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15 marzo 2026

Elsa Gomis interpreta una sonata para piano del compositor italiano Muzio Clementi

Elsa Gomis tiene actualmente diez años. Tras cuatro años de formación en el Conservatorio del Liceo de Barcelona, cursa hoy el primer curso de Piano Profesional en el Conservatorio de Música de Barcelona. Su progreso ha sido constante y notable: este año ha obtenido el primer premio de Técnica Pianística en el citado centro, un reconocimiento que habla tanto de su talento como de la dedicación que sostiene su aprendizaje.

A su edad, entregarse a la música implica algo más que estudiar un instrumento. Significa crecer en un territorio donde la disciplina convive con la imaginación, donde las horas de estudio se entrelazan con la curiosidad propia de la infancia. Para Elsa, la música es una forma de estar en el mundo: un espacio donde descubre su sensibilidad, su capacidad de esfuerzo y un camino por el que andar. En esa mezcla de juego, rigor y descubrimiento se forjan muchas de las grandes vocaciones artísticas.

Hoy comparte con nosotros su opinión y, además, su interpretación del primer movimiento de la Sonata en Sol mayor, op. 37 n.º 2, del pianista y compositor italiano Muzio Clementi. La grabación corresponde al recital celebrado el pasado 7 de marzo en el Conservatorio de Música de Barcelona, donde Elsa ofreció esta obra ante el público con la naturalidad y la concentración que caracterizan a los jóvenes músicos que empiezan a encontrar su camino.
Ramón Alfil

04 marzo 2026

El llanto de un genio en tiempos caóticos

En cada época convulsa aparecen creadores que, lejos de adaptarse dócilmente al ruido del mundo, deciden caminar en sentido contrario. No por rebeldía gratuita, sino porque su sensibilidad les impide aceptar la superficialidad como norma. Un genio —en el sentido más humano y menos mitificado del término— es alguien que escucha más hondo, que percibe las grietas de su tiempo y las transforma en lenguaje. En una sociedad acelerada, impersonal y cada vez más desconectada de lo esencial, estos creadores parecen ir a contracorriente. Pero, en realidad, son ellos quienes mantienen vivo el pulso de lo auténtico.

Ernest Artal pertenece a esa estirpe. La obra de este compositor y director de orquesta, lejos de buscar artificios, se sostiene sobre una convicción profunda: la música es un acto de verdad emocional, un puente directo hacia aquello que no sabemos decir con palabras. 

A mi modesto entender, no compone para impresionar, sino para conmover; no busca la complejidad, sino la claridad expresiva que permite al oyente la introspección en lo que escucha.

Incluso quienes no dominan el lenguaje musical perciben esa cualidad. La música de Artal no exige conocimientos previos: exige sensibilidad, y eso todos lo llevamos dentro. Sus piezas suelen abrir un espacio íntimo, es música que llega al fondo, aunque uno solo alcance la “primera fase” del conocimiento técnico. Porque lo esencial no está en la teoría, sino en la resonancia interior.

La pieza "El llanto", disponible en YouTube, es un ejemplo perfecto de esa poética. Interpretada por Marta Encarnación al violín y Luis Giner al piano, fue presentada en la Sala Alfonso el Magnánimo de Valencia en 2022.  

Aunque hoy se presenta como obra independiente, Ernest Artal concibe "El llanto" como el segundo movimiento de un futuro concierto para violín y orquesta, cuyo primer y tercer movimiento ya imagina y proyecta. La semilla de esta música está en una poesía que él mismo escribió hace años, un texto donde expresaba su preocupación por un mundo que avanza por senderos cada vez más caóticos, impersonales y deshumanizados.

Esa visión se escucha en cada compás. "El llanto" no es un lamento derrotado, sino un llanto lúcido, un desahogo que reconoce la herida pero también la transforma. El violín se convierte en voz humana: frágil, quebrada a veces, pero profundamente honesta. El piano sostiene, acompaña, abraza. Hay momentos de desolación, sí, pero también destellos de esperanza, como si la música recordara que incluso en medio del caos persiste una chispa de belleza que merece ser salvada.


Ramón Alfil
Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
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"El llanto", de Ernest Artal, un refugio en tiempos convulsos


Recomiendo la lectura de una entrada en este blog:

03 marzo 2026

Nuestro mundo se da la vuelta como un calcetín

La tensión entre Irán y Estados Unidos nos lleva a los que simplemente queremos vivir en paz y tranquilos a un estado emocional y a una constante irritabilidad. Los que manejan los hilos de las marionetas siguen escribiendo capítulos de desconfianza, sanciones, amenazas veladas y episodios de violencia que, cada cierto tiempo, vuelven a encenderse como brasas mal apagadas. Es un conflicto que mezcla geopolítica, intereses energéticos, orgullo nacional y heridas históricas que nunca terminaron de cerrarse. Y, sin embargo, para la mayoría de nosotros, ese pulso lejano llega filtrado por pantallas que lo convierten en un espectáculo continuo de alarma.

