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Mostrando entradas con la etiqueta Relatos cortos y cuentos. Mostrar todas las entradas
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14 octubre 2026

Contemplación mediterránea

La noche cubre con su penumbra un mar tranquilo, tan tranquilo que parece un manto negro ligeramente arrugado. Ruge con sordina, pero es el único sonido que domina la noche, acompañado apenas por el canto de algunos grillos en un parque cercano.

Desde el balcón de la habitación se divisan, a lo lejos, las luces de un faro y las de varios barcos mercantes anclados a la espera de su turno para entrar en el puerto.

En primer término, un paseo que en octubre descansa del bullicio del reciente verano. Veo pasar a un abuelo que lleva de la mano a su nieto, a una mujer paseando un caniche, a un corredor y poco más...

A este escenario le faltaba un personaje habitual: la luna, dejando caer su estela sobre el lienzo del mar. Hoy ha decidido esconderse, tímida, detrás de una nube.

Quizá por eso la noche parece más íntima. El mar continúa respirando en la oscuridad, los mercantes mantienen encendidas sus pequeñas constelaciones flotantes y el paseo va quedándose vacío. Todo está en su sitio, pero la ausencia de la luna deja en el horizonte una extraña sensación de espera, como si el mar aguardara pacientemente a que alguien terminara de encender la noche.


Ramón Alfil

Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
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REFERENCIAS

España, noche del 13 de octubre de 2026

Desde el Hotel Marina de Oropesa del Mar (Castellón)

Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA). La imagen no reproduce fielmente el entorno real, sino la atmósfera de contemplación que inspiró este relato.

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25 septiembre 2026

El árbol de brazos desnudos al caer la tarde

El atardecer es una frontera suave en la que se deshilacha el día. La luz se va apagando con tranquilidad, sin prisa alguna.

El silencio no llega de golpe; se posa. Se instala entre las ramas, en los surcos del campo, en la tierra que respira despacio.

El campo extiende su calma como una manta antigua, hecha de horas y de estaciones, de lo que crece y de lo que espera.

Y el árbol, con sus brazos desnudos, parece guardar la escena, como un vigía desde su torre de observación.

Juntos forman un instante que no pide nada. Solo estar y observar la escena con calma. 

Ramón Alfil

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REFERENCIAS 

Fotografía: Ramón Alfil. 

Camino de la ermita. La Iglesuela del Cid (Teruel).

20 agosto 2026

Corteza del corazón, de Bere L.M.

Estudiante y proyecto de escritora

Bere L.M. es una luchadora y trabajadora incansable. Desde muy temprana edad decidió que quería escribir y está poniendo los medios adecuados para que eso pase.

He podido colaborar con ella en varios relatos y me consta el esfuerzo por superarse. Me siento orgulloso de verla crecer con entusiasmo y dedicación. Las personas que estamos a su alrededor la estamos apoyando porque su actitud nos anima a poner nuestro granito de arena en ampliar su estantería de escritos. Vuelvo a publicar uno de sus relatos en este blog con la misma alegría que lo hice la primera vez. Con ello, lleva todo mi apoyo incondicional y mi apuesta por estar viendo cómo el retoño se convierte en flor.

A Bere la conocí en noviembre de 2022. Yo estaba de gira por México presentando la versión juvenil de mi novela «Las tres reinas». Como en años anteriores, impartí una conferencia a los alumnos del Instituto Aberdeen de Ciudad de México. Acabada la conferencia, la Jefa de Estudios me la presentó, dado el especial interés que había mostrado en escribir y que no se le había escapado a sus profesores. De todos es sabida mi reticencia a adoptar discípulos. Pero el brillo en los ojos que le vi ese día y la forma en que me contaba sus sueños, me recordó a mí mismo cuando soñaba con hacer mis primeras películas. No supe (ni quise) decir que no y le prometí que trabajaríamos juntos en algún proyecto. En aquel momento tenía 14 añitos.

