.Rajoy... demuestran la falta de honradez de los que gestionan nuestros intereses. Estos lances críticos son los que están de moda, pero si "echamos la cinta atrás", comprobaremos que la corrupción en España ha sido y es el pan nuestro de cada día.
La infame clase política que nos está rigiendo y que nos ha regido, izquierdas y derechas, es una cruz que nos cuesta mucho llevar. 
Ramón Alfil
Fotografía: Wikimedia Commons | Libre de derechos
Creador: Carlos Delgado

21 agosto 2025

Con la música actual, la vida es un error


Seguramente se habrán percatado que en redes sociales circula, a modo de meme, una afirmación de Friedrich Nietzsche que versa: “Sin música, la vida sería un error”. Más allá de la banalidad de la circulación de esta frase, lo que allí se está estableciendo es la diferencia de cualquier otro ser en la naturaleza como el único que es capaz de crear obras de arte, y dentro de esa creación, la música ocupa un lugar privilegiado y fundamental. Si la vida sin arte sería una existencia despojada de su máxima expresión, la vida sin música sería, para Nietzsche, un vacío insalvable. Esta cita no es una mera hipérbole, sino una tesis ontológica que eleva la música al rango de fuerza primordial, un pilar sobre el cual se sostiene la experiencia humana. Pues bien, en esta reflexión intentaremos explorar la centralidad que tiene la música en la filosofía, la conectaremos con pensadores que la han abordado desde diversas perspectivas y la confrontaremos con la degeneración de la creación sonora en la época detestable llamada postmodernidad, un síntoma de un error vital que la música, en su esencia, debería contrarrestar.

Tengamos en cuenta que, para Nietzsche, el lenguaje y la razón, a menudo reductores, intentan encapsular la vastedad de la existencia en conceptos rígidos. La música, en cambio, opera en un plano distinto. Es el lenguaje de la voluntad misma. En su obra “El nacimiento de la tragedia”, Nietzsche sostiene que “el lenguaje de la música es anterior al concepto”, y en una carta a su amigo y confesor Peter Gast en 1877 expresó que “la vida sin la música es sencillamente un error, una fatiga, un exilio”. Esta idea nos indica que la música, al ser un lenguaje de la voluntad, nos permite acceder a la realidad de una manera más directa y auténtica.

Esta perspectiva se entrelaza directamente con la de Arthur Schopenhauer, mentor intelectual de Nietzsche. En su obra titulada “El mundo como voluntad y representación”, Schopenhauer eleva la música por encima de todas las demás artes, argumentando que no es una copia de las ideas del mundo, sino un reflejo directo de la voluntad misma. De hecho, llegó a afirmar allí que “la música no es en absoluto, como las demás artes, una copia de las Ideas, sino una copia de la voluntad misma”, confirmando con ello que la melodía expresa el constante fluir de la voluntad, con sus anhelos insatisfechos y sus penas inherentes, convirtiéndose así en una forma de conocimiento metafísico.

03 agosto 2025

¡Golazo de Malta!

En el repugnante sistema político que siembran y cultivan los políticos españoles maduran los frutos de un espectáculo digno del mejor mago. Sacan de sus chisteras proyectos fallidos que convierten en éxitos rotundos a través de una estrategia comunicativa fantástica. Se centran en los pequeños logros, los magnifican hasta límites insospechados, los presentan como hitos históricos. Mientras tanto, las innumerables meteduras de pata, los proyectos marrados, la mala gestión de los recursos públicos… De todo ello, cabeza gacha y mutis por el foro.
La realidad se pliega a sus conveniencias narrativas, nos creen imbéciles. Erre que erre con el proyecto de moda, citan a los medios de comunicación a unas cómodas ruedas de prensa para que sirvan de altavoz al rebaño sobre el plan en desarrollo, un plan que visten de gala. De todas las ejecuciones pendientes o de los patinazos pasados cunde un silencio total.
¿Recordáis aquel famoso partido España - Malta, el del 12 a 1? Juego con una hipótesis. Si el manual del grupo político al que pertenecen o el antojo del líder les dictara que hay que exaltar todo lo maltés, resaltarían lo único bueno, a pesar de tener en contra doce chicharros, y como buenos siervos gritarían a los cuatro vientos: ¡Golazo de Malta! Y se quedarían tan panchos.
En definitiva, la próxima vez que un político celebre un logro menor como si fuera Dios, a través de Moisés, separando las aguas del Mar Rojo, recordad el partido de España y Malta. Recordad que el silencio a menudo grita más fuerte que las palabras, y que la verdad, aunque a veces esté escondida, siempre termina por salir a la luz.
Ramón Alfil
Fotografía: Charl Vera / Pixabay / Libre de derechos

