Estas rocas que viajan por el espacio, fragmentos desprendidos de asteroides, cometas o incluso de planetas, han impactado en la Tierra desde los orígenes mismos de nuestro planeta. Cada vez que uno de ellos cruza la atmósfera y logra sobrevivir al abrasador viaje hasta la superficie, nos entrega un pedazo de historia que ha permanecido inmutable durante miles de millones de años. Su estudio abre una ventana única hacia los orígenes del Sistema Solar, hacia la composición de mundos lejanos y, quizá, hacia el propio origen de la vida.
Para comprender qué es un meteorito hay que retroceder en el tiempo hasta los primeros momentos del Sistema Solar, hace unos 4.600 millones de años. En aquella época, una nube de gas y polvo colapsó bajo la acción de la gravedad, dando lugar a la formación del Sol en su centro y de un disco protoplanetario alrededor. En este disco, las partículas de polvo chocaban, se fusionaban y, poco a poco, formaban objetos cada vez mayores: planetesimales, asteroides y embriones planetarios. Los meteoritos son fragmentos de esos cuerpos, conservados casi intactos desde aquella era primigenia.
Muchos de ellos vagan durante millones de años en órbitas alrededor del Sol, perturbados por la gravedad de los planetas gigantes o por colisiones entre asteroides. En ocasiones, una colisión expulsa fragmentos que quedan atrapados en trayectorias que cruzan la órbita terrestre. Si la casualidad hace que uno de estos fragmentos se encuentre con nuestro planeta, se precipitará hacia la atmósfera a velocidades que oscilan entre 11 y 72 kilómetros por segundo. El aire se comprime, la fricción genera calor y el objeto brilla como una estrella fugaz. La mayoría se desintegra, pero algunos sobreviven y llegan a la superficie: son los meteoritos.













