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22 agosto 2026

El costo de la lucidez: entre la soledad intelectual y la soledad moral

“Estoy sólo en medio de estas voces velices y razonables. Todas estas criaturas pasan su tiempo explicando, comprendiendo felizmente que están de acuerdo entre ellas”. Jean-Paul Sartre (La náusea, 2011, p. 24)

Existe una forma silenciosa de extrañamiento que no nace del abandono ni del aislamiento físico, sino de una inadecuación tonal. Aparece a menudo en medio de la abundancia afectiva, en la mesa compartida con seres amados, inteligentes y bienintencionados, cuya generosidad humana resulta innegable. Sin embargo, en el instante preciso en que el espíritu intenta volcar aquello que ha madurado a lo largo de años de contemplación, lecturas o grietas existenciales, la palabra cae en una superficie blanda que absorbe el impacto sin devolver resonancia. Nadie rechaza la enunciación; sencillamente falta el tejido simbólico para sostenerla. Distinta de la marginación social y ajena a la carencia afectiva, la soledad intelectual se nos presenta como una grieta invisible que se abre cuando el nivel de conciencia y la elaboración subjetiva de un individuo desbordan el horizonte de interpretación de su entorno inmediato.

Frente a esta distancia insular, resulta casi inevitable tropezar con una trampa psicológica que suele ser devastadora: transformar la falta de sintonía en un defecto personal. Dado que las personas queridas poseen lucidez, bondad y el deseo sincero de acompañar, la mente concluye apresuradamente que el desacople responde a una incapacidad propia para amar o vincularse. Así, se germina una mezcla turbia de culpa, vergüenza y frustración. Por temor a sonar arrogante, o por el pánico soterrado a que esa brecha sea la prueba de una rareza patológica, el sujeto opta por amputar su propio discurso y forma de vida. Al respecto, Donald Winnicott (1993, p. 183) conceptualizó con precisión la respuesta defensiva ante esta exigencia de adaptación al señalar que “sólo el sí-mismo verdadero el True Self— puede ser creativo y sólo el sí-mismo verdadero puede sentirse real”, añadiendo que la construcción de un “falso sí-mismo” (False-Self) responde a la necesidad de proteger la intimidad frente a un medio que no puede alojarla. Apagar la voz singular para no incomodar al grupo constituye una maniobra de supervivencia afectiva, aunque esa diplomacia forzada termine funcionando como una lenta sofocación del deseo.

18 agosto 2026

Juan Tamariz... Magia desde el corazón

Hoy ha muerto Juan Tamariz. Y no es ningún truco o broma a la que nos tenía acostumbrados él. Se ha ido el mago, pero se queda la sonrisa. Gracias por una vida entera de asombro, de humor limpio y de alegría contagiosa. Hoy el mundo está un poco más vacío… pero seguro que ya está en algún lugar con se peculiar gesto de tocar un violín al grito de "chaaaan, tachaaaan, tatatachaaaan"...

Juan Tamariz... Magia desde el corazón

Entre mi colección de barajas de cartas figura una dedicada a Juan Tamariz: Magia desde el corazón. 

En el estuche y dorsos de los naipes destacan como elementos de diseño el color morado —el preferido por Tamariz—, un sombrero de copa, la música, arañas con sus telarañas, palos de la baraja suspendidos en el aire, el clásico violín y su firma en tipografía manuscrita.  

Entre los naipes, destaca particularmente un as de picas personalizado con la silueta del propio Tamariz, así como una jota de corazones —su carta favorita— con su cara. 

En su honor, en un día tan señalado como hoy, saco de la estantería esta baraja de edición limitads como agradecimiento por enseñarme a ver la magia con ojos de niño.

Ramón Alfil 

Descripción ampliada de la baraja 

Juan Carlos Ruiz y su hija Ainhoa, amigos y colaboradores de este blog, regentan el Museo del Naipe en Oropesa del Mar (Castellón). Nadie mejor que ellos para dar una descripción ampliada de esta baraja para coleccionistas. Y lo hacen desde su pagina web naipecoleccion.com


REFERENCIAS

Fotos: Ramón Alfil. 

Colaboración: Museo del Naipe y naipecoleccion.

10 agosto 2026

España flota a pesar de la política, no gracias a ella

Hay días en que uno mira el país y tiene la sensación de que navega por pura inercia, como esos barcos que avanzan aunque el capitán esté más pendiente de las gaviotas que del timón. España, sus comunidades autónomas y sus municipios parecen sostenerse gracias a una fuerza silenciosa, una especie de gravedad moral que evita que todo se venga abajo. Y esa fuerza, aunque nadie la mencione en los mítines ni en las tertulias, tiene nombre: los tanques de lastre.

En los barcos, los tanques de lastre no son un adorno ni un capricho técnico, son el peso que mantiene la estabilidad, el contrapeso que impide que una mala maniobra acabe en tragedia. No se ven, pero sin ellos cualquier oleaje tumbaría la nave.

