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Las cortinas del cuarto filtraban la luz con un tono dorado y antiguo. En esa penumbra pensaba que nadie la podía ver y su secreto estaría guardado.
Pasaba el plumero con sumo cuidado. Sus manos, acostumbradas al trabajo rudo y no a la ternura, rozaban con mucha delicadeza el marco, como si temiera profanar algo sagrado.
Cada día repetía el mismo ritual: acercarse, contemplar, anhelar… y marcharse antes de que alguien pufiera sorprenderla y descubrir lo que ni ella misma se atrevía a admitir: un amor silencioso, condenado a lo imposible y que solo encontraba refugio en la quietud del retrato de su señor.
Relato corto basado en una obra del pintor italiano Tito Conti (1842-1924)


El As de Picas no es una carta más, representa la identidad, la garantía y el emblema de cualquier baraja inglesa; todo un estandarte que conlleva un peso histórico peculiar y un significado que encierra un misterio que la distingue de cualquier naipe.
Para certificar que el fabricante había pagado, el gobierno imprimía ellos mismos el As de Picas con un diseño oficial y muy complejo que incluía el escudo real y el importe del impuesto.
Los fabricantes compraban estos ases al gobierno y los incluían en sus mazos. Sin ese as oficial, la baraja era ilegal.
En cada época convulsa aparecen creadores que, lejos de adaptarse dócilmente al ruido del mundo, deciden caminar en sentido contrario. No por rebeldía gratuita, sino porque su sensibilidad les impide aceptar la superficialidad como norma. Un genio —en el sentido más humano y menos mitificado del término— es alguien que escucha más hondo, que percibe las grietas de su tiempo y las transforma en lenguaje. En una sociedad acelerada, impersonal y cada vez más desconectada de lo esencial, estos creadores parecen ir a contracorriente. Pero, en realidad, son ellos quienes mantienen vivo el pulso de lo auténtico.
Ernest Artal pertenece a esa estirpe. La obra de este compositor y director de orquesta, lejos de buscar artificios, se sostiene sobre una convicción profunda: la música es un acto de verdad emocional, un puente directo hacia aquello que no sabemos decir con palabras.
A mi modesto entender, no compone para impresionar, sino para conmover; no busca la complejidad, sino la claridad expresiva que permite al oyente la introspección en lo que escucha.
Incluso quienes no dominan el lenguaje musical perciben esa cualidad. La música de Artal no exige conocimientos previos: exige sensibilidad, y eso todos lo llevamos dentro. Sus piezas suelen abrir un espacio íntimo, es música que llega al fondo, aunque uno solo alcance la “primera fase” del conocimiento técnico. Porque lo esencial no está en la teoría, sino en la resonancia interior.
La pieza "El llanto", disponible en YouTube, es un ejemplo perfecto de esa poética. Interpretada por Marta Encarnación al violín y Luis Giner al piano, fue presentada en la Sala Alfonso el Magnánimo de Valencia en 2022.
Aunque hoy se presenta como obra independiente, Ernest Artal concibe "El llanto" como el segundo movimiento de un futuro concierto para violín y orquesta, cuyo primer y tercer movimiento ya imagina y proyecta. La semilla de esta música está en una poesía que él mismo escribió hace años, un texto donde expresaba su preocupación por un mundo que avanza por senderos cada vez más caóticos, impersonales y deshumanizados.
Esa visión se escucha en cada compás. "El llanto" no es un lamento derrotado, sino un llanto lúcido, un desahogo que reconoce la herida pero también la transforma. El violín se convierte en voz humana: frágil, quebrada a veces, pero profundamente honesta. El piano sostiene, acompaña, abraza. Hay momentos de desolación, sí, pero también destellos de esperanza, como si la música recordara que incluso en medio del caos persiste una chispa de belleza que merece ser salvada.

"El llanto", de Ernest Artal, un refugio en tiempos convulsos
Los medios, especialmente la televisión, parecen haber encontrado en el conflicto bélico de turno, la bronca diaria de los políticuchos y la corrupción un filón inagotable. La escaleta diaria se construye como si el país fuese un ring y la sociedad, un público hambriento de golpes. La violencia callejera, la delincuencia, los escándalos… todo ocupa un espacio desproporcionado, como si las buenas noticias hubieran sido desterradas por decreto. No es que no existan; es que no venden tanto. Y así, día tras día, el mensaje se repite: el mundo es un lugar peligroso, imprevisible, al borde del colapso.
La mente en guerra con el tiempo
Esa dieta informativa termina por pasarnos factura. La sensación de que el futuro es inestable, incierto y caótico se instala en el ánimo colectivo. Vivimos con el ceño fruncido, como si estuviéramos esperando el próximo sobresalto. La irritación se vuelve un estado natural, casi una postura defensiva ante un entorno que percibimos hostil. Y lo más preocupante es que esa percepción no siempre coincide con la realidad, sino con la versión amplificada que recibimos a diario.
El miedo al futuro no es un concepto abstracto: desgasta, erosiona, agota. Nos roba la serenidad necesaria para disfrutar de lo cotidiano. La mente, en lugar de descansar, se adelanta compulsivamente a escenarios que quizá nunca ocurran. Se convierte en una máquina de anticipar desgracias, y en ese ejercicio constante el presente deja de ser habitable. No estamos donde estamos; estamos donde tememos que estaremos.
Y así, casi sin darnos cuenta, el miedo se normaliza. Se convierte en la atmósfera en la que respiramos. Algunos logran gestionarlo, comprenderlo, ponerlo en su sitio. Otros quedan atrapados en él, como si el mundo —este mundo que ha vivido épocas peores y mejores— se hubiera dado la vuelta como un calcetín. Pero quizá no sea el mundo el que ha cambiado tanto, sino la forma en que lo miramos, la intensidad con la que nos lo cuentan, la velocidad con la que lo consumimos.
En un tiempo en el que la información nos llega en avalanchas, la verdadera resistencia consiste en recuperar el derecho a la calma, a la pausa...

Entre mi colección de barajas de cartas cuento con una que pone de relieve la vida y la memoria del Titanic, aquel coloso de la navegación transatlántica que el 10 de abril de 1912 emprendió su primer y último viaje.
Este palacio flotante fue como un desafío del hombre y la industria al mar, pero en la tranquila noche del 14 de abril colisionó con un iceberg y el océano quiso responder al orgullo humano para demostrar que el invencible era él.
La baraja exhibe 54 cartas, más dos jokers y una carta auxiliar con una breve reseña histórica del trasatlántico y referencias de algunos pasajeros. Cabe destacar un conjunto de fantásticas ilustraciones, imágenes y carteles que reflejan su construcción, salones lujosos, los rostros de quienes viajaron y tripularon el barco y los fragmentos de un mundo que se creyó eterno. Cada carta es una ventana a aquel viaje interrumpido, un recordatorio de la belleza y la fragilidad que conviven en toda gran historia humana.

