Llevo diecisiete años trabajando como humanitario, dedicándome a la respuesta ante emergencias y a la recuperación de comunidades afectadas por desastres. Durante este tiempo, he acompañado a personas que intentan reconstruir sus vidas tras crisis climáticas sucesivas. Sin embargo, lo que ocurre hoy en Filipinas, una región vulnerable a los desastres climáticos, me conmueve como si fuera la primera vez. Allí, las emergencias no llegan de manera aislada: tifones, tormentas e inundaciones se encadenan y dejan escaso margen para que las comunidades puedan levantarse. Son comunidades que, pese a su resiliencia, se ven atrapadas en un ciclo implacable de pérdida y reconstrucción.
Recuerdo que, en 2024, una serie inédita de seis tifones azotaron Filipinas en un solo mes. Entre ellos se contaba el tifón Kristine, que afectó al menos a 8,6 millones de personas y dañó más de 178.000 viviendas. Vivir en Filipinas me había acostumbrado a este tipo de adversidades, pero seis tormentas consecutivas pusieron a prueba la resiliencia de comunidades y trabajadores humanitarios. Recuerdo llegar a Bicol después del tercer tifón: el suelo saturado de agua de inundaciones previas, los centros de evacuación rebosantes y las familias ansiosas ante la próxima tormenta. El sonido constante de la lluvia, el olor a ropa húmeda y barro, y las voces de padres preguntando si habría agua limpia mostraban la realidad cruda difícil de olvidar.
El cambio climático ha transformado la escala y naturaleza de las emergencias en Filipinas. Lo que antes eran tifones estacionales ahora se siente como crisis implacables y superpuestas. La serie de seis tifones en 2024 evidenció no solo frecuencia, sino intensidad: lluvias más fuertes, vientos más potentes e inundaciones extensas que bloquean caminos, cortan la energía e impiden la entrada de ayuda humanitaria, dejando a las comunidades sin capacidad para recuperarse. En Camarines Sur, conocí a una familia que había perdido su única fuente de ingresos tras las tormentas sucesivas. Vivían en un centro de evacuación con cientos de personas. Su padre me confesó que no sabía cómo alimentar a sus hijos: el mar que siempre les sostenía se había vuelto contra ellos. Con el campo agrícola inundado, no tenían donde comprar comida, su pozo estaba contaminado y el agua embotellada era demasiado costosa.