Dos años después, y a punto de cumplir los 17, sigue creciendo decididamente. Está poniendo medios para mejorar y encamina sus estudios para cumplir sus fines. Creo que el que escribir sea uno de ellos nos debe hacer felices a todos los que estamos contribuyendo a cumplir sus ilusiones. Y seguimos de la mano con el paso del tiempo. Disfrutándolo, como debe ser.
Luis Alberto Serrano

CORTEZA DEL CORAZÓN


En un hermoso jardín habitaba un gran roble viejo, que siempre estaba bañado en el Sol. Su condena era pasar todos los días que el tiempo creyera necesarios enfrente de los grandes portones que marcaban el territorio del pueblo.

El jardín era de un verde intenso gracias al pasto que se esparcía por todos lados; las flores eran de todos los colores, siempre bailaban y hablaban todo el día; los insectos vivían bajo los pies de los que creen que son dueños del mundo, pero su simpleza los obligaba a ser dóciles; y apartado de los demás, estaba el triste Roble, que intentaba crecer más alto todavía, solo para poder ver lo que el pueblo contenía en su interior.

28 junio 2026

A la sombra de una morera

El bochorno había empezado antes de que el sol asomara del todo. Era ese calor espeso que no avisa, que se instala en la piel como si quisiera quedarse a vivir en ella. En el entorno no se movía ni una hoja, salvo las de la morera, que siempre parecía tener su propio ritmo, ajena a los caprichos del tiempo.

La morera era vieja, de copa ancha, de esas que ya han visto demasiados veranos como para sorprenderse por uno más. Su sombra caía redonda, generosa, como un mantel extendido para quien quisiera refugiarse. Y allí, justo en el centro, estaba el hombre.

Había colocado su sillita baja con la precisión de quien conoce el lugar desde hace años. A su lado, el botijo sudaba despacio por fuera, como si también soportara el calor. El transistor, de los de toda la vida, con su antena algo torcida, dejaba escapar un bolero de Los Panchos. La música sonaba un poco apagada, como si viniera desde muy lejos, quizá desde algún verano antiguo que el hombre recordaba sin decirlo.

Marcaba el ritmo con el pie, apenas un gesto, como si el bolero le estuviera acompañando más que entreteniendo. No había prisa en él. Tampoco tristeza. Solo esa melancolía suave que tienen los días de mucho calor, cuando uno se sienta a la sombra y deja que el tiempo pase sin pedirle nada.

De vez en cuando levantaba la vista y miraba el cielo, no para buscar nubes —que no había—, sino como quien agradece un amanecer, aunque sea así, pegajoso y tórrido. La morera, cómplice, le regalaba su sombra. Y desde una de sus ramas, un gorrión lanzó unos trinos breves, como si quisiera sumarse al bolero.

El hombre sonrió apenas. Era una sonrisa pequeña, casi secreta, de esas que solo se ven cuando uno está en paz consigo mismo. Quizá recordaba otros veranos, otras sombras, otros boleros. O quizá no recordaba nada y simplemente estaba ahí, dejando que el día hiciera lo que quisiera.

La escena era sencilla, pero tenía esa belleza que solo aparece cuando nadie la busca: un hombre, una morera, un bolero, un gorrión. Un pedazo de vida detenido, como si el verano hubiera decidido, por un momento, no seguir avanzando, de esos que pasan desapercibidos para todos menos para quien sabe mirar.

Ramón Alfil
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REFERENCIAS
Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

20 junio 2026

El latido que se hizo esperar

El zeta avanzaba despacio por una de las calles de la ciudad, como si la tarde se hubiera quedado atascada en un silencio espeso. La pareja de agentes de la Policía Nacional —Serrano y Aguilar— llevaba ya demasiadas horas patrullando entre discusiones vecinales, denuncias absurdas y esa fauna urbana que parece empeñada en desgastar la paciencia. Nada hacía presagiar que aquel turno rutinario estaba a punto de quebrarse.

Al girar la esquina, vieron un pequeño tumulto. Un círculo de personas rodeaba a un hombre tendido en el suelo. Algunos gritaban, otros lloraban, otros simplemente miraban sin saber qué hacer. Serrano frenó en seco. Aguilar ya estaba fuera del coche antes de que el motor se apagara.

—Aparten, por favor —ordenó Serrano, abriéndose paso.