En la política ocurre lo mismo. Mientras arriba se suceden los discursos vacíos y encendidos, la corrupción, el nepotismo convertido en rutina, la falta de talento y la inacción, abajo trabajan quienes sostienen la estructura. Técnicos, funcionarios de carrera, profesionales que conocen el oficio y que, sin hacer ruido, corrigen lo que otros estropean, equilibran lo que otros desequilibran y mantienen en pie lo que otros ponen en riesgo. Son los tanques de lastre de la democracia, el peso que impide que la incompetencia política acabe en naufragio. Son la resistencia natural contra la ineptitud y la improvisación. Son el recordatorio de que gobernar no es un acto de inspiración, sino de responsabilidad.

La sociedad se hunde cuando se vacían esos tanques, cuando los puestos se reparten por afinidad y no por mérito, cuando se promociona al servil y se margina al competente. El barco pierde estabilidad no porque falten recursos, sino porque falta peso profesional; falta ese lastre que evita que el país se incline hacia el lado de la propaganda barata, del ruido y del “y tú más”.

España flota, sí; pero flota a pesar de la política, no gracias a ella. Flota porque aún quedan técnicos que sostienen hospitales, juzgados, ayuntamientos, carreteras, escuelas, servicios sociales... Flota porque hay quien mantiene el equilibrio mientras arriba se discute quién tiene la culpa del oleaje.

La meritocracia no es una palabra bonita para discursos institucionales, es el mecanismo que mantiene el barco derecho. Cuando se desprecia o se sustituye por la fidelidad partidista, el barco empieza a escorarse. Y si se sigue vaciando el lastre, llegará un día en que ya no habrá forma de enderezarlo.

Quizá la metáfora de los tanques de lastre sirva para recordar algo sencillo: un país no se sostiene por quienes hablan más alto, sino por quienes trabajan mejor. Y si la política no recupera el respeto por el mérito, el conocimiento y la responsabilidad, el barco acabará boca abajo; no por una tormenta, sino por la ligereza de quienes creen que gobernar es solo cuestión de voluntad.


Ramón Alfil

Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
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REFERENCIAS

Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

31 julio 2026

Sombrillas anodinas

¿Y si este verano intentamos vivir?


El otro día andaba suelto por el paseo marítimo y me dio por fijarme en los habitantes de las sombrillas. Había gente de todo tipo y claro, uno empieza a pensar en cómo serán sus vidas, qué harán en su estado normal, si tendrán familia, si habrán hipotecado un riñón para estar ahí, asándose al sol o refugiados bajo la escasa sombra de esos parasoles nuevecitos a estrenar, no vaya a ser que pensemos que no les da para mucho. Porque, oye, en eso de las sombrillas también hay mucho postureo, las modas cambian y mucho. Si el año pasado se llevaban topos, este año rayas.. y así como todo. Parece mentira pero las sombrillas dicen mucho de los que las usan. Cuando llegas a la playa reduces todo tu mundo a lo que cabe bajo la sombra de ese paraguas gigante, hay quien es un verdadero experto, hay quien enseña todas sus posesiones en dos metros cuadrados en un alarde exhibicionista de poderío y otros, recatados, que plantan el mástil y no llegan ni a abrirlas, algún experto podría escribir un tratado al respecto, ahí lo dejo. Menos mal que de vez en cuando ves una sobrilla con solera que te recuerda donde estás, ayer me encontré una de una marca de helados que hace unos veinte años que desapareció. Me dieron ganas de bajar a la playa, aplaudir a su usuario y postrarme en dos. Ya te digo, toda una declaración de intenciones en mitad de un mar de sombrillas y toallas anodinas.

11 junio 2026

La vitalidad del libro en papel frente a las pantallas

Catedrático de Historia contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Pedro Rújula (Alcañiz, 1965) se ha especializado en los fenómenos políticos, sociales y culturales en los orígenes del mundo contemporáneo. Estos temas no solo han centrado sus investigaciones, sino que le han llevado a escribir libros como Contrarrevolución (1820-1840) o El Trienio liberal. Revolución e independencia, 1820-1823. También ha participado en primera persona en el mundo editorial y entre 2010 y 2025 fue director de la editorial Prensas de la Universidad de Zaragoza. En Manifiesto Zombi. El poder del libro (Editorial CSIC, 2026) combina ese interés por la historia y el mundo del libro. El texto reflexiona sobre si en ese futuro que algunos visualizan como digital y en la nube tiene cabida el libro en papel, e invoca a quienes el autor denomina ‘zombis’, es decir, las personas que desean seguir disfrutando de los beneficios y los placeres de la cultura del libro y están convencidos de que los libros impresos tienen futuro. Conversamos con él a propósito de esta nueva publicación, editada en acceso abierto por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
CSIC Cultura Científica


El Consejo Superior de Investigaciones Científicas, previo acuerdo y autorización, es una fuente directa de "El Ateneo de los Amigos de Larra". Desde el blog, damos a su información de utilidad pública la difusión que merece.

