Traduce cualquier entrada a tu idioma

16 marzo 2026

La tiranía del interruptor

La luz de la mañana se derramaba por el ventanal, un lienzo de vidrio doble que sofocaba el estruendo de la ciudad hasta convertirlo en un ronroneo lejano, un latido mecánico encargado de arrullar su despertar. Hugo no abrió los ojos de inmediato. Extendió un brazo, una extremidad pálida que apenas conocía el peso del sol, y su mano encontró el dispositivo sobre la mesita de noche. El cristal cobró vida bajo su yema. Un movimiento circular, una caricia eléctrica, y las persianas se deslizaron hacia arriba con un suspiro de servidumbre. El exterior, esa cuadrícula de acero y asfalto, se presentó ante él como un decorado inofensivo, una proyección muda tras el panel aislante.

En la cocina, el agua iniciaba su ascenso térmico antes de que sus pies tocaran el suelo. La cafetera, un bloque de cromo y precisión, comenzaba su liturgia de vapor y aroma. Hugo caminaba descalzo sobre la madera radiante, un calor invisible que emanaba de las vetas barnizadas para proteger sus plantas del rigor del invierno que golpeaba fuera. La temperatura de la estancia era una constante matemática, una burbuja de aire domesticado que ignoraba las leyes de la estación. 

Se detuvo frente al refrigerador. La puerta cedió con un vacío sordo, revelando una arquitectura de frascos y paquetes sellados. No había rastro de tierra en las espinacas, ni memoria de sangre en el filete envuelto en film transparente. Todo era limpio, aséptico, despojado de su origen violento. Hugo tomó un envase de zumo; la tapa de plástico se rindió con un chasquido satisfactorio, una pequeña victoria de la ingeniería sobre la materia. Bebió mientras su atención se hundía en el flujo incesante de imágenes de su pantalla.

Aquella era su verdadera respiración: el flujo de datos. Su pulgar derecho ejecutaba una danza monótona, un scroll infinito que desfilaba rostros, paisajes retocados y sentencias de una profundidad de escaparate. Cada vez que su dedo se detenía y presionaba dos veces, un corazón rojo brotaba sobre el cristal. Era un acto de creación sin esfuerzo, una moneda de cambio en un mercado de sombras donde él se sentía, al mismo tiempo, juez y parte. No necesitaba saber de qué entrañas de la tierra procedía la electricidad que alimentaba aquel brillo, ni qué manos habían recolectado las naranjas de su vaso, ni de qué bosque remoto provenía la mesa donde apoyaba el codo. La cadena de milagros que lo mantenía a salvo era tan extensa y tan perfecta que se había vuelto invisible.

15 marzo 2026

Elsa Gomis interpreta una sonata para piano del compositor italiano Muzio Clementi

Elsa Gomis tiene actualmente diez años. Tras cuatro años de formación en el Conservatorio del Liceo de Barcelona, cursa hoy el primer curso de Piano Profesional en el Conservatorio de Música de Barcelona. Su progreso ha sido constante y notable: este año ha obtenido el primer premio de Técnica Pianística en el citado centro, un reconocimiento que habla tanto de su talento como de la dedicación que sostiene su aprendizaje.

A su edad, entregarse a la música implica algo más que estudiar un instrumento. Significa crecer en un territorio donde la disciplina convive con la imaginación, donde las horas de estudio se entrelazan con la curiosidad propia de la infancia. Para Elsa, la música es una forma de estar en el mundo: un espacio donde descubre su sensibilidad, su capacidad de esfuerzo y un camino por el que andar. En esa mezcla de juego, rigor y descubrimiento se forjan muchas de las grandes vocaciones artísticas.

Hoy comparte con nosotros su opinión y, además, su interpretación del primer movimiento de la Sonata en Sol mayor, op. 37 n.º 2, del pianista y compositor italiano Muzio Clementi. La grabación corresponde al recital celebrado el pasado 7 de marzo en el Conservatorio de Música de Barcelona, donde Elsa ofreció esta obra ante el público con la naturalidad y la concentración que caracterizan a los jóvenes músicos que empiezan a encontrar su camino.
Ramón Alfil

14 marzo 2026

Félix Rodríguez de la Fuente sigue vivo


Hoy, en el aniversario de su muerte, volvemos a escuchar la voz de Félix Rodríguez de la Fuente como quien abre un viejo cuaderno de campo y encuentra aún tibio el rastro de un lobo. Su figura —mitad naturalista, mitad juglar de la vida salvaje— sigue iluminando nuestra relación con lo vivo, recordándonos que el mundo no nos pertenece: lo compartimos.

