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28 junio 2026

A la sombra de una morera

El bochorno había empezado antes de que el sol asomara del todo. Era ese calor espeso que no avisa, que se instala en la piel como si quisiera quedarse a vivir en ella. En el entorno no se movía ni una hoja, salvo las de la morera, que siempre parecía tener su propio ritmo, ajena a los caprichos del tiempo.

La morera era vieja, de copa ancha, de esas que ya han visto demasiados veranos como para sorprenderse por uno más. Su sombra caía redonda, generosa, como un mantel extendido para quien quisiera refugiarse. Y allí, justo en el centro, estaba el hombre.

Había colocado su sillita baja con la precisión de quien conoce el lugar desde hace años. A su lado, el botijo sudaba despacio por fuera, como si también soportara el calor. El transistor, de los de toda la vida, con su antena algo torcida, dejaba escapar un bolero de Los Panchos. La música sonaba un poco apagada, como si viniera desde muy lejos, quizá desde algún verano antiguo que el hombre recordaba sin decirlo.

Marcaba el ritmo con el pie, apenas un gesto, como si el bolero le estuviera acompañando más que entreteniendo. No había prisa en él. Tampoco tristeza. Solo esa melancolía suave que tienen los días de mucho calor, cuando uno se sienta a la sombra y deja que el tiempo pase sin pedirle nada.

De vez en cuando levantaba la vista y miraba el cielo, no para buscar nubes —que no había—, sino como quien agradece un amanecer, aunque sea así, pegajoso y tórrido. La morera, cómplice, le regalaba su sombra. Y desde una de sus ramas, un gorrión lanzó unos trinos breves, como si quisiera sumarse al bolero.

El hombre sonrió apenas. Era una sonrisa pequeña, casi secreta, de esas que solo se ven cuando uno está en paz consigo mismo. Quizá recordaba otros veranos, otras sombras, otros boleros. O quizá no recordaba nada y simplemente estaba ahí, dejando que el día hiciera lo que quisiera.

La escena era sencilla, pero tenía esa belleza que solo aparece cuando nadie la busca: un hombre, una morera, un bolero, un gorrión. Un pedazo de vida detenido, como si el verano hubiera decidido, por un momento, no seguir avanzando, de esos que pasan desapercibidos para todos menos para quien sabe mirar.

Ramón Alfil
Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
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REFERENCIAS
Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

24 junio 2026

Carta de la mente al corazón


Guadalupe Flores Téllez es un joven estudiante en el Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos CECYTE Jalisco en el Plantel Santa Anita. Apasionado por la poesía, no dudó en usar un espacio que le fue ofrecido para declamar un poema de su autoría delante de sus compañeros. Hay que ser muy valiente y, en pago a ese valor, me decidí a invitarle a publicar su primer poema.

Y aquí lo tenemos, lo cual me hace sentir orgulloso de que las nuevas generaciones quieran seguir creando nuevos caminos a la literatura. En este caso, a la poesía.

Al alumno Guadalupe lo conocí en su centro de estudios. Yo andaba por México porque habíamos ido un grupo de escritores desde las Islas Canarias a presentar el libro de antología «Charlas de café (Internacional)» junto a otros autores mexicanos. Por intercesión de la editorial Proyección Literaria y la gestora cultural Banny Mejía, pudimos recorrer varios municipios impartiendo charlas. Recuerdo que ese día fue especialmente duro. Cada uno de nosotros dio varias conferencias en la mañana, disgregados por varios centros. Por la tarde, todos juntos, hicimos una sesión en el CECYTE Jalisco. Fue mágico.

En un momento en que alguna de nuestras autoras leyó un poema, invitó a que alguno de los espectadores se lanzara a leer alguno, si lo tenían. Guadalupe se lanzó y nos leyó su poema. Todos aplaudieron. A mí me emocionó su atrevimiento e, instintivamente, supe que eso debería tener algún premio. Lo que me salió fue arrancarme a invitarle a publicar uno en mi blog. Después de un tiempo de trabajo, aquí les mostramos su obra.

Espero que sea la primera de muchas. Lo presiento.

20 junio 2026

El latido que se hizo esperar

El zeta avanzaba despacio por una de las calles de la ciudad, como si la tarde se hubiera quedado atascada en un silencio espeso. La pareja de agentes de la Policía Nacional —Serrano y Aguilar— llevaba ya demasiadas horas patrullando entre discusiones vecinales, denuncias absurdas y esa fauna urbana que parece empeñada en desgastar la paciencia. Nada hacía presagiar que aquel turno rutinario estaba a punto de quebrarse.