01 agosto 2025

La urna en disputa: cuando votar no implica cambio alguno

 "Una de las penas por rehusarse a participar en política 
es que terminarás siendo gobernado por tus inferiores."
Platón, La República, Libro I

 


Hoy quiero invitarlos a reflexionar en torno a un fenómeno recurrente en las democracias occidentales, a saber, la ilusión de una política decadente que ha logrado con éxito que ningún voto rompa ninguna cadena. La creencia inquebrantable en el sufragio como catalizar de un cambio profundo define una de las grandes ficciones perversas de nuestro tiempo. En los gobiernos no dictatoriales, millones de ciudadanos acuden a las urnas con la esperanza de que su voto, individual o colectivo, transforme las estructuras de poder y mejore sus vidas. Sin embargo, un examen crítico de las últimas décadas revela una realidad desoladora: los problemas estructurales persisten y, en muchos casos, se agudizan, independientemente de quién sea el degenerado de turno al que le toque asumir el poder. Esta desconexión entre la expectativa democrática y la realidad política nos invita a una profunda crítica filosófica sobre la naturaleza de nuestra participación cívica y la verdadera capacidad de incidencia del voto en un sistema que, lejos de evolucionar, parece haberse instalado en una decadencia persistente y cada vez más putrefacta.

Tengamos en cuenta que el acto de votar se ha consolidado como un ritual sagrado, una catarsis colectiva que valida la legitimidad de un sistema. Desde la niñez, se nos inculca que la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y que nuestra participación electoral es la máxima expresión de soberanía. Pues bien, amigos míos, esa narrativa oculta una trampa fundamental: la reducción de la política a la mera gestión administrativa y la perpetuación de un statu quo que beneficia única y exclusivamente a las élites.

Ya en la antigüedad, Platón nos advertía sobre las consecuencias de la apatía política. En su célebre obra La República, si bien criticaba a la democracia ateniense por sus excesos y su susceptibilidad a la demagogia, también subrayaba la responsabilidad de los ciudadanos. A él se le atribuye la sentencia que versa: “Una de las penas por rehusarse a participar en política es que terminarás siendo gobernado por tus inferiores” (Platón, La República, Libro I, 347c). La ausencia de ciudadanos virtuosos en la vida pública, para Platón, abre la puerta al ascenso de aquellos menos capacitados o éticos, nada más cercano a lo que podemos observar en la actualidad, donde nos encontramos con bestias analfabetas y bruscas ocupando ministerios, secretarías y, en más de una ocasión, gobernaciones e incluso presidencias de la Nación.

31 julio 2025

La madre que quiso cambiar el día de su muerte por un día de su vida

Mucha literatura epistolar se caracteriza por una peculiar carga emocional. Es el caso de "Carta de una madre", un relato breve que circula ampliamente por las redes sociales, conmoviendo a miles de lectores con su emotiva narrativa. Sin embargo, la identidad de su autor o autora permanece desconocida, un misterio que genera frustración y enojo a partes iguales.
He dedicado horas a la búsqueda infructuosa del creador de esta pieza, explorando diferentes bases de datos, foros literarios y páginas web especializadas. La falta de información es sorprendente, especialmente considerando la popularidad del relato. La ausencia de un autor reconocido abre la puerta a una problemática extendida en el mundo digital: la apropiación de contenido.
Es alarmante observar cómo muchos usuarios comparten "Carta de una Madre" atribuyéndose la autoría, generando una cadena de viralización injusta por la omisión de su creador/a. Esta práctica no solo es éticamente cuestionable, sino que también perjudica al verdadero autor, quien se ve privado del reconocimiento y los posibles beneficios de su trabajo. La falta de atribución adecuada es una forma de plagio digital, un acto que merece ser denunciado y combatido.