Félix caminó entre lobos, halcones y llanuras como un hombre que sabía mirar. Su legado no es solo científico ni televisivo: es moral. Nos enseñó que la belleza es un deber, que la vida salvaje es un espejo donde reconocemos lo que fuimos y lo que aún podemos ser.

Hoy lo recordamos no con nostalgia, sino con gratitud. Porque mientras haya un lobo que aúlle, un ala que corte el aire o un niño que pregunte por qué vuela un halcón, Félix seguirá vivo.

Ismael A.

Curiosamente, Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980) nació y murió un 14 de marzo.



REERENCIAS

Imagen creada con inteligencia artificial.

Fuente original del vídeo: El amigo de los animales 

10 marzo 2026

El rugido de la vulgaridad como liturgia del poder

“La verdad no teme al diálogo; quien la practica no necesita el insulto para sostenerse” (Cortina, A., 1994, Ética mínima: para la vida cotidiana, p. 27).

La política posmoderna exhibe en nuestros días un fenómeno cuyo significado histórico exige una disección rigurosa, extensa y crítica: la conversión de la comunicación pública en un espectáculo sistemático de la ofensa. No se trata de un exabrupto accidental, un rasgo de personalidad o una simple falta de decoro, sino que esta transformación revela una mutación ontológica en la conducción del Estado y en la percepción de las instituciones públicas. Al sustituir el argumento por la injuria y el debate por la descalificación procaz, se ha instaurado una práctica política que instrumentaliza la vulgaridad como una técnica deliberada de dominación. Este recurso tampoco es azaroso, sino que responde a las demandas de una sociedad totalmente rota que, en su hastío institucional y fatiga democrática, ha dejado de valorar la sensatez para premiar la contestación reactiva. El espacio de lo común se convierte así en un territorio de guerra simbólica donde la verdad es el primer sacrificio en el altar de una eficacia política medida en términos de impacto emocional y mediático.

Observamos la materialización de este diagnóstico en la apertura del 144| período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación Argentina, un evento que funcionó como el escenario predilecto para la exhibición de esta nueva liturgia. Allí, la palabra presidencial no buscó la articulación de un proyecto colectivo ni la convocatoria a la unidad nacional, sino la demolición moral y existencial de un adversario que está bastante flojo de papeles. Al calificar a los representantes legislativos y gobernadores como “ladrones”, “estafadores”, “asesinos” o “golpistas”, y referirse al propio recinto parlamentario como un “nido de ratas”, el orador desplaza la política desde la administración de la complejidad hacia la estética de la crueldad rentable en términos de márketing político. En este escenario, la vulgaridad funciona como un activo político de alta rentabilidad porque en un tejido social fragmentado por el resentimiento y la anomia, el insulto es decodificado- falsamente- como un signo de “coraje”, “transparencia” y “autenticidad”. Se valora la capacidad de infligir daño simbólico al “otro” por sobre la solvencia para gestionar la cosa pública, transformando la violencia retórica en el único combustible de una legitimidad que ya no se construye mediante el consenso deliberativo, sino a través del show de la degradación institucional.

08 marzo 2026

Rebeca, una obra maestra


Por todos es conocida la figura del director de cine británico Alfred Hitchcock. Es ya un tópico utilizar para definirle la frase de “mago del suspense”. Fue el género que cultivó en su dilatada trayectoria profesional, aunque en alguna entrevista dijo que él lo que hacía eran películas cómicas. Uno de los puntales en los que se apoyaba era la adaptación de novelas, con mayor o menor fidelidad a los textos originales, en función de las características literarias y la historia que se pretendiese contar. Junto con Psicosis, tal vez sean Rebeca y Los Pájaros las más llamativas y conocidas de todas las que adaptó. La relación de Hitchcock con la literatura probablemente sea una de las más fructíferas en la historia de la fusión de los dos artes, literario y cinematográfico, y el análisis de esta conjunción es tan rico en matices que podríamos llenar páginas y horas disertando sobre ello. Vamos a comenzar con la que, con permiso de Psicosis, para mí es la más paradigmática de esta conjunción literatura-cine: Rebeca.