Al girar la esquina, vieron un pequeño tumulto. Un círculo de personas rodeaba a un hombre tendido en el suelo. Algunos gritaban, otros lloraban, otros simplemente miraban sin saber qué hacer. Serrano frenó en seco. Aguilar ya estaba fuera del coche antes de que el motor se apagara.

—Aparten, por favor —ordenó Serrano, abriéndose paso.

El hombre yacía inmóvil, la piel cenicienta, los labios amoratados. No respiraba. Aguilar se arrodilló junto a él y comprobó el pulso. Nada. Ni un hilo, ni un susurro de vida.

—RCP —dijo, sin levantar la vista.

Serrano se colocó a su lado. Aguilar entrelazó las manos y comenzó las compresiones, firmes, constantes, marcando un ritmo que parecía golpear también el aire alrededor. La multitud guardó un silencio reverencial, como si cada presión fuera una plegaria.

A los pocos segundos, Serrano tomó el relevo. Se turnaban sin hablar, sin pensarlo, como si sus cuerpos supieran lo que había que hacer antes que sus mentes. El sudor les corría por la frente. El tiempo se había vuelto una sustancia espesa, interminable.

Un ruego suspendido entre la vida y la nada. 
Como si aquel cuerpo les pidiera que no lo dejaran ir.

En algún momento, mientras presionaba el pecho del hombre, Serrano creyó ver algo en su rostro. No un gesto consciente —sabía que estaba inconsciente—, sino una especie de súplica muda, un ruego suspendido entre la vida y la nada. Como si aquel cuerpo, aun sin voz, les pidiera que no lo dejaran ir. Aguilar también lo notó: una tensión mínima en la mandíbula, un temblor casi imperceptible en los párpados. Señales que quizá no significaban nada… o quizá lo significaban todo.

—Aguante, caballero… —murmuró Aguilar, sin saber si le oía.

Las sirenas se escucharon a lo lejos. Los sanitarios llegaron corriendo, desplegando material, tomando el control con la precisión de quien pelea cada día contra la muerte. Los policías se apartaron, jadeando, con las manos temblorosas. Vieron cómo conectaban electrodos, cómo administraban oxígeno, cómo el cuerpo del hombre respondía con un leve espasmo.

El latido...

Y entonces, un pitido. Un latido. Uno solo. Luego otro. Y otro.

Los sanitarios se miraron y asintieron. Había esperanza.

—Le habéis salvado la vida, sin vuestra reanimación cardiopulmonar no lo hubiéramos recuperado… —dijo el médico a los policías.

Serrano y Aguilar se quedaron quietos, como si no supieran qué hacer con la adrenalina que aún les recorría el pecho. Luego se miraron. No dijeron nada. No hacía falta. Se abrazaron con fuerza, un abrazo breve pero lleno de esa emoción que rara vez se permite en su oficio. Entre tanta miseria diaria, entre tanta chusma, de vez en cuando la vida les regalaba un instante así. Un instante que justificaba todo lo demás.

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La habitación del hospital estaba en penumbra cuando el hombre abrió los ojos. Primero vio el techo, borroso. Luego, poco a poco, las formas se hicieron nítidas: su mujer, con las manos temblorosas; sus dos hijas pequeñas, abrazadas a la cama, mirándolo como si temieran que desapareciera si parpadeaban.

Él intentó hablar, pero solo le salió un sollozo. Las niñas se echaron sobre él, la mujer le tomó la mano, y el hombre lloró. Lloró por el miedo, por el regreso, por la vida que aún tenía entre los dedos.

No sabía quiénes habían sido los que le devolvieron el latido. Pero en algún lugar de la ciudad, dos policías seguían patrullando, con el uniforme sudado y el alma un poco más llena.