La televisión convierte el mundo
 en un incendio permanente 

Los medios, especialmente la televisión, parecen haber encontrado en el conflicto bélico de turno, la bronca diaria de los políticuchos y la corrupción un filón inagotable. La escaleta diaria se construye como si el país fuese un ring y la sociedad, un público hambriento de golpes. La violencia callejera, la delincuencia, los escándalos… todo ocupa un espacio desproporcionado, como si las buenas noticias hubieran sido desterradas por decreto. No es que no existan; es que no venden tanto. Y así, día tras día, el mensaje se repite: el mundo es un lugar peligroso, imprevisible, al borde del colapso.

La mente en guerra con el tiempo

Esa dieta informativa termina por pasarnos factura. La sensación de que el futuro es inestable, incierto y caótico se instala en el ánimo colectivo. Vivimos con el ceño fruncido, como si estuviéramos esperando el próximo sobresalto. La irritación se vuelve un estado natural, casi una postura defensiva ante un entorno que percibimos hostil. Y lo más preocupante es que esa percepción no siempre coincide con la realidad, sino con la versión amplificada que recibimos a diario.

El desgaste emocional de vivir en alerta

El miedo al futuro no es un concepto abstracto: desgasta, erosiona, agota. Nos roba la serenidad necesaria para disfrutar de lo cotidiano. La mente, en lugar de descansar, se adelanta compulsivamente a escenarios que quizá nunca ocurran. Se convierte en una máquina de anticipar desgracias, y en ese ejercicio constante el presente deja de ser habitable. No estamos donde estamos; estamos donde tememos que estaremos.

Y así, casi sin darnos cuenta, el miedo se normaliza. Se convierte en la atmósfera en la que respiramos. Algunos logran gestionarlo, comprenderlo, ponerlo en su sitio. Otros quedan atrapados en él, como si el mundo —este mundo que ha vivido épocas peores y mejores— se hubiera dado la vuelta como un calcetín. Pero quizá no sea el mundo el que ha cambiado tanto, sino la forma en que lo miramos, la intensidad con la que nos lo cuentan, la velocidad con la que lo consumimos.

En un tiempo en el que la información nos llega en avalanchas, la verdadera resistencia consiste en recuperar el derecho a la calma, a la pausa...


Ramón Alfil
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REFERENCIAS

Fotografía: meineresterampe / Pixabay / Libre de derechos 

02 marzo 2026

Titanic, naipes que rememoran al coloso de la navegación transatlántica en su primer y último viaje

Entre mi colección de barajas de cartas cuento con una que pone de relieve  la vida y la memoria del Titanic, aquel coloso de la navegación transatlántica que el 10 de abril de 1912 emprendió su primer y último viaje.

Este palacio flotante fue como un desafío del hombre y la industria al mar, pero en la tranquila noche del 14 de abril colisionó con un iceberg y el océano quiso responder al orgullo humano para demostrar que el invencible era él.

La baraja exhibe 54 cartas, más dos jokers y una carta auxiliar con una breve reseña histórica del trasatlántico y referencias de algunos pasajeros. Cabe destacar un conjunto de fantásticas ilustraciones, imágenes y carteles que reflejan su construcción, salones lujosos, los rostros de quienes viajaron y tripularon el barco y los fragmentos de un mundo que se creyó eterno. Cada carta es una ventana a aquel viaje interrumpido, un recordatorio de la belleza y la fragilidad que conviven en toda gran historia humana.