La novela de la escritora Daphne du Maurier nos cuenta la historia de una joven casada con un viudo británico. Al llegar a Manderley, la mansión donde habitan, la joven encuentra que todo el ambiente, incluso la servidumbre, los amigos, los conocidos de la zona, rinden devoción a la antigua señora de la casa: Rebeca de Winter. El fantasma de Rebeca está presente en todas las esquinas del lugar, y esconde un misterio solo revelado al final del relato. Hitchcock recoge este guante de misterio psicológico y lo eleva a un escalón superior con su película, convirtiendo a Rebeca en un personaje y una historia que son leyenda del arte cinematográfico y literario.

De todos los puntos clave, situaciones y conflictos que abordan novela y película, solo puedo quedarme con unas pequeñas muestras de la intensidad de ambas. Tal vez en otra ocasión dirija la vista a otros elementos de interés.

07 marzo 2026

Las cartas de Dios, cortometraje de Luis Alberto Serrano

El cortometraje Las cartas de Dios fue grabado en México y Canarias entre septiembre de 2006 y mayo de 2007. Relata la historia de Esteban, un estudiante mexicano (Álvaro Olivos) que quiere venir a España para triunfar como lo hizo su primo Mario (José Pineda). Pero lo que él no sabe es que su primo no ha prosperado como les había dicho en las cartas que mandaba a América. De hecho, Mario se encuentra ingresado en un hospital al lado de la cama de un loco (el televisivo Felisuco) que, a pesar de su demencia, le irá haciendo ver lo fácil que es la vida. Gracias a él, Mario aprenderá una lección que no olvidará nunca.

El resto de los actores que intervienen en el corto son Gloria Herrera, Fernando Navas, Emérita Suárez, Ana Serrano Cruz y Mouna Martínez. La obra cuenta con una banda sonora compuesta por Enrique Fernández-Villamil Menéndez y la canción "Dicen que está loco" de Sixto Armas.

Este es el quinto cortometraje de Luis Alberto Serrano, un director madrileño afincado en Canarias que ya cuenta en su carrera con dos importantes galardones como son el Premio al Mejor Largometraje Canario en el XII Encuentro de Cine de Maspalomas por "Ante todo... respeto", y el Premio del Público de la edición anterior del mismo festival que ganó por "El sueño rojo". 

Las cartas de Dios obtuvo una gran aceptación dentro de la tercera edición de Interculturalidad, un proyecto para el fomento de las relaciones artísticas entre México y España; y ha sido merecedor del Premio al mejor Cortometraje en el II Festival de Cine Familiar Los Cielos.



Luis Alberto Serrano 
No robo las ideas de nadie… con las mías me da, aunque sea justito, para sobrevivir. 
Guionista de cine, publicidad y espectáculos.
Autor de la novela Las tres reinas.

06 marzo 2026

¿Tienen suelo Urano y Neptuno? Explorando el interior de los gigantes helados


A diferencia de planetas rocosos como la Tierra o Marte, los gigantes helados Urano y Neptuno no poseen una superficie sólida definida sobre la que se pueda “caminar”. Aunque a menudo se habla de su “interior” o de sus distintas capas, la realidad es que estos planetas están formados principalmente por gases y fluidos densos que se vuelven progresivamente más compactos a medida que se desciende hacia su centro.

Urano y Neptuno pertenecen a la categoría de gigantes helados, un tipo de planeta diferente de los gigantes gaseosos como Jupiter y Saturno. Mientras que estos últimos están compuestos principalmente de hidrógeno y helio, los gigantes helados contienen mayores proporciones de agua, amoníaco y metano. En condiciones de presión y temperatura extremas, estas sustancias no se comportan como los hielos que conocemos en la Tierra, sino como fluidos muy densos y calientes.