Ramón Alfil
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REFERENCIAS
Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

11 junio 2026

La vitalidad del libro en papel frente a las pantallas

Catedrático de Historia contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Pedro Rújula (Alcañiz, 1965) se ha especializado en los fenómenos políticos, sociales y culturales en los orígenes del mundo contemporáneo. Estos temas no solo han centrado sus investigaciones, sino que le han llevado a escribir libros como Contrarrevolución (1820-1840) o El Trienio liberal. Revolución e independencia, 1820-1823. También ha participado en primera persona en el mundo editorial y entre 2010 y 2025 fue director de la editorial Prensas de la Universidad de Zaragoza. En Manifiesto Zombi. El poder del libro (Editorial CSIC, 2026) combina ese interés por la historia y el mundo del libro. El texto reflexiona sobre si en ese futuro que algunos visualizan como digital y en la nube tiene cabida el libro en papel, e invoca a quienes el autor denomina ‘zombis’, es decir, las personas que desean seguir disfrutando de los beneficios y los placeres de la cultura del libro y están convencidos de que los libros impresos tienen futuro. Conversamos con él a propósito de esta nueva publicación, editada en acceso abierto por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
CSIC Cultura Científica


El Consejo Superior de Investigaciones Científicas, previo acuerdo y autorización, es una fuente directa de "El Ateneo de los Amigos de Larra". Desde el blog, damos a su información de utilidad pública la difusión que merece.

10 junio 2026

El límite de la sutura

La luz del amanecer entraba en la habitación con un tono grisáceo y pálido. Era una claridad sucia, filtrada por unas cortinas de terciopelo que habían visto pasar demasiadas transacciones sin nombre. Malena se encontraba sentada en el borde de la cama, de espaldas al hombre, sintiendo cómo el frío del aire acondicionado le erizaba el vello de la nuca. El silencio era un zumbido eléctrico, una presión en los oídos que la obligaba a concentrarse en el sonido de su propia respiración.

A sus pies, sus botas de cuero negro brillaban con un fulgor arrogante. Se las puso con una lentitud ceremonial. Con cada tirón de la cremallera sentía que se alejaba un poco más de lo que había pasado.

—¿Cuándo vuelvo a verte? —La voz del hombre, un tal Mauricio, cuyo apellido ella había olvidado en cuanto lo leyó en la reserva, sonó espesa, cargada de una gratitud que Malena encontraba repulsiva.

Ella no respondió de inmediato. Se puso de pie y buscó su sujetador entre las sábanas revueltas. El gesto de buscar su ropa entre los restos del naufragio sexual la hacía sentir como una arqueóloga de su propia desgracia.

—No lo sé. Tengo mucho lío esta semana —dijo finalmente. Su voz era un bisturí: aséptica, precisa, diseñada para no dejar margen a la réplica.

Mauricio se incorporó, dejando al descubierto un torso que empezaba a ceder a la gravedad. Era un hombre poderoso en su despacho, un tipo que firmaba contratos millonarios, pero allí, bajo la luz cruda de las siete de la mañana, no era más que un amasijo de inseguridades envuelto en sábanas de quinientos hilos. Se rascó la perilla grisácea y buscó su billetera en la mesilla de noche.

09 junio 2026

En un libro abierto empieza la revolución

La cultura no avanza a golpes de ruido, sino a pequeños destellos de atención.

Un libro abierto, una melodía suave, una frase que nos obliga a detenernos: ahí empieza siempre la verdadera revolución.

No en la prisa, sino en la pausa.

No en el grito, sino en la mirada que se afina.

Ismael A.

REFERENCIAS

Fotografía: Dariusz Sankowski. Libre de derechos. 

01 junio 2026

El retrato de su señor

La joven criada se inclinaba cada día sobre el retrato de su señor como si temiera que el aire pudiera borrar aquel rostro que contemplaba.

Las cortinas del cuarto filtraban la luz con un tono dorado y antiguo. En esa penumbra pensaba que nadie la podía ver y su secreto estaría guardado. 

Pasaba el plumero con sumo cuidado. Sus manos, acostumbradas al trabajo rudo y no a la ternura, rozaban con mucha delicadeza el marco, como si temiera profanar algo sagrado.

Cada día repetía el mismo ritual: acercarse, contemplar, anhelar… y marcharse antes de que alguien pufiera sorprenderla y descubrir lo que ni ella misma se atrevía a admitir: un amor silencioso, condenado a lo imposible y que solo encontraba refugio en la quietud del retrato de su señor.

Relato corto basado en una obra del pintor italiano Tito Conti (1842-1924)


Ramón Alfil
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12 mayo 2026

Un cielo empedrado

Un alto en el paseo para disfrutar el momento
El horizonte se ha fragmentado en incontables escamas de algodón, en un cielo empedrado que parece el telón del cielo. Bajo esa cúpula de altocúmulos, la tierra se asoma con vértigo al azul profundo, donde las olas rompen con insistencia contra el acantilado. Entre las rocas, la vida se aferra con una pincelada silvestre; ramas secas que apuntan al infinito como dedos de madera, escoltadas por hojas y flores rojizas 
El tiempo se detiene entre la quietud del mar Mediterráneo y el desorden perfecto del cielo. 