08 junio 2026

Analizando “Magnifica humanitas”, la primera encíclica de León XIV

«No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos» (Tolkien, 1954/1993, p. 55).

No es ninguna novedad indicar que habitamos una época deslumbrada por el fulgor del silicio y atravesada por un tiempo donde la conciencia humana parece dispuesta a abdicar de su trono para entregarlo a la fría precisión de las máquinas. ¿No siente usted, querido lector, el sutil deslizamiento de nuestra propia autonomía en cada pantalla que acaricia con resignación? Frente a esta claudicación silenciosa irrumpe la publicación de la encíclica “Magnifica humanitas” del Papa León XIV, un texto que supera las expectativas de un simple documento pastoral, proponiéndonos un auténtico giro ontológico.

El pontífice nos arrincona contra un dilema que debería desgarrar nuestra complacencia posmoderna al obligarnos a elegir entre dos destinos históricos excluyentes. Como advierte solemnemente el inicio de su carta, “la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” (León XIV, 2026, párr. 1). El presente que transitamos juntos está enfermo de certezas artificiales e intoxicado por flujos de datos inabarcables, por lo que en este letargo la tarea de la filosofía debe ser un martillo que quiebre el espejo de nuestra propia vanidad (y pereza) tecnológica.

Ahora bien, sondear las profundidades de este replanteamiento ético exige apartar la mirada de la ingenua fascinación que nos provoca la IA y retornar a la raíz material de nuestra condición. La filosofía contemporánea nos viene avisando sobre los peligros de esta deslocalización existencial, sobre todo a partir de Byung-Chul Han, quien en su obra “No cosas: quiebres del mundo de hoy” nos dice que “la digitalización desmaterializa y descorporeiza el mundo” (Han, 2021, p. 13), arrancándonos de la gravedad de la tierra para arrojarnos a un océano de información donde el dolor ajeno se vuelve prácticamente imperceptible.

07 junio 2026

La botella de Pepsi en manos de Marcos de Quinto, presidente de Coca‑Cola: una lección magistral de marketing inverso

En abril de 2010, durante el evento Hoy es Marketing organizado por ESIC Business & Marketing School, Marcos de Quinto —entonces presidente de Coca‑Cola Iberia— protagonizó uno de los gestos más comentados del marketing español contemporáneo: subió al escenario sosteniendo una botella de Pepsi. No era un error. No era una provocación gratuita. Era una clase magistral de estrategia en un  auditorio lleno de profesionales del marketing.

En una conferencia de 42 minutos, Marcos de Quinto dejó boquiabiertos y desconcertados a todos los asistentes cuando en el minuto 16 sacó de debajo del podio una botella de Pepsi Cola y la mantuvo en la mano mientras desarrollaba la ponencia con total naturalidad. Un minuto después quitó el tapón; pasados unos instantes, se la acercó a los labios simulando que iba a beber, pero no la probó. Repitió la acción de beber un minuto antes del final, pero no probó sorbo. 

Ese gesto valiente funcionó como ejemplo de marketing inverso: hablar del competidor para reforzar tu propia marca. Así mismo, condensaba una idea poderosa: “La competencia no es el enemigo: es el motor que mantiene viva la categoría”. Demostró mucha seguridad, solo una marca fuerte puede permitirse el lujo de mostrar a su rival. 

Que el presidente de Coca‑Cola sostuviera una Pepsi rompió el guion; al sacarla dejó a la audiencia en un silencio total; de haber una mosca en el ambiente se hubiera oído el zumbido agudo que emite al volar.

Marcos de Quinto no habló de Coca‑Cola, habló de cómo se construye una marca líder. Y lo hizo usando a Pepsi como herramienta pedagógica. Genio y figura...



Ramón Alfil
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21 mayo 2026

No, no todas las opiniones son respetables

Nuestra cultura ha entronizado un principio que me parece letal: “Todas las opiniones son respetables”. Es una solemne estupidez. Las personas son respetables, pero las opiniones deben ganarse el respeto a través de las pruebas, de las razones, de la veracidad o de su utilidad» (Marina, 2004, p. 112).

Lamentablemente, nos hemos habituado a caminar sobre un suelo de vidrio, temerosos de que el sonido de una contradicción quiebre la frágil paz de la convivencia posmoderna. Existe un virus silencioso, una suerte de patología de la inteligencia, que se ha infiltrado en nuestras aulas, en nuestras tertulias y en el núcleo mismo de nuestra vida política. Se trata de la creencia de que todas las opiniones, por el solo hecho de ser enunciadas, gozan de una aureola de respetabilidad sagrada. Esta idea, bajo un disfraz de tolerancia parece proteger la democracia, pero, en realidad, es su mayor enemigo. Cuando afirmamos que todas las opiniones valen lo mismo, estamos decretando, en la práctica, que todas valen nada.