La atmósfera visible de Urano y Neptuno es solo la capa superior del planeta. En ella predominan el hidrógeno, el helio y el metano, responsable del característico color azul de ambos mundos. A medida que se desciende, la presión aumenta rápidamente y los gases se comprimen hasta formar capas cada vez más densas. En lugar de una frontera clara entre atmósfera y superficie, existe una transición gradual en la que el gas se vuelve líquido o supercrítico.

05 marzo 2026

El nombre que se borra


El frío no es una condición del aire, es un animal de dientes finos que devora la superficie de mi piel. Me incorporo con la lentitud de quien teme romperse. La verticalidad es una conquista dolorosa, mis manos, extensiones de un cuerpo que ha olvidado la firmeza, tantean la superficie rugosa en busca de un equilibrio precario. El suelo, una plancha de piedra gris y áspera, me devuelve la indiferencia del mundo mineral. No hay memoria de suavidad, solo la certeza del ángulo recto y la humedad que asciende desde las profundidades del asfalto.

El hambre es el otro habitante de mi soledad. No es un deseo, sino un hueco negro, una presencia física que muerde mis entrañas con la insistencia de un parásito. Mis costillas, peldaños de una escalera que no conduce a ninguna parte, se marcan bajo la superficie de mi cuerpo con cada respiración. Inhalar es un acto de valentía, el aire transporta partículas de óxido, el aliento acre de las máquinas que rugen en la distancia y el rastro rancio de los desperdicios ajenos.

El mundo es una geometría de dimensiones imposibles. Desde mi posición, la realidad se fragmenta en muros de hormigón que se pierden en las nubes, montañas de caucho negro que exhalan vapores tóxicos y pedestales metálicos que custodian banquetes inalcanzables. Existo en el ángulo muerto de la mirada ajena, allí donde las presencias se anuncian antes por su vibración que por su forma. Soy un recolector de impactos, descifro la proximidad del peligro a través de la onda que recorre el pavimento y sacude mis articulaciones, traduciendo cada temblor en una orden de retirada. La luz de la mañana no trae consuelo, es una claridad sucia, un resplandor que rebota en los charcos de aceite brillante, revelando la magnitud de mi desamparo.

04 marzo 2026

El llanto de un genio en tiempos caóticos

En cada época convulsa aparecen creadores que, lejos de adaptarse dócilmente al ruido del mundo, deciden caminar en sentido contrario. No por rebeldía gratuita, sino porque su sensibilidad les impide aceptar la superficialidad como norma. Un genio —en el sentido más humano y menos mitificado del término— es alguien que escucha más hondo, que percibe las grietas de su tiempo y las transforma en lenguaje. En una sociedad acelerada, impersonal y cada vez más desconectada de lo esencial, estos creadores parecen ir a contracorriente. Pero, en realidad, son ellos quienes mantienen vivo el pulso de lo auténtico.

Ernest Artal pertenece a esa estirpe. La obra de este compositor y director de orquesta, lejos de buscar artificios, se sostiene sobre una convicción profunda: la música es un acto de verdad emocional, un puente directo hacia aquello que no sabemos decir con palabras. 

A mi modesto entender, no compone para impresionar, sino para conmover; no busca la complejidad, sino la claridad expresiva que permite al oyente la introspección en lo que escucha.

Incluso quienes no dominan el lenguaje musical perciben esa cualidad. La música de Artal no exige conocimientos previos: exige sensibilidad, y eso todos lo llevamos dentro. Sus piezas suelen abrir un espacio íntimo, es música que llega al fondo, aunque uno solo alcance la “primera fase” del conocimiento técnico. Porque lo esencial no está en la teoría, sino en la resonancia interior.

La pieza "El llanto", disponible en YouTube, es un ejemplo perfecto de esa poética. Interpretada por Marta Encarnación al violín y Luis Giner al piano, fue presentada en la Sala Alfonso el Magnánimo de Valencia en 2022.  