Ramón Alfil
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REFERENCIAS
Fotografía: Ramón Alfil (colección nubes).
Oropesa del Mar (Castellón), entre la bahía de La Concha y el faro.
rinconesmarinos_adl   fotosymar_adl   literaturaymar_adl

10 mayo 2026

Mabel Lozano profundiza en su cruzada contra la esclavitud que provoca la prostitución en su novela "Ava"

La directora manchega Mabel Lozano profundiza en su cruzada contra la esclavitud que provoca la prostitución en su novela «Ava», una ampliación de su cortometraje homónimo con el que ganó el Goya al mejor Corto Documental 2024.

Pues, gracias a mi querida amiga Begoña Vera, tuve oportunidad de conocer y de profundizar en la obra de Mabel Lozano. Un regalo que algún día le pagaré en cañas. Viendo lo involucrada que está, en cuerpo y alma, con la causa de la explotación sexual, me vi en la necesidad de ayudar en la medida en la que mis posibilidades me permiten. Y de allí a aquí, unos buenos ratos compartidos la otra tarde para hacer esta entrevista. Como buena manchega (igual que mi mamá), congeniamos desde el principio con ese don de gentes que tienen en los genes los lugareños de esas tierras quijotescas.

Mabel vino a las Islas Canarias a promocionar su novela «Ava» en el Castillo de Mata de la capital grancanaria, ganadora del premio Letras del Mediterráneo 2025 que organiza la Diputación de Castellón en el apartado de Novela Negra. Está publicada por la editorial Alrevés y es como una especie de ampliación del cortometraje de mismo título con el que se alzó con la estatuilla del Goya al Mejor Cortometraje Documental. Es una película de 18 minutos en la que aborda el sinsentido de la trata y explotación sexual a mujeres con discapacidad intelectual. Tienen que verlo.

Lo primero, Mabel, estoy encantado con la invitación que me han hecho para asistir a la presentación de tu libro «Ava». ¿Qué va a encontrar el lector en este libro?

Pues va a encontrar una historia de amor preciosa entre mujeres, sororidad, lazos preciosos.

Permanecer sin juzgar al de al lado, sin querer que cambie. Y quedarte, y quedarte porque el amor puede todo eso. Es una historia muy bonita y también es una historia muy dura.

Habla de las nuevas formas de captación, del nuevo proxenetismo 2.0 y de estas plataformas que banalizan tanto a los chavales y son entradas solapadas a la prostitución de toda la vida.

28 abril 2026

Dos revólveres enfrentados

A cada uno de los dos le dieron un revólver. Los pusieron de frente, separados a una distancia considerable. El que lograra matar a su oponente cobraría un buen fajo de billetes. El primero que disparase tenía dos opciones: abatir a su contrincante y ganar el dinero pactado o fallar y hacer que el opuesto adelantara cinco pasos y esperar su disparo. Así sucesivamente hasta que uno de los dos muriera.
Ninguno se atrevía a ser el primero. Hubo mucha tensión. Todos estaban atentos hasta que uno, con dolor en el alma, tiró a dar. La pistola falló y no hubo descarga. El otro, sonriendo, avanzó los pasos convenidos y, apuntando, disparó sin temores. La pistola tampoco funcionó. Extrañados, miraron hacia los organizadores. Ninguno entendía por qué, algunos de ellos, estaban brincando de alegría.
Les habían dado unas pistolas sin balas. Aquella era una simple tarde de apuestas en la que ganaría el que acertara cuál de los dos apretaría el gatillo primero.
Y así son las guerras de la humanidad. Los que más beneficios han sacado, nunca han sido los que han tenido que empuñar las armas.

10 abril 2026

Anatomía de una bala


El martillo de la Colt 45 cayó con la irrevocabilidad de una guillotina. Fue un beso de acero contra el fulminante, una chispa de amor violento que despertó al dios dormido en la recámara. Dentro del cilindro de latón, la pólvora dejó de ser un sedimento inerte para transformarse en una expansión de gas incandescente, una violencia pura latiendo en milímetros de metal. El proyectil, un trozo de plomo encamisado en cobre, sintió el empujón brutal de una atmósfera de infierno que lo expulsaba de su nido de pólvora.