El hombre yacía inmóvil, la piel cenicienta, los labios amoratados. No respiraba. Aguilar se arrodilló junto a él y comprobó el pulso. Nada. Ni un hilo, ni un susurro de vida.

—RCP —dijo, sin levantar la vista.

Serrano se colocó a su lado. Aguilar entrelazó las manos y comenzó las compresiones, firmes, constantes, marcando un ritmo que parecía golpear también el aire alrededor. La multitud guardó un silencio reverencial, como si cada presión fuera una plegaria.

A los pocos segundos, Serrano tomó el relevo. Se turnaban sin hablar, sin pensarlo, como si sus cuerpos supieran lo que había que hacer antes que sus mentes. El sudor les corría por la frente. El tiempo se había vuelto una sustancia espesa, interminable.

Un ruego suspendido entre la vida y la nada. 
Como si aquel cuerpo les pidiera que no lo dejaran ir.

En algún momento, mientras presionaba el pecho del hombre, Serrano creyó ver algo en su rostro. No un gesto consciente —sabía que estaba inconsciente—, sino una especie de súplica muda, un ruego suspendido entre la vida y la nada. Como si aquel cuerpo, aun sin voz, les pidiera que no lo dejaran ir. Aguilar también lo notó: una tensión mínima en la mandíbula, un temblor casi imperceptible en los párpados. Señales que quizá no significaban nada… o quizá lo significaban todo.

—Aguante, caballero… —murmuró Aguilar, sin saber si le oía.

Las sirenas se escucharon a lo lejos. Los sanitarios llegaron corriendo, desplegando material, tomando el control con la precisión de quien pelea cada día contra la muerte. Los policías se apartaron, jadeando, con las manos temblorosas. Vieron cómo conectaban electrodos, cómo administraban oxígeno, cómo el cuerpo del hombre respondía con un leve espasmo.

El latido...

Y entonces, un pitido. Un latido. Uno solo. Luego otro. Y otro.

Los sanitarios se miraron y asintieron. Había esperanza.

—Le habéis salvado la vida, sin vuestra reanimación cardiopulmonar no lo hubiéramos recuperado… —dijo el médico a los policías.

Serrano y Aguilar se quedaron quietos, como si no supieran qué hacer con la adrenalina que aún les recorría el pecho. Luego se miraron. No dijeron nada. No hacía falta. Se abrazaron con fuerza, un abrazo breve pero lleno de esa emoción que rara vez se permite en su oficio. Entre tanta miseria diaria, entre tanta chusma, de vez en cuando la vida les regalaba un instante así. Un instante que justificaba todo lo demás.

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La habitación del hospital estaba en penumbra cuando el hombre abrió los ojos. Primero vio el techo, borroso. Luego, poco a poco, las formas se hicieron nítidas: su mujer, con las manos temblorosas; sus dos hijas pequeñas, abrazadas a la cama, mirándolo como si temieran que desapareciera si parpadeaban.

Él intentó hablar, pero solo le salió un sollozo. Las niñas se echaron sobre él, la mujer le tomó la mano, y el hombre lloró. Lloró por el miedo, por el regreso, por la vida que aún tenía entre los dedos.

No sabía quiénes habían sido los que le devolvieron el latido. Pero en algún lugar de la ciudad, dos policías seguían patrullando, con el uniforme sudado y el alma un poco más llena.


Ramón Alfil
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REFERENCIAS
Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

10 junio 2026

El límite de la sutura

La luz del amanecer entraba en la habitación con un tono grisáceo y pálido. Era una claridad sucia, filtrada por unas cortinas de terciopelo que habían visto pasar demasiadas transacciones sin nombre. Malena se encontraba sentada en el borde de la cama, de espaldas al hombre, sintiendo cómo el frío del aire acondicionado le erizaba el vello de la nuca. El silencio era un zumbido eléctrico, una presión en los oídos que la obligaba a concentrarse en el sonido de su propia respiración.

A sus pies, sus botas de cuero negro brillaban con un fulgor arrogante. Se las puso con una lentitud ceremonial. Con cada tirón de la cremallera sentía que se alejaba un poco más de lo que había pasado.