Aquel que utiliza la inteligencia artificial
para escribir sin indicarlo es un farsante literario


Considero un farsante literario a todo aquel que utiliza la inteligencia artificial para escribir sin indicar el uso de esta; así como a aquel que utiliza textos como propios para alimentar el ego ante sus conocidos en redes sociales.
Si algún día se descubre al autor o autora de "Carta de una Madre", será una victoria para la justicia literaria y un recordatorio de la importancia de proteger el trabajo creativo en el mundo digital. Hasta entonces, invito a todos a unirse a la búsqueda y a denunciar cualquier acto de plagio que se encuentre.
Vamos al fundamento de esta entrada, que no es otro que la lastimosa carta de una madre a su hijo. Agita a la reflexión, mueve a la desolación y, a la vez, es una fuente de ternura por su delicadeza. 
Lo que voy a decir tendrá muchos detractores, quizá por falta de entereza ante un principio o regla que se considera constitutivo a la naturaleza humana, y que se manifiesta como un comportamiento bastante generalizado: los padres son esos seres cercanos que cada vez son más innecesarios.
Ramón Alfil

Carta de una madre


"Hola hijo, te escribo para proponerte un trato, lo he pensado mucho y nos convendría a los dos, pero no te voy a obligar a que lo aceptes, pero déjame explicarte de que trata:
No te pongas triste, pero todos algún día vamos a dejar este cuerpo, algunos antes, otros después, pero a todos nos llegará la hora, estoy segura de que ese día tú estarás muy triste, ya te veo con tu ropa de luto, para despedirte, con una corona de rosas, o tal vez un ramo de girasoles.

19 julio 2025

¡Estamos hartos!

En la actualidad, leas, oigas o veas cualquier medio de comunicación, ahí están los periodistas y vividores adjuntos, acólitos de sus colores políticos, tirándose cubos de basura unos a otros. No son informadores, son desinformadores. 
Los politicuchos, para estar en armonía, también siguen la estela de lanzarse cubos de basura. El deporte político del "y tú más" está enquistado, lo llevan en su ADN, creen que es crucial para el desarrollo y funcionamiento de su quehacer y que los ciudadanos están alelados y no se enteran de lo que pasa. 
Casos Ábalos, Koldo, Santos Cerdán, Begoña Gómez, David Sánchez, Cristóbal Montoro y resurgen por proximidad los ERE de Andalucia, Bárcenas y M.Rajoy... Estos lances críticos son los que están de moda, pero si "echamos la cinta atrás", comprobaremos que la corrupción en España ha sido y es el pan nuestro de cada día.
Entre tanta inmundicia, cochambre y halitosis política, a los ciudadanos de a pie solo nos queda gritar: "¡Estamos hartos!".
Ramón Alfil

Imagen: De qué lado caerá, el político progresista español Práxedes Mateo Sagasta (El Motín, agosto de 1881) Caricatura del siglo XIX satirizando la corrupción política. Lo dicho líneas más arriba, la putrefacción viene de lejos. Reproducción fotográfica fiel de una obra de arte bidimensional de dominio público.

17 julio 2025

Irán e Israel: ¿hay lugar para el perdón?

"El único camino para escapar de esta irrevocabilidad de la acción 
y la irreversibilidad de todo lo que sucede es la facultad de perdonar”
Hannah Arendt, La condición humana, 2005, p 287.

Es sabido que la capacidad de perdonar, y de ser perdonado, se ha erigido a lo largo de la historia como una de las virtudes humanas más complejas y, a menudo, más esquivas. Antes de que la filosofía moderna se adentrara en sus profundidades, las tradiciones religiosas ya habían establecido el perdón como un pilar fundamental de la ética y la coexistencia. En la concepción judeocristiana, el perdón no es meramente una opción, sino un imperativo que conecta lo divino con lo humano de manera inexorable, nos guste o no.