¿Desde cuándo el derecho a tener una creencia otorga a dicha creencia una inmunidad diplomática frente a la verdad? Es fundamental que nos detengamos a diseccionar esta confusión terminológica que hoy parece la norma. La libertad de expresión y la libertad de culto son derechos inalienables que protegen a los individuos, es decir, al sujeto de derecho, pero jamás al contenido semántico de lo que ese sujeto expresa. Un ciudadano tiene el derecho legal de afirmar que la Tierra es plana o que el odio al diferente es una virtud, y el Estado no debería encarcelarlo por ello. Sin embargo, ese mismo derecho no obliga a la sociedad ni a la academia a otorgar a tales despropósitos un lugar en la mesa de la racionalidad. Al confundir el respeto a la persona con el respeto a su opinión, estamos desarmando nuestra capacidad de juicio y entregando las llaves del bien común a la arbitrariedad más absoluta.

03 abril 2026

Noelia y la fragilidad ética de la eutanasia

No se trata de un derecho a la muerte, sino de un derecho 
a la propia vida, de la cual la muerte es el acto final
Ronald Dworkin, El dominio de la vida 

La muerte de Noelia Castillo va más allá de la simple aplicación de un protocolo administrativo o el desenlace de una batalla judicial de 601 días. Se trata de un caso que nos muestra un espejo incómodo donde las democracias decadentes posmodernas ven reflejadas sus propias fisuras éticas. Al examinar el periplo de la protagonista de esta historia, nos enfrentamos a la reunión conflictiva entre la autonomía individual, el sufrimiento crónico y la responsabilidad del Estado como garante de una vida digna. Lejos de arribar a consignas simplistas, este episodio nos obliga a transitar por la delgada línea que separa el respeto por la voluntad individual de la negligencia social disfrazada de libertad.

Desde la perspectiva filosófica moral, la autonomía no puede entenderse como un concepto atómico o aislado. En su “Fundamentación para una metafísica de las costumbres”, Kant sostiene que la autonomía de la voluntad es “el único principio de todas las leyes morales y de los deberes que les corresponden” (2012, p. 114). Sin embargo, en el caso de Noelia, esta autonomía se vio asediada por un contexto de violencia previa y una lesión medular irreversible que transformó su existencia en lo que ella misma describió como un calvario insoportable.

Aquí, surge la primera gran tensión: ¿es la decisión de morir un acto de libertad pura o el síntoma de una red de cuidados que llegó demasiado tarde? No se trata de caer en la falacia de reducir toda petición de eutanasia a un fracaso estatal, pero tampoco de ignorar que, para que el sujeto sea verdaderamente dueño de su destino, la sociedad debe haber agotado previamente las alternativas de alivio y acompañamiento.

Resulta imperativo, entonces, reflexionar sobre la paradoja de un Estado que se muestra eficiente en la gestión de la muerte tras haber sido completamente negligente en la custodia de la vida. Noelia llegó a la instancia de la eutanasia tras haber sobrevivido a violencias que el sistema no pudo prevenir ni reparar a tiempo. Esta “autonomía” final aparece, entonces, teñida por una sombra evidente de abandono previo. Hannah Arendt, en “Responsabilidad y juicio”, nos advierte que la responsabilidad política implica no sólo lo que hacemos, sino aquello que permitimos que ocurra por omisión en el tejido de la comunidad (2007).

01 abril 2026

La dignidad del fango

Ya que parece que lo del lodo está de moda entre los que no lo conocen y que se lleva lo del fango entre los que jamás han salido de las moquetas. Los mismitos que no saben que es el barro de los cultivos de arroz o el “tarquim” de las acequias. Ellos que jamás se han ensuciado los zapatos hasta las rodillas son los que nos quieren explicar a nosotros, los que en mayor o menor medida vivimos del terruño o los que venimos de ver como nuestros padres y abuelos venían pues eso, del fango para intentar que las matas saliesen adelante. Por cierto, estos días en mi tierra el paisaje está cambiando, los campos están inundándose del agua que ha de hacer el fango, el fango necesario para plantar el arroz y un año más intentar sacar de eso, justamente de eso, del fango una buena cosecha. Si, resulta irónico que ellos ahora nos hablen del fango; No, señores míos, el fango no es en lo que andan ustedes sumergidos, el fango es noble al lado del ambiente putrefacto y asqueroso que invade de un tiempo a esta parte todo en el mundo de la cosa pública.