—¿Cuándo vuelvo a verte? —La voz del hombre, un tal Mauricio, cuyo apellido ella había olvidado en cuanto lo leyó en la reserva, sonó espesa, cargada de una gratitud que Malena encontraba repulsiva.

Ella no respondió de inmediato. Se puso de pie y buscó su sujetador entre las sábanas revueltas. El gesto de buscar su ropa entre los restos del naufragio sexual la hacía sentir como una arqueóloga de su propia desgracia.

—No lo sé. Tengo mucho lío esta semana —dijo finalmente. Su voz era un bisturí: aséptica, precisa, diseñada para no dejar margen a la réplica.

Mauricio se incorporó, dejando al descubierto un torso que empezaba a ceder a la gravedad. Era un hombre poderoso en su despacho, un tipo que firmaba contratos millonarios, pero allí, bajo la luz cruda de las siete de la mañana, no era más que un amasijo de inseguridades envuelto en sábanas de quinientos hilos. Se rascó la perilla grisácea y buscó su billetera en la mesilla de noche.

09 junio 2026

En un libro abierto empieza la revolución

La cultura no avanza a golpes de ruido, sino a pequeños destellos de atención.

Un libro abierto, una melodía suave, una frase que nos obliga a detenernos: ahí empieza siempre la verdadera revolución.

No en la prisa, sino en la pausa.

No en el grito, sino en la mirada que se afina.

Ismael A.

REFERENCIAS

Fotografía: Dariusz Sankowski. Libre de derechos. 

01 junio 2026

El retrato de su señor

La joven criada se inclinaba cada día sobre el retrato de su señor como si temiera que el aire pudiera borrar aquel rostro que contemplaba.

Las cortinas del cuarto filtraban la luz con un tono dorado y antiguo. En esa penumbra pensaba que nadie la podía ver y su secreto estaría guardado. 

Pasaba el plumero con sumo cuidado. Sus manos, acostumbradas al trabajo rudo y no a la ternura, rozaban con mucha delicadeza el marco, como si temiera profanar algo sagrado.

Cada día repetía el mismo ritual: acercarse, contemplar, anhelar… y marcharse antes de que alguien pufiera sorprenderla y descubrir lo que ni ella misma se atrevía a admitir: un amor silencioso, condenado a lo imposible y que solo encontraba refugio en la quietud del retrato de su señor.

Relato corto basado en una obra del pintor italiano Tito Conti (1842-1924)


Ramón Alfil
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12 mayo 2026

Un cielo empedrado

Un alto en el paseo para disfrutar el momento
El horizonte se ha fragmentado en incontables escamas de algodón, en un cielo empedrado que parece el telón del cielo. Bajo esa cúpula de altocúmulos, la tierra se asoma con vértigo al azul profundo, donde las olas rompen con insistencia contra el acantilado. Entre las rocas, la vida se aferra con una pincelada silvestre; ramas secas que apuntan al infinito como dedos de madera, escoltadas por hojas y flores rojizas 
El tiempo se detiene entre la quietud del mar Mediterráneo y el desorden perfecto del cielo. 

Ramón Alfil
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REFERENCIAS
Fotografía: Ramón Alfil (colección nubes).
Oropesa del Mar (Castellón), entre la bahía de La Concha y el faro.
rinconesmarinos_adl   fotosymar_adl   literaturaymar_adl

28 abril 2026

Dos revólveres enfrentados

A cada uno de los dos le dieron un revólver. Los pusieron de frente, separados a una distancia considerable. El que lograra matar a su oponente cobraría un buen fajo de billetes. El primero que disparase tenía dos opciones: abatir a su contrincante y ganar el dinero pactado o fallar y hacer que el opuesto adelantara cinco pasos y esperar su disparo. Así sucesivamente hasta que uno de los dos muriera.
Ninguno se atrevía a ser el primero. Hubo mucha tensión. Todos estaban atentos hasta que uno, con dolor en el alma, tiró a dar. La pistola falló y no hubo descarga. El otro, sonriendo, avanzó los pasos convenidos y, apuntando, disparó sin temores. La pistola tampoco funcionó. Extrañados, miraron hacia los organizadores. Ninguno entendía por qué, algunos de ellos, estaban brincando de alegría.
Les habían dado unas pistolas sin balas. Aquella era una simple tarde de apuestas en la que ganaría el que acertara cuál de los dos apretaría el gatillo primero.
Y así son las guerras de la humanidad. Los que más beneficios han sacado, nunca han sido los que han tenido que empuñar las armas.