Aunque hoy se presenta como obra independiente, Ernest Artal concibe "El llanto" como el segundo movimiento de un futuro concierto para violín y orquesta, cuyo primer y tercer movimiento ya imagina y proyecta. La semilla de esta música está en una poesía que él mismo escribió hace años, un texto donde expresaba su preocupación por un mundo que avanza por senderos cada vez más caóticos, impersonales y deshumanizados.

Esa visión se escucha en cada compás. "El llanto" no es un lamento derrotado, sino un llanto lúcido, un desahogo que reconoce la herida pero también la transforma. El violín se convierte en voz humana: frágil, quebrada a veces, pero profundamente honesta. El piano sostiene, acompaña, abraza. Hay momentos de desolación, sí, pero también destellos de esperanza, como si la música recordara que incluso en medio del caos persiste una chispa de belleza que merece ser salvada.


Ramón Alfil
Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
Sus artículos en El Seis Doble |  Su estela en este ateneo 

"El llanto", de Ernest Artal, un refugio en tiempos convulsos


Recomiendo la lectura de una entrada en este blog:

03 marzo 2026

Nuestro mundo se da la vuelta como un calcetín

La tensión entre Irán y Estados Unidos nos lleva a los que simplemente queremos vivir en paz y tranquilos a un estado emocional y a una constante irritabilidad. Los que manejan los hilos de las marionetas siguen escribiendo capítulos de desconfianza, sanciones, amenazas veladas y episodios de violencia que, cada cierto tiempo, vuelven a encenderse como brasas mal apagadas. Es un conflicto que mezcla geopolítica, intereses energéticos, orgullo nacional y heridas históricas que nunca terminaron de cerrarse. Y, sin embargo, para la mayoría de nosotros, ese pulso lejano llega filtrado por pantallas que lo convierten en un espectáculo continuo de alarma.

La televisión convierte el mundo
 en un incendio permanente 

Los medios, especialmente la televisión, parecen haber encontrado en el conflicto bélico de turno, la bronca diaria de los políticuchos y la corrupción un filón inagotable. La escaleta diaria se construye como si el país fuese un ring y la sociedad, un público hambriento de golpes. La violencia callejera, la delincuencia, los escándalos… todo ocupa un espacio desproporcionado, como si las buenas noticias hubieran sido desterradas por decreto. No es que no existan; es que no venden tanto. Y así, día tras día, el mensaje se repite: el mundo es un lugar peligroso, imprevisible, al borde del colapso.

La mente en guerra con el tiempo

Esa dieta informativa termina por pasarnos factura. La sensación de que el futuro es inestable, incierto y caótico se instala en el ánimo colectivo. Vivimos con el ceño fruncido, como si estuviéramos esperando el próximo sobresalto. La irritación se vuelve un estado natural, casi una postura defensiva ante un entorno que percibimos hostil. Y lo más preocupante es que esa percepción no siempre coincide con la realidad, sino con la versión amplificada que recibimos a diario.

El desgaste emocional de vivir en alerta

El miedo al futuro no es un concepto abstracto: desgasta, erosiona, agota. Nos roba la serenidad necesaria para disfrutar de lo cotidiano. La mente, en lugar de descansar, se adelanta compulsivamente a escenarios que quizá nunca ocurran. Se convierte en una máquina de anticipar desgracias, y en ese ejercicio constante el presente deja de ser habitable. No estamos donde estamos; estamos donde tememos que estaremos.

Y así, casi sin darnos cuenta, el miedo se normaliza. Se convierte en la atmósfera en la que respiramos. Algunos logran gestionarlo, comprenderlo, ponerlo en su sitio. Otros quedan atrapados en él, como si el mundo —este mundo que ha vivido épocas peores y mejores— se hubiera dado la vuelta como un calcetín. Pero quizá no sea el mundo el que ha cambiado tanto, sino la forma en que lo miramos, la intensidad con la que nos lo cuentan, la velocidad con la que lo consumimos.

En un tiempo en el que la información nos llega en avalanchas, la verdadera resistencia consiste en recuperar el derecho a la calma, a la pausa...


Ramón Alfil
Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
Sus artículos en El Seis Doble |  Su estela en este ateneo 


REFERENCIAS

Fotografía: meineresterampe / Pixabay / Libre de derechos