18 febrero 2026

El gato del puerto


Foto: Ramón Alfil

Un sol débil y atenuado por un cielo nuboso empezaba a ceder su puesto a la noche. Sus últimos guiños dejaban una estela blanquecina en el agua de aquel puerto tranquilo. La tarde estaba coloreada de ocres, algo habitual en los atardeceres de invierno.
Sentado en un pequeño espigón habilitado para la pesca recreativa con caña descansaba un gato negro patiblanco. Su presencia inmóvil estaba en armonía con la calma y el silencio del lugar, tan solo roto por el graznido de alguna gaviota y un ligero golpeteo del agua contra las rocas.
El gato tenía colmada sus necesidades porque acababa de comerse los restos de sardinas y boquerones que unos minutos antes habían servido de cebo a un pescador. Con la panza llena y el instinto satisfecho no tenía más compromiso que disfrutar del calorcito que aún despedía la piedra después de bastantes horas de sol.
El mar, algo revuelto a lo lejos, hacía las paces consigo mismo arropado por las escolleras del puerto. En el muelle frontal estaba atracado un barco mercante. Para el gato, aquella mole de hierro no era un centro de trabajo en el que sus tripulantes van acelerados y marcados por el característico torbellino comercial, un trabajo muy duro y el estrés que conlleva un mundo excitado. Para el gato, aquel monstruo cargado de contenedores era una sombra más en el paisaje. Su mundo no se medía en objetivos mercantiles, ni en lucros dinerarios o en la creación de necesidades superfluas, normalmente compulsivas, sino en la temperatura de la piedra bajo su cuerpo y en el grado de saciedad de su estómago. Aquel animal no necesitaba nada más, comprendía a su manera lo que significaba la palabra "suficiente".


Ramón Alfil
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REFERENCIAS 
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Foto: Ramón Alfil. Una tarde de invierno en el puerto de Gandia (Valencia).

06 febrero 2026

Las tumbas de los inmortales - Chet Baker

Chet Baker está enterrado en el cementerio 
Inglewood Park, localizado en Inglewood (California)


Una sencilla lápida en una sepultura, compartida junto a su padre, en el cementerio Inglewood Park en Inglewood (California) señala que allí se encuentran los restos de Chet Baker, trompetista, cantante y músico de jazz estadounidense.
Aunque falleció en Ámsterdam tras caer desde una ventana del Hotel Prins Hendrik, su cuerpo fue trasladado de regreso a Estados Unidos para su entierro.
Entre su extensa discografía me quedo con Almost Blueun pilar del jazz lento y nostálgico, con sus silencios, trompeta pausada y una voz que raya el susurro. La tengo entre mis preferencias jazzísticas. 

"Almost Blue tuvo una excelente recepción por parte de la crítica musical . Beckett, escribiendo para la revista Stylus, la calificó como el 'paso más grande' que el cantante dio con Imperial Bedroom . Continuó: 'Es una de las canciones más potentes del álbum. Posee una cualidad inquietante que nunca antes había estado presente en la obra de Elvis Costello'. Imperial Bedroom fue considerado uno de los 100 mejores álbumes de la década de 1980 y uno de los 500 mejores álbumes de todos los tiempos por la revista Rolling Stone".




Ramón Alfil
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REFERENCIAS
Fotografía de la lápida: Louis du Mort (libre de derechos)
Chet Baker, el galán que revolucionó el jazz

04 febrero 2026

La escritora y su asesino



La escritora estaba ensamblando la escena de un crimen espantoso y sanguinario. Cuidaba cada detalle del asesino para que no dejara rastro alguno en la investigación de la policía. De alguna manera, se identificaba más con el asesino que con los agentes que intentarían llegar al desenlace del homicidio.
En el estudio reinaba un silencio monacal, tan solo interrumpido por el fuerte tecleo sobre una vieja máquina de escribir y algún crujido de la madera de la mesa. 
La atmósfera estaba coloreada de un gris azulado que ondeaba en capas, como una neblina perpetua alimentada por el humo de bastantes cigarrillos.
A la escritora, de siempre, le fascinaban los gatos y los caracoles porque eran seres vivos silenciosos y tranquilos. En aquella larga noche literaria estaba acompañada por su gato, que buscaba el calorcito de un flexo, y unos caracoles que salían de su terrario y dejaban una marca de baba sobre la mesa y unos folios desordenados. 
Mientras el crimen cobraba vida sobre el papel, la escritora combinaba la paranoia de aquel asesino con un sorbo de whisky, alguna caricia al gato y redirigiendo al terrario a algún caracol que se salía de los lindes que ella misma consideraba como prudentes.
Sonó el timbre, se asustó, ¿quién podría ser?, pensó... Se dirigió a la puerta, acercó su ojo a la mirilla y vio a Logan, el asesino que estaba ficcionando en la novela. Tuvo miedo, pero abrió la puerta de golpe. No había nadie en el descansillo.

Ramón Alfil

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Escucha este relato / Voz: J.M.O.



J.M.O.
En nuestro ateneo pone muchas veces... ¡la voz!
"A distinguir me paro las voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una". Antonio Machado



REFERENCIAS
- Patricia Highsmith falleció un 4 de febrero como hoy, en 1995.
- Entre sus citas cabe destacar la siguiente: "A veces, los asesinos son más interesantes que la gente que nunca ha roto un plato".
- La fotografía ha sido creada por inteligencia artificial al solicitarle una imagen para este relato breve.