Pero un día de esto saldremos de esta ciénaga que han creado, dejaremos atrás la crispación y la confrontación entre bloques que a veces me parecen artificiales, como creadas para mantenernos entretenidos y otros como el fruto de la degradación de la clase política, una degradación paulatina que, mira tu por donde, se ha acelerado con la llegada del cerrilismo y sus ideas de “todo vale” que nos tomamos por algo pintoresco pero que no son nuevas. Lo de la esposa del presidente ya lo hemos vivido en Valencia, aquí asesinaron políticamente a la vicepresidenta de la Generalitat para conseguir el poder, les salió bien, pero no, el resto no nos hizo caso. Ha hecho falta que al Presidente del Gobierno le hayan “hecho pupa” para que se den cuenta de que esta gente no respeta nada y sacuden donde duele. Repetirán la operación una y otra vez, no lo dudes. Hasta que les salga bien.

10 marzo 2026

El rugido de la vulgaridad como liturgia del poder

“La verdad no teme al diálogo; quien la practica no necesita el insulto para sostenerse” (Cortina, A., 1994, Ética mínima: para la vida cotidiana, p. 27).

La política posmoderna exhibe en nuestros días un fenómeno cuyo significado histórico exige una disección rigurosa, extensa y crítica: la conversión de la comunicación pública en un espectáculo sistemático de la ofensa. No se trata de un exabrupto accidental, un rasgo de personalidad o una simple falta de decoro, sino que esta transformación revela una mutación ontológica en la conducción del Estado y en la percepción de las instituciones públicas. Al sustituir el argumento por la injuria y el debate por la descalificación procaz, se ha instaurado una práctica política que instrumentaliza la vulgaridad como una técnica deliberada de dominación. Este recurso tampoco es azaroso, sino que responde a las demandas de una sociedad totalmente rota que, en su hastío institucional y fatiga democrática, ha dejado de valorar la sensatez para premiar la contestación reactiva. El espacio de lo común se convierte así en un territorio de guerra simbólica donde la verdad es el primer sacrificio en el altar de una eficacia política medida en términos de impacto emocional y mediático.

Observamos la materialización de este diagnóstico en la apertura del 144| período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación Argentina, un evento que funcionó como el escenario predilecto para la exhibición de esta nueva liturgia. Allí, la palabra presidencial no buscó la articulación de un proyecto colectivo ni la convocatoria a la unidad nacional, sino la demolición moral y existencial de un adversario que está bastante flojo de papeles. Al calificar a los representantes legislativos y gobernadores como “ladrones”, “estafadores”, “asesinos” o “golpistas”, y referirse al propio recinto parlamentario como un “nido de ratas”, el orador desplaza la política desde la administración de la complejidad hacia la estética de la crueldad rentable en términos de márketing político. En este escenario, la vulgaridad funciona como un activo político de alta rentabilidad porque en un tejido social fragmentado por el resentimiento y la anomia, el insulto es decodificado- falsamente- como un signo de “coraje”, “transparencia” y “autenticidad”. Se valora la capacidad de infligir daño simbólico al “otro” por sobre la solvencia para gestionar la cosa pública, transformando la violencia retórica en el único combustible de una legitimidad que ya no se construye mediante el consenso deliberativo, sino a través del show de la degradación institucional.

03 marzo 2026

Nuestro mundo se da la vuelta como un calcetín

La tensión entre Irán y Estados Unidos nos lleva a los que simplemente queremos vivir en paz y tranquilos a un estado emocional y a una constante irritabilidad. Los que manejan los hilos de las marionetas siguen escribiendo capítulos de desconfianza, sanciones, amenazas veladas y episodios de violencia que, cada cierto tiempo, vuelven a encenderse como brasas mal apagadas. Es un conflicto que mezcla geopolítica, intereses energéticos, orgullo nacional y heridas históricas que nunca terminaron de cerrarse. Y, sin embargo, para la mayoría de nosotros, ese pulso lejano llega filtrado por pantallas que lo convierten en un espectáculo continuo de alarma.

La televisión convierte el mundo
 en un incendio permanente 

Los medios, especialmente la televisión, parecen haber encontrado en el conflicto bélico de turno, la bronca diaria de los políticuchos y la corrupción un filón inagotable. La escaleta diaria se construye como si el país fuese un ring y la sociedad, un público hambriento de golpes. La violencia callejera, la delincuencia, los escándalos… todo ocupa un espacio desproporcionado, como si las buenas noticias hubieran sido desterradas por decreto. No es que no existan; es que no venden tanto. Y así, día tras día, el mensaje se repite: el mundo es un lugar peligroso, imprevisible, al borde del colapso.

La mente en guerra con el tiempo

Esa dieta informativa termina por pasarnos factura. La sensación de que el futuro es inestable, incierto y caótico se instala en el ánimo colectivo. Vivimos con el ceño fruncido, como si estuviéramos esperando el próximo sobresalto. La irritación se vuelve un estado natural, casi una postura defensiva ante un entorno que percibimos hostil. Y lo más preocupante es que esa percepción no siempre coincide con la realidad, sino con la versión amplificada que recibimos a diario.