10 abril 2026

Anatomía de una bala


El martillo de la Colt 45 cayó con la irrevocabilidad de una guillotina. Fue un beso de acero contra el fulminante, una chispa de amor violento que despertó al dios dormido en la recámara. Dentro del cilindro de latón, la pólvora dejó de ser un sedimento inerte para transformarse en una expansión de gas incandescente, una violencia pura latiendo en milímetros de metal. El proyectil, un trozo de plomo encamisado en cobre, sintió el empujón brutal de una atmósfera de infierno que lo expulsaba de su nido de pólvora.

La bala comenzó su danza espiral. Las estrías del cañón, surcos de un destino tallado en frío, obligaron al plomo a girar sobre sí mismo. Aquella rotación no era un simple movimiento físico; era una obsesión giroscópica, una búsqueda de estabilidad en el caos del vuelo. El arma escupió un fogonazo de azufre y sombra que iluminó la habitación con la brevedad de un relámpago en un cementerio. El estruendo, una muralla de sonido sólido, quedó congelado en el tiempo para los oídos del tirador, convirtiéndose en una vibración que recorría los huesos de su brazo hasta anclarse en la base del cráneo.

El hombre tras la mira no era ya un hombre, sino una prolongación de la empuñadura de madera de nogal. Su dedo índice, una palanca de carne y rencor, mantenía la presión residual después del disparo. En su retina, la imagen del objetivo se había quemado con la intensidad de un negativo fotográfico expuesto al sol. El tirador habitaba ese instante de suspensión donde la culpa todavía no existe porque el impacto aún no ha ocurrido.

16 marzo 2026

La tiranía del interruptor

La luz de la mañana se derramaba por el ventanal, un lienzo de vidrio doble que sofocaba el estruendo de la ciudad hasta convertirlo en un ronroneo lejano, un latido mecánico encargado de arrullar su despertar. Hugo no abrió los ojos de inmediato. Extendió un brazo, una extremidad pálida que apenas conocía el peso del sol, y su mano encontró el dispositivo sobre la mesita de noche. El cristal cobró vida bajo su yema. Un movimiento circular, una caricia eléctrica, y las persianas se deslizaron hacia arriba con un suspiro de servidumbre. El exterior, esa cuadrícula de acero y asfalto, se presentó ante él como un decorado inofensivo, una proyección muda tras el panel aislante.

En la cocina, el agua iniciaba su ascenso térmico antes de que sus pies tocaran el suelo. La cafetera, un bloque de cromo y precisión, comenzaba su liturgia de vapor y aroma. Hugo caminaba descalzo sobre la madera radiante, un calor invisible que emanaba de las vetas barnizadas para proteger sus plantas del rigor del invierno que golpeaba fuera. La temperatura de la estancia era una constante matemática, una burbuja de aire domesticado que ignoraba las leyes de la estación. 

Se detuvo frente al refrigerador. La puerta cedió con un vacío sordo, revelando una arquitectura de frascos y paquetes sellados. No había rastro de tierra en las espinacas, ni memoria de sangre en el filete envuelto en film transparente. Todo era limpio, aséptico, despojado de su origen violento. Hugo tomó un envase de zumo; la tapa de plástico se rindió con un chasquido satisfactorio, una pequeña victoria de la ingeniería sobre la materia. Bebió mientras su atención se hundía en el flujo incesante de imágenes de su pantalla.

Aquella era su verdadera respiración: el flujo de datos. Su pulgar derecho ejecutaba una danza monótona, un scroll infinito que desfilaba rostros, paisajes retocados y sentencias de una profundidad de escaparate. Cada vez que su dedo se detenía y presionaba dos veces, un corazón rojo brotaba sobre el cristal. Era un acto de creación sin esfuerzo, una moneda de cambio en un mercado de sombras donde él se sentía, al mismo tiempo, juez y parte. No necesitaba saber de qué entrañas de la tierra procedía la electricidad que alimentaba aquel brillo, ni qué manos habían recolectado las naranjas de su vaso, ni de qué bosque remoto provenía la mesa donde apoyaba el codo. La cadena de milagros que lo mantenía a salvo era tan extensa y tan perfecta que se había vuelto invisible.