23 enero 2026

El duque del jazz

Mi mesa, diminuta y cercana al escenario, estaba cubierta con un mantel y sobre ella una lámpara que emitía una luz tenue amarillenta, un vaso de whisky y un cenicero sucio. Me pregunté si alguna vez habría sido ocupada por algún gánster de Chicago.
En el ambiente de aquel club, cargado de humo, se percibía un murmullo de expectación porque tan sólo faltaban unos minutos para que saliera al escenario "El duque del jazz".
Iba a tener a escasos metros a Duke Ellington, con ese porte impecable que originaba por sí solo una imponentee admiración. Nervioso, dibuje en el aire unos círculos con el humo de mi cigarro y tomé mi primer trago de whisky para atenuar con su aroma el olor a perfume barato que venia desde la mesa contigua.
Apareció Duke con un traje gris claro, puso sus manos sobre el piano y se tuvo la sensación de que el tiempo se detenía en una atmósfera emocional que impresionaba. Con un simple gesto coordinó a los músicos de la banda. Sonó "Mood Indigo" y mi corazón se ralentizó, me sentía viajando en una nube, sensación que solo los que aman el jazz pueden comprender.
Ramón Alfil 

07 enero 2026

¡Feliz 7 de enero!

Celebro muy pocas fechas al año porque huyo de los tópicos impuestos. Festejo el día que yo quiero y soy feliz cuando me place o cuando hay motivo de serlo, no cuando lo imponga el calendario social.
Hoy es 7 de enero, se acabó el suplicio de la Navidad, una época que sirve para muchos de cómodo refugio para el fingimiento, un recoveco del año en el que se nos vende felicidad sin ton ni son, a diestro y siniestro…
Reconozco que soy un fallo del sistema y admito que me comparen con una vaca a cuadros o con un perro azul pero, entre otros, también esperaban el 7 de enero los que sufren un duelo reciente, los ancianos que viven solos, los que abren la nevera y solo ven dos yogures de marca blanca y medio limón enmohecido, los que viven en la calle, los que luchan contra un cáncer, los que viven a oscuras porque les han cortado la luz, los que sufren poca salud mental… A ellos, como a mí, también les han martilleado con el mensaje de ser felices.
Dichoso 7 de enero porque vienes a romper en añicos el estereotipo de la Navidad. Empieza el año ordinario, el de verdad.
Ramón Alfil 

Imagen: Mohamed Hassan | Pixabay | Libre de derechos

03 enero 2026

Marchitará la rosa el viento helado...

Cuando uno entra por edad en lo mejor de lo peor y repasa esas fotos antiguas guardadas en aquellos álbumes de hojas con fundas plastificadas y en cajas de zapatos le sobreviene, necesariamente, una hemorragia de melancolía. Ve en él mismo y en los suyos, así como en amigos y conocidos que aquella juventud y belleza ha sido desgastada por el tiempo.
La decadencia es inevitable con el paso de los años, es una realidad sobre la condición humana. ¿El antídoto? El conformismo y la resignación.
Esta reflexión me llega después de leer el Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega (1491-1503), un precioso poema con una estructura perfecta al que, a pesar de tener una característica ideología renacentista, podría haber puesto música Joaquín Sabina, ya que hay mensajes universales que no cambian con el paso de los siglos.
Ramón Alfil 

SONETO XXIII

En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena; 

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.


Foto: Serenity Art | Pixabay | Libre de derechos 

20 diciembre 2025

O te subes al carro o tendrás que empujarlo...

Gloria Fuertes es encasillada, en muchas ocasiones, en el ámbito de la literatura infantil y juvenil y considero que no es precisa tal consideración. Una buena parte de su obra tiene un sedimento tan denso que la convierte en una poetisa integral y consumada.
Sus poemas sobre la vida misma, sin grises, en la que todo es blanco o negro, están muy lejos de la faceta infantil, solo un lector adulto puede extraer el verdadero significado que Gloria Fuertes ha querido expresar.
Su estilo, tan coloquial como el que habla la gente de a pie y no las élites, "de andar por casa" (como decía ella), era directo, muchas veces ácido, duro y cruel en algunas poesías que te dan una sacudida para bajarte a la vida real.
Ramón Alfil 

Me dijeron:
O te subes al carro o tendrás que empujarlo.
Ni me subí ni lo empujé.
Me senté en la cuneta
y alrededor de mí, a su debido tiempo,
brotaron las amapolas.


REFERENCIAS

10 diciembre 2025

Sabina hizo llorar a Krahe y Serrat

En el recién caducado año 2025 se han quitado la coleta dos puristas: Joaquín Sabina y Morante de la Puebla, cada uno en su ámbito artístico. Y digo "se han quitado" y no "se han cortado" porque deseo volver a ver al torero en los ruedos y al poeta cantautor, al menos, grabando un nuevo disco.