El desgaste emocional de vivir en alerta

El miedo al futuro no es un concepto abstracto: desgasta, erosiona, agota. Nos roba la serenidad necesaria para disfrutar de lo cotidiano. La mente, en lugar de descansar, se adelanta compulsivamente a escenarios que quizá nunca ocurran. Se convierte en una máquina de anticipar desgracias, y en ese ejercicio constante el presente deja de ser habitable. No estamos donde estamos; estamos donde tememos que estaremos.

Y así, casi sin darnos cuenta, el miedo se normaliza. Se convierte en la atmósfera en la que respiramos. Algunos logran gestionarlo, comprenderlo, ponerlo en su sitio. Otros quedan atrapados en él, como si el mundo —este mundo que ha vivido épocas peores y mejores— se hubiera dado la vuelta como un calcetín. Pero quizá no sea el mundo el que ha cambiado tanto, sino la forma en que lo miramos, la intensidad con la que nos lo cuentan, la velocidad con la que lo consumimos.

En un tiempo en el que la información nos llega en avalanchas, la verdadera resistencia consiste en recuperar el derecho a la calma, a la pausa...


Ramón Alfil
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REFERENCIAS

Fotografía: meineresterampe / Pixabay / Libre de derechos 

23 febrero 2026

La depresión como encrucijada existencial

“La lucha misma hacia las cumbres basta para llenar un corazón.
Hay que imaginarse a Sísifo feliz”. | Camus, 1955/1942, p. 78

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre la depresión, un fenómeno que no se agota en un diagnóstico clínico ni se limita a la simple suma de neurotransmisores. De hecho, se alza como un problema filosófico que fuerza a repensar la relación intrínseca entre sentido, libertad e identidad. Cuando la vida parece vaciarse de contenido, es decir, cuando el mundo circundante muestra su silencio ante nuestras demandas de coherencia, surge la pregunta por el sentido que ha atravesado toda la reflexión existencialista.

El pensador Albert Camus interrogó frontalmente la condición humana frente al absurdo, señalando que la conciencia de ese choque brutal entre nuestra sed innata de significado y la indiferencia cósmica no debe conducir, sin más, a la rendición. Desde su perspectiva en “El mito de Sísifo”, el absurdo es la consecuencia de un encuentro: “el absurdo nace de esta confrontación entre la llamada humana y el silencio irracional del mundo” (Camus, 1955/1942, p. 30). Si optamos por entender la depresión como una respuesta radical a la experiencia de lo absurdo, encontramos en ella, paradójicamente, una lucidez cargada de dolor, que es el reconocimiento íntimo que los marcos habituales de sentido han colapsado.

Aquella dolorosa lucidez abre, sin embargo, caminos interpretativos notoriamente divergentes. Desde la perspectiva sarteana, la libertad humana se entiende como absoluta y radical, y la consecuente angustia no es otra cosa que la revelación de la nada que subyace a toda elección. Por consiguiente, la depresión podría interpretarse como una forma externa de esa angustia, manifestándose cuando la posibilidad de acción se torna insoportable y la libertad misma se experimenta como una carga sin horizonte. Jean-Paul Sartre sostuvo categóricamente que “el hombre está condenado a ser libre” (Sartre, 2018/1943, p. 627), y que la depresión expone el coste concreto de esta condena: la parálisis de la decisión y la imposibilidad de proyectarse hacia futuros que antes insuflaban motivo a la acción.

13 febrero 2026

Derecho a sentirse ploff

Todos tenemos días “de esos” en los que el mundo se nos cae encima y no hay muchas ganas de juerga aunque venga el de siempre diciendo que te has de pintar una sonrisa, alegrar esa cara y salir. Por mucho que te digan que no, ES NORMAL, no has de sentirte culpable por ello, no tienes porque esconderte y más en la sociedad en la que vivimos ahora en la que sólo parece que existan malas noticias porque las buenas son escondidas debajo de la alfombra porque «no venden». No nos lo ponen fácil eso de vivir despreocupados a no ser que tengas una piedra por corazón, es normal sentir desasosiego, no lo niegues. Pero la cosa se tuerce cuando a ese día le sucede otro… y otro… y otro. Todo se vuelve gris, no hay ganas de ver a nadie, te sientes cómodo en tu soledad . Empiezas a caer en una espiral sin fin hasta que crees que has tocado fondo pero, Oh sorpresa! Debajo de ese fondo había otro fondo.
Ya nada te parece divertido ya no hay ganas de nada, ya no hay ganas de nadie y que te vengan diciendo aquello de “venga, no pasa nada, sonríe y adelante” no ayuda en nada. Más bien lo contrario, jode, y jode mucho porque en realidad te parece que te digan que hay que esconder tus sentimientos, que has de aparentar la felicidad esa que parece que nos impone la sociedad. Que si te encuentras triste y sin sonrisa Profidén parece que estorbes. Parece que no debemos mostrar que necesitamos ayuda, que eres vulnerable. Es como si alguien tuviese un resfriado y le dijeses “No estornudes, no vayan a pensar que estás resfriado”.