05 marzo 2026

El nombre que se borra


El frío no es una condición del aire, es un animal de dientes finos que devora la superficie de mi piel. Me incorporo con la lentitud de quien teme romperse. La verticalidad es una conquista dolorosa, mis manos, extensiones de un cuerpo que ha olvidado la firmeza, tantean la superficie rugosa en busca de un equilibrio precario. El suelo, una plancha de piedra gris y áspera, me devuelve la indiferencia del mundo mineral. No hay memoria de suavidad, solo la certeza del ángulo recto y la humedad que asciende desde las profundidades del asfalto.

El hambre es el otro habitante de mi soledad. No es un deseo, sino un hueco negro, una presencia física que muerde mis entrañas con la insistencia de un parásito. Mis costillas, peldaños de una escalera que no conduce a ninguna parte, se marcan bajo la superficie de mi cuerpo con cada respiración. Inhalar es un acto de valentía, el aire transporta partículas de óxido, el aliento acre de las máquinas que rugen en la distancia y el rastro rancio de los desperdicios ajenos.

El mundo es una geometría de dimensiones imposibles. Desde mi posición, la realidad se fragmenta en muros de hormigón que se pierden en las nubes, montañas de caucho negro que exhalan vapores tóxicos y pedestales metálicos que custodian banquetes inalcanzables. Existo en el ángulo muerto de la mirada ajena, allí donde las presencias se anuncian antes por su vibración que por su forma. Soy un recolector de impactos, descifro la proximidad del peligro a través de la onda que recorre el pavimento y sacude mis articulaciones, traduciendo cada temblor en una orden de retirada. La luz de la mañana no trae consuelo, es una claridad sucia, un resplandor que rebota en los charcos de aceite brillante, revelando la magnitud de mi desamparo.

25 febrero 2026

El último trayecto

La ciudad era un organismo herido, sangrando luces rojas y ámbar bajo una lluvia que no mojaba, sino que barnizaba las calles con una pátina de mercurio. Fabio aguardaba en la acera, envuelto en el aroma de su propio triunfo: el perfume de trescientos euros la onza y el rastro metálico del champán caro que aún le escocía en la garganta. Su maletín de piel de cocodrilo pesaba con la gravedad de los contratos cerrados y las vidas ajenas desmanteladas. Al levantar la mano, el aire pareció cristalizarse.

Un sedán negro, con el brillo de una cuchilla recién afilada, emergió del vaho nocturno. No hubo chirrido de frenos, solo un deslizamiento silencioso sobre el pavimento líquido. La puerta se abrió con un suspiro de vacío neumático.

Fabio se hundió en el asiento trasero. El habitáculo lo recibió con el abrazo de un guante de seda. El olor era extraño: no había rastro de los ambientadores de pino barato que suelen poblar esos cubículos. El aire olía a ozono, a biblioteca antigua y a la tierra mojada que precede a las tormentas definitivas.

—A la zona alta. Calle Neptuno, cuarenta y cuatro —ordenó Fabio, sin despegar los ojos de su teléfono, cuya pantalla proyectaba un fulgor azulado sobre sus facciones afiladas.

El motor inició su marcha. No era un rugido, sino un ronroneo profundo que vibraba en la base del cráneo. El conductor era una silueta de hombros anchos, coronada por una gorra que proyectaba una sombra impenetrable sobre el espejo retrovisor. Sus dedos, largos y marmóreos, se posaban sobre el cuero del volante con una delicadeza sacerdotal.

—Noche larga, ¿verdad? —La voz del taxista era un barítono aterciopelado que parecía emanar de las paredes del coche más que de su propia garganta.

Fabio soltó un bufido de autocomplacencia, guardando el teléfono en el bolsillo interior de su americana.

—Larga y lucrativa. He enterrado a dos competidores antes de la medianoche. Mañana, sus acciones valdrán menos que el papel en el que están impresas.