Madrid, su habitat natural; el Atleti, su manera de sufrir; el desamor; la bohemia; la nostalgia o alguna pincelada taurina, entre otras, han sido materias presentes en sus canciones. De esta última, cabe destacar la que para el inconformista músico es su mejor canción, "De Purísima y Oro".

Joaquín Sabina destaca este tema sobre cientos que compuso o cantó porque su carga emotiva hizo llorar, sentimiento que rara vez expresaron en público, a dos grandes letristas y amigos: Javier Krahe y Joan Manuel Serrat.

"De Purísima y Oro" conlleva belleza, melancolía y la amargura de una sociedad que vivía una época de posguerra plagada de dificultades, hambre y restricciones. Entre sus fragmentos saca a relucir a una figura simbólica de los 40, Manolete, más que como torero, como icono de las secuelas de una guerra "incivil".

Niño, sube a la suite dos anisettes
Que hoy, vamos a perder los alamares
De purísima y oro, Manolete
Cuadra al toro, en la plaza de Linares
Ramón Alfil 






16 septiembre 2025

Pérez-Reverte: "El Rey, la Guardia Civil y Leo Harlem es lo único en España que todavía tiene cierta seriedad"

El programa "Más de uno", en Onda Cero, contó ayer con la presencia de Arturo Pérez-Reverte, entrevistado por Carlos Alsina, con motivo de la presentación del libro "Misión en París", última entrega de la saga de uno de sus personajes míticos: Alatriste.
La charla deja un regusto agradable por el buen oficio de estos dos profesionales sobradamente preparados e instruidos, cada uno en su parcela.
La conversación no solo camina por la franja literaria, se valora el ya extinguido radioteatro, con la recreación de unos párrafos del libro; se rememoran otras épocas, en especial de su infancia; se habla de la muerte sin dramatismo; reconoce su cambio de forma de escribir en el transcurso de los años adaptándose al tiempo en el que vive y, como no, se tocan aspectos de la actualidad política con ese característico humor ácido del novelista.
Ramón Alfil 

Citas de Arturo Pérez-Reverte

Hubo una época en la que los guardias eran honrados, los políticos decentes, los curas santos, los amigos eran leales hasta la muerte y las mujeres eran perfectas.

Todo escritor deja una novela sin escribir.

Una cosa aprendí en la vida. Todo tiene una mina que pisar, una esquina, un callejón... Todo tiene un final.

Tenemos fecha de caducidad como los yogures.

La fría curiosidad es lo que caracteriza los últimos tiempos de mi vida.

Cuando escribes mucho tiempo te vas transformando.

El Rey, la Guardia Civil y Leo Harlem es lo único en España que todavía tiene cierta seriedad.

07 septiembre 2025

La infame clase política que nos está rigiendo y que nos ha regido es una cruz que cuesta mucho llevar

"Pedro Sánchez fue concejal en el Ayuntamiento de Madrid con un programa que incluía medidas contra la prostitución, mientras su mujer, Begoña Gómez, gestionaba locales en los que se ejercía"
según ha informado hoy El Español.
El circo político en nuestro país es un manantial de indignación, raro es el día en el que los ciudadanos no se irritan, es una consecución de escándalos y de indecencias de todo tipo.
Aún es reciente un artículo que escribí en el que manifestaba que "ESTAMOS HARTOS" porque la falta de honestidad está aferrada en el panorama político español.
Como decía, los casos Ábalos, Koldo, Santos Cerdán, Begoña Gómez, David Sánchez, Cristóbal Montoro y resurgen por proximidad los ERE de Andalucia, Bárcenas y M.Rajoy... demuestran la falta de honradez de los que gestionan nuestros intereses. Estos lances críticos son los que están de moda, pero si "echamos la cinta atrás", comprobaremos que la corrupción en España ha sido y es el pan nuestro de cada día.
La infame clase política que nos está rigiendo y que nos ha regido, izquierdas y derechas, es una cruz que nos cuesta mucho llevar. 
Ramón Alfil
Fotografía: Wikimedia Commons | Libre de derechos
Creador: Carlos Delgado

