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10 abril 2026
Anatomía de una bala
05 abril 2026
Descifrando el Barroco (I)
Otros libros: Retales después de la tormenta, Triángulo escaleno y La compañía Batablanca.
REFERENCIAS
Ilustración generada con inteligencia artificial.
16 marzo 2026
La tiranía del interruptor
08 marzo 2026
Rebeca, una obra maestra
05 marzo 2026
El nombre que se borra
El frío no es una condición del aire, es un animal de dientes finos que devora la superficie de mi piel. Me incorporo con la lentitud de quien teme romperse. La verticalidad es una conquista dolorosa, mis manos, extensiones de un cuerpo que ha olvidado la firmeza, tantean la superficie rugosa en busca de un equilibrio precario. El suelo, una plancha de piedra gris y áspera, me devuelve la indiferencia del mundo mineral. No hay memoria de suavidad, solo la certeza del ángulo recto y la humedad que asciende desde las profundidades del asfalto.
El hambre es el otro habitante de mi soledad. No es un deseo, sino un hueco negro, una presencia física que muerde mis entrañas con la insistencia de un parásito. Mis costillas, peldaños de una escalera que no conduce a ninguna parte, se marcan bajo la superficie de mi cuerpo con cada respiración. Inhalar es un acto de valentía, el aire transporta partículas de óxido, el aliento acre de las máquinas que rugen en la distancia y el rastro rancio de los desperdicios ajenos.
El mundo es una geometría de dimensiones imposibles. Desde mi posición, la realidad se fragmenta en muros de hormigón que se pierden en las nubes, montañas de caucho negro que exhalan vapores tóxicos y pedestales metálicos que custodian banquetes inalcanzables. Existo en el ángulo muerto de la mirada ajena, allí donde las presencias se anuncian antes por su vibración que por su forma. Soy un recolector de impactos, descifro la proximidad del peligro a través de la onda que recorre el pavimento y sacude mis articulaciones, traduciendo cada temblor en una orden de retirada. La luz de la mañana no trae consuelo, es una claridad sucia, un resplandor que rebota en los charcos de aceite brillante, revelando la magnitud de mi desamparo.
25 febrero 2026
El último trayecto
Un sedán negro, con el brillo de una cuchilla recién afilada, emergió del vaho nocturno. No hubo chirrido de frenos, solo un deslizamiento
silencioso sobre el pavimento líquido. La puerta se abrió con un suspiro de vacío neumático.
Fabio se hundió en el asiento trasero. El habitáculo lo recibió con el abrazo de un guante de seda. El olor era extraño: no había rastro de los ambientadores de pino barato que suelen poblar esos cubículos. El aire olía a ozono, a biblioteca antigua y a la tierra mojada que precede a las
tormentas definitivas.
—A la zona alta. Calle Neptuno, cuarenta y cuatro —ordenó Fabio, sin despegar los ojos de su teléfono, cuya pantalla proyectaba un fulgor azulado sobre sus facciones
afiladas.
El motor inició su marcha. No era un rugido, sino un ronroneo profundo que vibraba en
la base del cráneo. El conductor era una silueta de hombros anchos, coronada por una
gorra que proyectaba una sombra impenetrable sobre el espejo retrovisor. Sus
dedos, largos y marmóreos, se posaban sobre el cuero del volante con una delicadeza
sacerdotal.
—Noche larga, ¿verdad? —La voz del taxista era un barítono aterciopelado que parecía emanar de las paredes del coche más que de su propia garganta.
Fabio soltó un bufido de autocomplacencia, guardando el teléfono en el bolsillo interior de su americana.
—Larga y lucrativa. He enterrado a dos competidores antes de la
medianoche. Mañana, sus acciones valdrán menos que el papel en el que están impresas.
—El éxito es un plato que se sirve frío, dicen —comentó el conductor, girando el volante con una parsimonia hipnótica—. Aunque el precio de la vajilla suele ser elevado. ¿Se siente usted satisfecho, señor...?