—El éxito es un plato que se sirve frío, dicen —comentó el conductor, girando el volante con una parsimonia hipnótica—. Aunque el precio de la vajilla suele ser elevado. ¿Se siente usted satisfecho, señor...?

20 febrero 2026

El estruendo del vacío

 

Ilustración: Bernardo Vidal

Theo apoya la frente contra el cristal frío de su estudio mientras observa cómo la calle se convierte en una masa de metal y caucho que avanza a tirones, una corriente donde las bocinas de los taxis perforan el aire viciado de humo y las risas de los adolescentes ascienden por la fachada para filtrarse por las rendijas de la ventana mal ajustada. Ante él descansa el lienzo en blanco, una superficie que la luz de los semáforos tiñe de un rojo intermitente y luego de un verde bilioso, mientras el vecino golpea un clavo en la pared contigua con un martillo de acero cuyo impacto rítmico le impide escuchar su propia respiración. Theo suelta el pincel con los dedos temblorosos, dominado por el deseo de una pausa absoluta que ocupe todo su espacio mental, una voluntad de hallar un interruptor capaz de desactivar, de una vez por todas, la frecuencia cardíaca de la ciudad.

Baja a la calle para comprar tabaco y el aire le devuelve una densidad de sudor rancio y escape de gasoil, una atmósfera donde los hombros de los transeúntes golpean los suyos en la acera estrecha sin que nadie pida perdón, mientras la mujer del quiosco habla por teléfono y le entrega el cambio con una desgana que se manifiesta en un zumbido nasal perceptible hasta en sus encías. Regresa a su portal, sube las escaleras impregnadas de un olor a col hervida que parece adherirse a las paredes y se encierra en su dormitorio, tumbándose en la cama con la almohada presionando sus oídos para registrar, como último estímulo, el estruendo de un avión que atraviesa el cielo nocturno y rasga la oscuridad con una violencia sónica definitiva.

18 febrero 2026

El gato del puerto


Foto: Ramón Alfil

Un sol débil y atenuado por un cielo nuboso empezaba a ceder su puesto a la noche. Sus últimos guiños dejaban una estela blanquecina en el agua de aquel puerto tranquilo. La tarde estaba coloreada de ocres, algo habitual en los atardeceres de invierno.
Sentado en un pequeño espigón habilitado para la pesca recreativa con caña descansaba un gato negro patiblanco. Su presencia inmóvil estaba en armonía con la calma y el silencio del lugar, tan solo roto por el graznido de alguna gaviota y un ligero golpeteo del agua contra las rocas.
El gato tenía colmada sus necesidades porque acababa de comerse los restos de sardinas y boquerones que unos minutos antes habían servido de cebo a un pescador. Con la panza llena y el instinto satisfecho no tenía más compromiso que disfrutar del calorcito que aún despedía la piedra después de bastantes horas de sol.
El mar, algo revuelto a lo lejos, hacía las paces consigo mismo arropado por las escolleras del puerto. En el muelle frontal estaba atracado un barco mercante. Para el gato, aquella mole de hierro no era un centro de trabajo en el que sus tripulantes van acelerados y marcados por el característico torbellino comercial, un trabajo muy duro y el estrés que conlleva un mundo excitado. Para el gato, aquel monstruo cargado de contenedores era una sombra más en el paisaje. Su mundo no se medía en objetivos mercantiles, ni en lucros dinerarios o en la creación de necesidades superfluas, normalmente compulsivas, sino en la temperatura de la piedra bajo su cuerpo y en el grado de saciedad de su estómago. Aquel animal no necesitaba nada más, comprendía a su manera lo que significaba la palabra "suficiente".


Ramón Alfil
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REFERENCIAS 
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Foto: Ramón Alfil. Una tarde de invierno en el puerto de Gandia (Valencia).