Puntualmente, en el judaísmo, la teshuvá (el arrepentimiento y el retorno) es un proceso activo que culmina en la búsqueda del perdón, tanto de Dios como de la persona agraviada. El Yom Kipur (“Día de la Expiación”), es la expresión cúlmine de esta búsqueda personal y colectiva de reconciliación. Por su parte, el cristianismo eleva el perdón a la piedra angular de su mensaje: la figura de Jesús de Nazaret enfatiza no sólo la gracia divina del perdón, sino también el mandato ineludible de perdonar al prójimo, incluso a quienes nos han infligido un daño profundo. La oración del Padre Nuestro, en su súplica “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, encapsula esta interdependencia existencial. Pues bien, en estas tradiciones el perdón es visto como un acto de liberación del rencor y una vía para la restauración de la comunidad y del individuo con lo trascendente.

08 julio 2025

Bruno, gracias por todo lo que has hecho. Ciao…

No sabía cómo empezar el artículo de hoy porque tengo varias opciones hilvanadas, pero me quedo con la enorme decepción que he sentido porque esta sociedad responde cada vez menos a las expectativas que tenía de la misma.
La noticia de la cruel muerte de Bruno, un perro de rescate venerado en Italia por haber salvado a nueve personas en distintas misiones ha sido como una patada en las partes nobles para quienes aún conservamos la creencia de la bondad del ser humano.
Algún bárbaro dejó un cebo preparado con una salchicha rellena de clavos y Bruno sucumbió a la tentación de la vianda y acabó tirado en el suelo entre un charco de su propia sangre, como consecuencia de una hemorragia interna.
Este héroe de siete años no merecía este acto premeditado de crueldad de un indeseable que no merece vivir en sociedad. Resulta incomprensible que alguien sea capaz de infligir tanto sufrimiento a un ser que, en muchas ocasiones, representó la diferencia entre la vida y la muerte para otras personas que hoy, seguro, estarán llorando por quien les salvó la vida.
Ramón Alfil
Foto: Ente Nazionale Protezione Animali Odv (redes sociales)

05 julio 2025

¿Y si dejamos de ser tolerantes con los imbéciles?

Imagen GDJ / Pixabay / Libre de derechos

"La tolerancia llegará a tal nivel que a las personas inteligentes 
se les prohibirá pensar para no ofender a los idiotas"
Fiódor Dostoyevski

Para adentrarnos en la crítica a la tolerancia a la imbecilidad, es fundamental delimitar el concepto que nos ocupa. El término “imbécil” proviene del latín “imbecillus”, que significa “débil”, “sin báculo” o “sin apoyo”. Originalmente, se refería a una debilidad física o mental general, a alguien que carecía de la fortaleza para sostenerse por su cuenta. Con el tiempo, su significado evolucionó para designar a una persona de entendimiento limitado, con escaso juicio o sensatez, o que se comporta de manera necia. En el contexto de este artículo, no aludimos a una condición clínica o un juicio de valor inherente a la persona, sino a la manifestación de opiniones infundadas, irracionales o perjudiciales que carecen de sustento lógico o empírico, y que, por su naturaleza, no pueden “sostenerse” por sí mismas ante el mínimo escrutinio de la razón.
En la compleja trama de la posmodernidad, nos enfrentamos a un desafío paradójico: mientras que se predica una tolerancia irrestricta, se desdibuja la línea entre la diversidad de pensamiento y la validación acrítica de la imbecilidad. La noción de que “todas las opiniones son igualmente válidas” ha permeado el discurso público, generando un relativismo epistemológico que amenaza los cimientos de la razón crítica y la búsqueda de la verdad. Pues bien, hoy intentaremos sostener que la regla de demarcación de la tolerancia debe ser la razón, la objetividad y la sensatez, y no una aceptación indiscriminada que diluye el rigor intelectual.
El auge de la posverdad, un fenómeno intrínsecamente ligado a la posmodernidad, ha erosionado la confianza en los hechos, la experiencia y la experticia. Las “narrativas” y “percepciones” a menudo se equiparan con la realidad, y la subjetividad se eleva a la categoría de verdad. Este clima no ha hecho otra cosa que propiciar la proliferación de la imbecilidad, entendida no como una deficiencia intelectual inherente, sino como la manifestación orgullosa de portar opiniones infundadas, irracionales o perjudiciales, disfrazadas de “perspectivas alternativas”.