20 febrero 2026
El estruendo del vacío
Baja a la calle para comprar tabaco y el aire le devuelve una densidad de sudor rancio y escape de gasoil, una atmósfera donde los hombros de los transeúntes golpean los suyos en la acera estrecha sin que nadie pida perdón, mientras la mujer del quiosco habla por teléfono y le entrega el cambio con una desgana que se manifiesta en un zumbido nasal perceptible hasta en sus encías. Regresa a su portal, sube las escaleras impregnadas de un olor a col hervida que parece adherirse a las paredes y se encierra en su dormitorio, tumbándose en la cama con la almohada presionando sus oídos para registrar, como último estímulo, el estruendo de un avión que atraviesa el cielo nocturno y rasga la oscuridad con una violencia sónica definitiva.
18 febrero 2026
El gato del puerto

Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales.
Sus artículos en El Seis Doble | Su estela en este ateneo
04 febrero 2026
La escritora y su asesino
03 enero 2026
Marchitará la rosa el viento helado...
20 diciembre 2025
O te subes al carro o tendrás que empujarlo...
09 octubre 2025
¡Qué hipnóticos son los cohetes!
05 octubre 2025
Que yo no tengo la culpa
24 septiembre 2025
Las sirenas
16 septiembre 2025
Pérez-Reverte: "El Rey, la Guardia Civil y Leo Harlem es lo único en España que todavía tiene cierta seriedad"
Citas de Arturo Pérez-Reverte
31 agosto 2025
El suspiro agitado del mar
28 agosto 2025
Un día de vida...
22 agosto 2025
¡Buen viento y buena mar!
Matías conocía cada centímetro del
puerto de Marinabrava, era su segunda casa, ese día se sentó en la parte
superior ensanchada de un noray, ese bolardo fijado a los muelles que sirve
para amarrar barcos, negro y algo oxidado por el tiempo. Con parsimonia, asentó
con sus huesudos dedos el tabaco que prendió en una pipa de madera vieja, ya
ennegrecida tras las caladas de muchos años; el humo dibujaba en el aire círculos
que iban deformándose mientras ascendían. Aquel noray era su particular patio
de butacas desde el que tantas veces había sido espectador de, para él, uno de
los mayores espectáculos que se pueden ver: el desatraque de un barco mercante.
Acompañado por una gaviota
desconfiada que lo miraba reojo, Matías observaba, a lo lejos, los pasos
meticulosamente coordinados entre el puesto de mando del barco mercante y dos
remolcadores: uno en proa y otro en popa. Los remolcadores, diminutos ante el
gigante de mar, parecían insectos trabajando contra una fuerza mayor, y, sin
embargo, cada movimiento era una coreografía exacta que iba tirando del buque,
de origen chipriota, hacia la parte central del puerto, todo de manera muy
lenta, laboriosa, perfectamente planificada. Para él, ese momento era pura
emoción ver la partida de ese mercante, esa pequeña ciudad flotante en la que
se cumplían leyes marinas y se
respetaban jerarquías.
En la proa llegó a vislumbrar a dos de los tripulantes que se abrazaron para desearse —pensó— suerte en la ruta de varios días
que los iba a llevar a un lejano puerto. Matías imaginó esa travesía a la que
se hubiera apuntado sin dudarlo para volver a sentir las horas de sol, el
vaivén del casco, el rumor del mar...
El deseo de navegar todavía latía
en su interior, pero la vida le dejó en la otra orilla. Y, aun así, en ese
instante, se conformó acomodado en el noray con ver salir aquel barco que conforme
avanzaba hacia la mar abierta iba perdiendo tamaña hasta parecer un barquito de
juguete. Matías, para sus adentros, pensó aquello que tantos marineros anhelan:
buen viento y buena mar.
Ramón Alfil
Foto: Ramón Alfil - literaturaymar_adl
13 agosto 2025
Una silla vacía junto al mar
12 agosto 2025
Ítaca siempre nos brindará un hermoso viaje
Ítaca, poema de Konstantinos Kaváfis
