04 febrero 2026

La escritora y su asesino



La escritora estaba ensamblando la escena de un crimen espantoso y sanguinario. Cuidaba cada detalle del asesino para que no dejara rastro alguno en la investigación de la policía. De alguna manera, se identificaba más con el asesino que con los agentes que intentarían llegar al desenlace del homicidio.
En el estudio reinaba un silencio monacal, tan solo interrumpido por el fuerte tecleo sobre una vieja máquina de escribir y algún crujido de la madera de la mesa. 
La atmósfera estaba coloreada de un gris azulado que ondeaba en capas, como una neblina perpetua alimentada por el humo de bastantes cigarrillos.
A la escritora, de siempre, le fascinaban los gatos y los caracoles porque eran seres vivos silenciosos y tranquilos. En aquella larga noche literaria estaba acompañada por su gato, que buscaba el calorcito de un flexo, y unos caracoles que salían de su terrario y dejaban una marca de baba sobre la mesa y unos folios desordenados. 
Mientras el crimen cobraba vida sobre el papel, la escritora combinaba la paranoia de aquel asesino con un sorbo de whisky, alguna caricia al gato y redirigiendo al terrario a algún caracol que se salía de los lindes que ella misma consideraba como prudentes.
Sonó el timbre, se asustó, ¿quién podría ser?, pensó... Se dirigió a la puerta, acercó su ojo a la mirilla y vio a Logan, el asesino que estaba ficcionando en la novela. Tuvo miedo, pero abrió la puerta de golpe. No había nadie en el descansillo.

Ramón Alfil

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Escucha este relato / Voz: J.M.O.



J.M.O.
En nuestro ateneo pone muchas veces... ¡la voz!
"A distinguir me paro las voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una". Antonio Machado



REFERENCIAS
- Patricia Highsmith falleció un 4 de febrero como hoy, en 1995.
- Entre sus citas cabe destacar la siguiente: "A veces, los asesinos son más interesantes que la gente que nunca ha roto un plato".
- La fotografía ha sido creada por inteligencia artificial al solicitarle una imagen para este relato breve.

09 octubre 2025

¡Qué hipnóticos son los cohetes!

La ilusión de ver los primeros camiones, el olor de las patatas fritas, las manzanas de caramelo, el algodón de azúcar… Los 40 ya empiezan a saludarme, cada vez desde más cerca… Pero el niño que iba a ver cómo montaban la feria y se fijaba en el más mínimo detalle sigue en un rincón de una vida adulta y ajetreada, y sale en esta época para compartirlo, ahora sí, con la más pequeña de casa.
¿El objetivo? Que cuando tenga su propia vida —quizá lejos de casa, quizá ya sin su padre— recuerde con cariño esta época y la lleve, como yo, a su infancia.
Os dejo algunas capturas del pistoletazo de salida de las fiestas… ¡Qué hipnóticos son los cohetes!

¡Qué hipnóticos son los cohetes! / Foto: David Talens
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Cadena de lecturas y espacios

05 octubre 2025

Que yo no tengo la culpa

Y ahí estaba sentado en el despacho del Jefe de Producción del programa de televisión en el que trabajaba de regidor.
Sabía que se avecinaba bronca y tenía clara la razón, pero no adivinaba el tono en que discurriría la misma, porque él era la víctima. Una agresión de una conocida estrella mediática y protagonista del show que estaban grabando había acabado en esa agria fuente de la mala vibración que había en el plató.
Mientras esperaba a sus jefes, se le venían a la cabeza imágenes de los tiempos en los que trabajaba reponiendo estanterías en un supermercado. Recordaba lo feliz que era con sus compañeras. Ramón no era muy guapo, pero tenía un “nosequé” que enamoraba. Todas las chicas de la redacción del programa estaban loquitas por él. Y ese fue su calvario. Los celos de la gran figura televisiva se hicieron presentes hasta el punto de que aprovechaba cualquier ocasión para humillar al chico en público.
Él, listo como era, intentaba evitarlo en todos los momentos que podía. Eso enfervorizó más a la energúmena estrella y todo terminó, como muchos preveían, con el lanzamiento de un objeto contundente y la posterior retahíla de gritos y desmanes que el joven trató de eludir saliendo del plató.
Y, ahora, ahí estaba esperando en el despacho. Que le pidieran perdón, lo veía utópico. Entonces, ¿qué? Llegó el equipo de dirección, todos juntos, y se sentaron frente a él.