07 enero 2026

¡Feliz 7 de enero!

Celebro muy pocas fechas al año porque huyo de los tópicos impuestos. Festejo el día que yo quiero y soy feliz cuando me place o cuando hay motivo de serlo, no cuando lo imponga el calendario social.
Hoy es 7 de enero, se acabó el suplicio de la Navidad, una época que sirve para muchos de cómodo refugio para el fingimiento, un recoveco del año en el que se nos vende felicidad sin ton ni son, a diestro y siniestro…
Reconozco que soy un fallo del sistema y admito que me comparen con una vaca a cuadros o con un perro azul pero, entre otros, también esperaban el 7 de enero los que sufren un duelo reciente, los ancianos que viven solos, los que abren la nevera y solo ven dos yogures de marca blanca y medio limón enmohecido, los que viven en la calle, los que luchan contra un cáncer, los que viven a oscuras porque les han cortado la luz, los que sufren poca salud mental… A ellos, como a mí, también les han martilleado con el mensaje de ser felices.
Dichoso 7 de enero porque vienes a romper en añicos el estereotipo de la Navidad. Empieza el año ordinario, el de verdad.
Ramón Alfil 

Imagen: Mohamed Hassan | Pixabay | Libre de derechos

03 enero 2026

Marchitará la rosa el viento helado...

Cuando uno entra por edad en lo mejor de lo peor y repasa esas fotos antiguas guardadas en aquellos álbumes de hojas con fundas plastificadas y en cajas de zapatos le sobreviene, necesariamente, una hemorragia de melancolía. Ve en él mismo y en los suyos, así como en amigos y conocidos que aquella juventud y belleza ha sido desgastada por el tiempo.
La decadencia es inevitable con el paso de los años, es una realidad sobre la condición humana. ¿El antídoto? El conformismo y la resignación.
Esta reflexión me llega después de leer el Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega (1491-1503), un precioso poema con una estructura perfecta al que, a pesar de tener una característica ideología renacentista, podría haber puesto música Joaquín Sabina, ya que hay mensajes universales que no cambian con el paso de los siglos.
Ramón Alfil 

SONETO XXIII

En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena; 

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.


Foto: Serenity Art | Pixabay | Libre de derechos 

15 diciembre 2025

El poder no te cambia, sólo muestra quién eres

Lord Acton
La reflexión sobre el poder como fuerza de desinhibición, más que corruptora, tiene sus cimientos en la filosofía clásica. La interrogación sobre la naturaleza de la justicia, a menudo instrumentalizada por sus beneficios externos, encuentra en el ejercicio del dominio una prueba de fuego para la verdad del carácter. Platón, en su diálogo fundamental “La República”, no lega el ineludible mito del anillo de Giges, precisamente para dirimir esta aporía. El argumento es tan sencillo como demoledor: la invisibilidad que confiere el anillo no inocula un vicio nuevo, sino que suprime la única contención que mantenía a raya una voluntad ya inclinada hacia el exceso. El poder, en esta lectura, no es un factor de cambio, sino el disolvente de los frenos sociales que ocultan una verdad moral latente.

Tal como se examina en el Libro II, el propósito de la fábula es interrogar la relación intrínseca entre el poder y la moralidad, demostrando que la posibilidad de obrar sin ser descubierto sirve de prueba, no de transformación. Aquello que emerge ante la ausencia de visibilidad social no es una nueva disposición moral, sino la manifestación irrefrenable de una “inclinación” que las leyes y el escrutinio público mantenían contenida (Platón, La República, libro II, ed. 2010, pp. 48–54). El poder, en este sentido prístino, no engendra un nuevo carácter, sino que despliega la verdad ontológica del sujeto.

Por su parte, Aristóteles, en una clave complementaria, ofrece una exégesis que enlaza el poder con la ética del hábito. Para el estagirita, la virtud no es un mero estado interior o un conocimiento teórico, sino una disposición estabilizada que se confirma y se verifica en la práctica libre y reiterada. Como afirma en su “Ética a Nicómaco”, “la virtud moral es un hábito electivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquello que decidiría el hombre prudente” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro II, ed. 2009, p. 35). Desde esta perspectiva, el poder deviene en el escenario que posibilita la expresión sin el obstáculo de las disposiciones ya asentadas: si el ejercicio del dominio propicia la justicia y la templanza, es la virtud cultivada la que se manifiesta. Si, por el contrario, exacerba la crueldad, es la latencia del vicio la que se actualiza. El poder sólo proporciona la amplitud de la acción, y en estos casos de mediocres, el juicio y el hábito ya estaban fraguados de antemano.

10 diciembre 2025

Sabina hizo llorar a Krahe y Serrat

En el recién caducado año 2025 se han quitado la coleta dos puristas: Joaquín Sabina y Morante de la Puebla, cada uno en su ámbito artístico. Y digo "se han quitado" y no "se han cortado" porque deseo volver a ver al torero en los ruedos y al poeta cantautor, al menos, grabando un nuevo disco.