06 septiembre 2025

El Galmesano y un compañero de barra salmantino


El paseo del atardecer tuvo como destino final “mi” taberna gallega, todo un altar de la gastronomía galaica. Suele ser el remate de mis caminatas junto al mar, bien para saludar a Eladio e Inés, sus propietarios, bien para cenar una tabla de quesos gallegos con un par de anchoas del Cantábrico.
Eladio me comentaba que el Galmesano había conseguido una medalla de oro en la categoría de mejor queso de vaca curado. Intervino en la conversación un cliente que se encontraba cerca de nosotros, en la misma barra. Era salmantino, como averigüe después, de complexión robusta y con una voz grave que resonaba con la cadencia perfecta del castellano bien hablado, tan característico de algunos lugares de Castilla y León. Vestía una camisa informal y pantalones cortos, un atuendo adecuado para la estación veraniega que se despedía con sus últimos coletazos de calor.
Mi conexión fugaz salmantina puntualizó algo con lo que yo coincidía.
—Es difícil creer que el queso Galmesano sea de leche de vaca, su sabor y textura quebradiza me recuerdan a un buen queso de oveja curado.
Este comentario abrió la puerta a un apasionado debate sobre la diversidad quesera de España. Hablamos de la intensidad de los quesos azules, de la sutileza del Queso de Tetilla, de la robustez del Idiazabal y mencionamos la omnipresencia del Manchego como un clásico insustituible. Lamentamos también la poca atención que a menudo se presta a algunos quesos como al Mahón, un queso menorquín con una personalidad única; o al queso de Tronchón, con ese sabor intenso de los productos del interior de Teruel. Cada queso era un universo de matices, un reflejo de su tierra y tradición. Para acabar de honrar al queso, mi compañero de barra sentenció con una máxima del refranero español: “en una buena comida, el queso es el mejor complemento y en una mala comida el mejor suplemento”.
Fue un encuentro fugaz, una de esas conexiones inesperadas que enriquecen la rutina. Me pregunto si volveré a cruzarme con este salmantino en la barra de “mi” taberna gallega. Si el destino lo permite, sin duda, compartiremos una buena tabla de quesos, con una ración especial y generosa del fascinante Galmesano.
Ramón Alfil

Fotografía: tabla de quesos gallegos. Taberna Gallega, Oropesa del Mar (Castellón)

Conexiones fugaces
Mis lectores ya conocen que considero una conexión fugaz a aquella persona o ser vivo con la que comparto tan solo unos minutos o unas horas de mi existencia y que quizá no vuelva a ver, o sí…
Con ellos se produce una química instantánea y una misma longitud de onda que conducen a una sensación de familiaridad.
Suelen producirse si estamos emocionalmente disponibles en busca de algo nuevo, son parte de la cotidianidad humana que algunos dejan pasar de largo y otros recuerdan o, como es mi caso, escriben para que perduren.

31 agosto 2025

El suspiro agitado del mar

Hoy ha sido una de esas tardes en la que el mar tiene cara de pocos amigos. Su cólera desataba furia contra los acantilados, en contraste con la suave y agradable mezcla de colores apastelados del cielo.
Las olas, como puños de agua salada, rompían con fuerza contra las rocas inamovibles. Cada acometida era como un bramido que explotaba y se deshacía en destellos de espuma blanca que al retirarse dejaban ensabanadas las rocas en una especie de manto que era barrido por la siguiente ola.
Y así, una y otra vez, como un enorme suspiro agitado, el mar ha demostrado su belleza en un espectáculo salvaje de la naturaleza en su máxima expresión.
Ramón Alfil

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28 agosto 2025

Un día de vida...