Madrid, su habitat natural; el Atleti, su manera de sufrir; el desamor; la bohemia; la nostalgia o alguna pincelada taurina, entre otras, han sido materias presentes en sus canciones. De esta última, cabe destacar la que para el inconformista músico es su mejor canción, "De Purísima y Oro".

Joaquín Sabina destaca este tema sobre cientos que compuso o cantó porque su carga emotiva hizo llorar, sentimiento que rara vez expresaron en público, a dos grandes letristas y amigos: Javier Krahe y Joan Manuel Serrat.

"De Purísima y Oro" conlleva belleza, melancolía y la amargura de una sociedad que vivía una época de posguerra plagada de dificultades, hambre y restricciones. Entre sus fragmentos saca a relucir a una figura simbólica de los 40, Manolete, más que como torero, como icono de las secuelas de una guerra "incivil".

Niño, sube a la suite dos anisettes
Que hoy, vamos a perder los alamares
De purísima y oro, Manolete
Cuadra al toro, en la plaza de Linares
Ramón Alfil 






01 octubre 2025

¿Qué sentido tiene elogiar a los imbéciles?

“El sistema necesita a los tontos más que a los críticos”
Pino Aprile

La reflexión sobre el declive de la inteligencia en la sociedad contemporánea no es un tema novedoso, pero adquiere una urgencia particular cuando se analiza desde la perspectiva de sus causas más fundamentales. Antes de adentrarnos en las provocadoras tesis de Pino Aprile, resulta pertinente trazar un marco conceptual a partir de un análisis que aborda este problema desde dos ángulos interrelacionados: la crianza y la convivencia social. Como he planteado en mis artículos titulados “Ame a sus hijos, no críe imbéciles” y “¿Y si dejamos de ser tolerantes con los imbéciles?, la estupidización es un fenómeno que se gesta tanto en el ámbito íntimo de la familia como en la esfera pública.

En primer lugar, la crianza que prioriza la comodidad y el hedonismo por encima del esfuerzo y la resiliencia mental produce, de manera inadvertida, individuos con un pensamiento atrofiado. A su vez, esta complacencia individual que se ve reforzada por una tolerancia social que, al confundir la cortesía con la indiferencia hacia la mediocridad, legitima la imbecilidad y la convierte en un valor funcional. Los precitados artículos sirven, por lo tanto, como un punto de partida para comprender cómo la imbecilidad ha pasado de ser un defecto a una cualidad premiada, allanando el camino para el análisis particular de la obra de Aprile y otros tantos que vienen advirtiendo, hace siglos, que en materia de inteligencia, estamos yendo hacia atrás.

La inteligencia, esa chispa sagrada que permitió al Homo Sapiens ascender en la escala evolutiva y a dominar casi por completo su entorno, parece hoy, paradójicamente, una carga innecesaria para el intrincado engranaje de la sociedad postmoderna. Hoy los quiero invitar a leer una provocadora tesis de Pino Aprile en su obra titulada Elogio del imbécil nos confronta con una incómoda verdad: la estupidez, lejos de ser un defecto vergonzoso, se ha convertido en una ventaja adaptativa, una cualidad premiada y replicada en la jerarquía social. Esta inversión perversa de los valores no es accidental, sino que forma parte del resultado de un proceso de domesticación intelectual, una suerte de “eutanasia de la razón” consentida.

07 septiembre 2025

La infame clase política que nos está rigiendo y que nos ha regido es una cruz que cuesta mucho llevar

"Pedro Sánchez fue concejal en el Ayuntamiento de Madrid con un programa que incluía medidas contra la prostitución, mientras su mujer, Begoña Gómez, gestionaba locales en los que se ejercía"
según ha informado hoy El Español.
El circo político en nuestro país es un manantial de indignación, raro es el día en el que los ciudadanos no se irritan, es una consecución de escándalos y de indecencias de todo tipo.
Aún es reciente un artículo que escribí en el que manifestaba que "ESTAMOS HARTOS" porque la falta de honestidad está aferrada en el panorama político español.
Como decía, los casos Ábalos, Koldo, Santos Cerdán, Begoña Gómez, David Sánchez, Cristóbal Montoro y resurgen por proximidad los ERE de Andalucia, Bárcenas y M.Rajoy... demuestran la falta de honradez de los que gestionan nuestros intereses. Estos lances críticos son los que están de moda, pero si "echamos la cinta atrás", comprobaremos que la corrupción en España ha sido y es el pan nuestro de cada día.
La infame clase política que nos está rigiendo y que nos ha regido, izquierdas y derechas, es una cruz que nos cuesta mucho llevar. 
Ramón Alfil
Fotografía: Wikimedia Commons | Libre de derechos
Creador: Carlos Delgado