La habitación 513 del hospital estaba compartida por dos enfermos. A estos compañeros a la fuerza por la convalecencia les separaba una cortina corredera.
El enfermo de la 513 A era joven, su fragilidad en ese momento delicado de su vida contrastaba con la vitalidad que se le presuponía. El enfermo de la 513 B era un hombre de avanzada edad, cuya existencia se marcaba en las arrugas de su rostro y en la serenidad de su mirada.
Sentado en un sillón, junto a la cama del anciano, se encontraba su hijo. La tensión del día a día en un hospital, las largas horas de espera y la inquietud constante por el estado de salud de su padre calaban ya en su estado físico y mental.
De repente, el hijo se levantó. El crujido suave del sillón al ceder su peso rompió el silencio de la estancia. Se acercó a su padre, cuya respiración era lenta, tranquila, casi imperceptible.
—Papá, voy a bajar un momento a la calle. Necesito estirar las piernas, tomar un café para despejarme y, quién sabe, quizás probar suerte con un décimo de lotería en la administración que hay justo al lado de la cafetería.
El padre asintió con un leve movimiento de cabeza, su rostro transmitía comprensión al comentario de su hijo, que se despidió con una caricia en su frente y se dirigió hacia la puerta, dejando atrás la quietud de la habitación, buscando un respiro en el mundo exterior, un instante de normalidad en medio de la incertidumbre, con la esperanza latente de que la fortuna, al igual que la salud, pudiera cambiar de un momento a otro.
Saludó con un gesto al paciente de la 513 A que le respondió cerrando el puño y levantando el pulgar. A punto de salir por la puerta, dio media vuelta y volvió hasta la cama de su padre.
—Por cierto, papá, ¿quieres el mismo décimo que voy a comprar o que te selle algún bonoloto, que sé que te gusta? Igual nos trae suerte, afirmó con una carga notable de expectativa.
El padre, tras un momento de reflexión, levantó la mirada hacia su hijo. Sus ojos, aunque cansados, brillaban con una profundidad que iba más allá de la simple esperanza de un premio material. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, una sonrisa que contenía la sabiduría de quien ha vivido plenamente y valora lo verdaderamente importante.
—Hijo, respondió con una voz serena, pero firme, agradezco tu gesto, de verdad. Pero más que el dinero, lo que ahora desearía es algo mucho más valioso. Pregunta en la administración si tienen algún juego en el que el premio sea un día de vida.
El hijo y el enfermo de la 513 A, asombrados, se miraron. Sin mediar palabra tras la lección que acababan de recibir no supieron reaccionar pero, desde aquel día, nunca olvidaron la verdadera esencia de lo que significaba la riqueza: un día más, el tiempo...
Al día siguiente, la delicada salud del paciente de la 513 B desencadenó un fallo multiorgánico que le llevó a una complicación tan severa que le produjo la muerte. No tuvo ni siquiera ese día de más que quería como premio.
Ramón Alfil
Fotografía: Vilkas / Pixabay / Libre de derechos

22 agosto 2025

¡Buen viento y buena mar!

A pesar del calor propio de una tarde de agosto, la brisa apaciguaba el bochorno en el puerto de Marinabrava. Matías era un viejo marinero retirado, de baja estatura, su espalda estaba algo curvada y manifestaba una ligera cojera fruto de uno de los muchos desafíos con los que tuvo que enfrentarse en el mar. Su cara, curtida por los años, el rigor de su trabajo y el salitre estaba marcada por unos pronunciados surcos en sus mejillas y una barba de varios días. Su cabello blanco y desarreglado parecía una red de pesca vieja que quedaba algo disimulado por una gorra gastada por el roce y con alguna que otra mancha.

Matías conocía cada centímetro del puerto de Marinabrava, era su segunda casa, ese día se sentó en la parte superior ensanchada de un noray, ese bolardo fijado a los muelles que sirve para amarrar barcos, negro y algo oxidado por el tiempo. Con parsimonia, asentó con sus huesudos dedos el tabaco que prendió en una pipa de madera vieja, ya ennegrecida tras las caladas de muchos años; el humo dibujaba en el aire círculos que iban deformándose mientras ascendían. Aquel noray era su particular patio de butacas desde el que tantas veces había sido espectador de, para él, uno de los mayores espectáculos que se pueden ver: el desatraque de un barco mercante.

Acompañado por una gaviota desconfiada que lo miraba reojo, Matías observaba, a lo lejos, los pasos meticulosamente coordinados entre el puesto de mando del barco mercante y dos remolcadores: uno en proa y otro en popa. Los remolcadores, diminutos ante el gigante de mar, parecían insectos trabajando contra una fuerza mayor, y, sin embargo, cada movimiento era una coreografía exacta que iba tirando del buque, de origen chipriota, hacia la parte central del puerto, todo de manera muy lenta, laboriosa, perfectamente planificada. Para él, ese momento era pura emoción ver la partida de ese mercante, esa pequeña ciudad flotante en la que se cumplían leyes marinas y  se respetaban jerarquías.

En la proa llegó a vislumbrar a dos de los tripulantes que se abrazaron para desearse —pensó— suerte en la ruta de varios días que los iba a llevar a un lejano puerto. Matías imaginó esa travesía a la que se hubiera apuntado sin dudarlo para volver a sentir las horas de sol, el vaivén del casco, el rumor del mar...

El deseo de navegar todavía latía en su interior, pero la vida le dejó en la otra orilla. Y, aun así, en ese instante, se conformó acomodado en el noray con ver salir aquel barco que conforme avanzaba hacia la mar abierta iba perdiendo tamaña hasta parecer un barquito de juguete. Matías, para sus adentros, pensó aquello que tantos marineros anhelan: buen viento y buena mar.

Ramón Alfil

Foto: Ramón Alfil  -  literaturaymar_adl

13 agosto 2025

Una silla vacía junto al mar

Eugenia pasó muchos años de su vida junto a Marco, eran una pareja que no apagó nunca la llama de la estima. Ya en una edad madura, decidieron formalizar su unión y se casaron en la basílica de Nuestra Señora del Carmen, como era preceptivo en Marinabrava, un pueblecito marinero en el que el tiempo parecía detenerse entre el murmullo del mar.
Marco era un hombre de mar, como casi todos los de Marinabrava, alto, fornido, de hombros anchos y manos curtidas por tantos años de trabajo duro. Empezó de chiquillo como simple ayudante y llegó a ser patrón y propietario de su propio barco, “La Eugenia”. Su vida giraba entre las mareas y las rutas marinas; cada viaje era una promesa de regreso y cada regreso, un suspiro de alivio para Eugenia.
Hacía apenas un mes de aquella boda soñada cuando la idílica relación tomó una curva fatal y dolorosa. Marco salió al mar y no volvió. El barco apareció a la deriva, los tripulantes de “La Eugenia” se esfumaron en la profundidad del agua y de la memoria; no se volvió a saber nada de ellos.
Desde entonces, Eugenia adquirió el hábito de salir de casa con una silla a cuestas que utilizaba para sentarse junto a la orilla del mar, con la vista fija en el horizonte, siempre con la esperanza de ver aparecer entre las aguas a Marco. A pesar de que el ansiado regreso no se producía, ella no cesaba en su empeño y cada tarde, hacia el ocaso, volvía con su silla a sentarse frente al mar como si de un escenario se tratara.
Durante días, semanas, años... cada jornada volvía a casa con su silla y la decepción de no haber visto a Marco surgir del mar y abrazarlo.
Los lugareños se fueron acostumbrando a verla reaparecer cada tarde con la silla en la mano, como si el mar, cada día, quisiera devolverle una promesa quebrada.
Alejandro, a diario, salía a correr al alba por la playa. La edad le obligaba a que su carrera fuera lenta y de vez en cuando se detenía a contemplar el mar. Ese día, a lo lejos, en la playa solitaria divisó un objeto que fue adquiriendo forma conforme se acercaba a él. Era una silla. ¡Qué raro! ¿Qué hacía una silla en la orilla del mar? No comprendía nada. Parecía sin dueño, pero su presencia parecía revelar una espera sin fin.
El periódico local publicó un llamamiento a los habitantes de Marinabrava y de la comarca, acompañado de una foto de Eugenia, había desaparecido del pueblo sin dejar rastro alguno.
Alejandro leyó la noticia en el casino mientras tomaba un café con leche y un solisombra. Pensó en aquella silla solitaria en la playa, en ese amor que el mar se llevó... Imaginó lo peor.
En la quietud de las noches de Marinabrava, el faro parecía pronunciar su propia oración por Marco y por la tripulación de “La Eugenia”. Eugenia se convirtió en una figura misteriosa de la memoria colectiva: la mujer que había amado al hombre de mar y que, en la espera, quizá halló la forma de sostenerse a sí misma; aunque un día, posiblemente, decidió reencontrarse con Marco. Nadie lo supo nunca.
Los habitantes de Marinabrava contaban historias del mar y, entre ellas, no podía faltar la de Marco y Eugenia, aunque deshilachada ante el misterio de una ausencia.
Ramón Alfil

Foto: Don Bernardo, un amigo que alimentó mi imaginación  -  literaturaymar_adl

12 agosto 2025

Ítaca siempre nos brindará un hermoso viaje

Ayer escribí un breve relato en el que un abuelo intentaba explicar a su nieto que el deterioro que causa la edad origina que se desestimen realizar actividades que antes se llevaban a cabo con cierta facilidad. El abuelo se vio algo acorralado, pues resulta harto complicado hacerle ver a un niño que la edad avanzada es el principio del camino al ocaso. Salió como pudo del agobio.
Don Bernardo, como me gusta llamar a un amigo que en su día fue mi profesor de Historia del Arte, leyó la historia del abuelo y el nieto y me aconsejo un viaje literario a Ítaca. Quedé algo desconcertado, pero lo hice y me di cuenta que, efectivamente, el camino puede ser más importante que la meta. 
No había leído nada de Konstantinos Kaváfis. Su poema Ítaca es como un manual de filosofía de vida, en el que lo fundamental es todo lo que le sucede a Ulises en su hermoso viaje, pasando el destino a un segundo plano. Si uno no ha desperdiciado su vida en materias superficiales y simplezas, cada etapa de su existencia habrá constituido un viaje instructivo más importante que la llegada al punto y coma de la vida, el citado camino del ocaso, largo para unos y corto para otros, ¡va a depender de tantas cosas!
Ramón Alfil
literaturaymar_adl



Ítaca, poema de Konstantinos Kaváfis

Recitado por Josep Maria Pou

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.