La bala comenzó su danza espiral. Las estrías del cañón, surcos de un destino tallado en frío, obligaron al plomo a girar sobre sí mismo. Aquella rotación no era un simple movimiento físico; era una obsesión giroscópica, una búsqueda de estabilidad en el caos del vuelo. El arma escupió un fogonazo de azufre y sombra que iluminó la habitación con la brevedad de un relámpago en un cementerio. El estruendo, una muralla de sonido sólido, quedó congelado en el tiempo para los oídos del tirador, convirtiéndose en una vibración que recorría los huesos de su brazo hasta anclarse en la base del cráneo.

El hombre tras la mira no era ya un hombre, sino una prolongación de la empuñadura de madera de nogal. Su dedo índice, una palanca de carne y rencor, mantenía la presión residual después del disparo. En su retina, la imagen del objetivo se había quemado con la intensidad de un negativo fotográfico expuesto al sol. El tirador habitaba ese instante de suspensión donde la culpa todavía no existe porque el impacto aún no ha ocurrido.

05 abril 2026

Descifrando el Barroco (I)


Para entender un periodo cultural artístico o literario no podemos dejar de estudiar y comprender el contexto en el que se desarrolla. Coordenadas políticas, sociales, económicas, religiosas, que influirán en gran manera en los creadores. El Barroco se desarrolló temporalmente en el siglo XVII, extendiéndose a los siglos anterior y posterior según estudios y material analizado. Esa época fue de crisis en España. Los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II estuvieron marcados por la decadencia del Imperio construido por sus antecesores. Ese sentimiento de crisis se va a trasladar a la literatura, marcando sus temas y estilos.

La fugacidad del tiempo, la muerte, la inestabilidad, serán patrón común de historias y poemas; sin embargo, los autores buscaron innovar géneros y estilos, con múltiples registros que intentaban provocar admiración en sus lectores.

Se tiene por sabido que fue el Barroco periodo de producciones complejas y difíciles de comprender, llegando casi al hermetismo. Eran fruto de una concepción elevada e ingeniosa del relato escrito. La dificultad en desentrañar algunos de los alegatos poéticos de Góngora o Quevedo tienen su base en una de las grandes preocupaciones de los artistas barrocos: mostrar su ingenio, su inteligencia, a la vez que sus emociones. Esta dificultad será un rasgo que defina la labor del poeta barroco.

Dos líneas de producción se advierten en la literatura de este siglo: el conceptismo y el culteranismo, y los autores se adscribirán a uno u otro, llegando a batallas dialectales y enfrentamientos indirectos en sus poemas y narrativas. Góngora será el culterano por excelencia, y Quevedo, su némesis, el conceptista burlón. Los culteranos complican el lenguaje y las metáforas, con técnicas basadas en hipérboles y neologismos, en palabras cultas de tradición latinizante, alcanzando como hemos dicho el hermetismo y complicando la interpretación del poema. Sus contrincantes son más directos, más burlones y satíricos.

Es esta una breve pincelada sobre un periodo de creación literaria intenso y espectacular. Por algo fue llamado Siglo de Oro. Poco a poco iré desentrañando algunas de las características y claves más importantes y que facilitarán su comprensión ayudando a entender el Barroco en su vertiente literaria.


José Luis Monroy Antón

Médico. Escritor. Historiador. Ha publicado varias novelas de diferente género: Los ríos nunca miran atrás (novela negra); Ciudad Ciudad Fahrenheit (distopía); La crónica de Martín Lucena (histórica-fantástica) y Pastillas de Colores (poemario). Colaborador en revistas y diarios digitales (El Debate, Weird Review, Ucrónica), escribiendo relatos breves, ensayos y artículos de opinión. Coordina el club de lectura de la Biblioteca Municipal de Alzira.
Otros libros: Retales después de la tormentaTriángulo escaleno y La compañía Batablanca. 


REFERENCIAS
Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

16 marzo 2026

La tiranía del interruptor

La luz de la mañana se derramaba por el ventanal, un lienzo de vidrio doble que sofocaba el estruendo de la ciudad hasta convertirlo en un ronroneo lejano, un latido mecánico encargado de arrullar su despertar. Hugo no abrió los ojos de inmediato. Extendió un brazo, una extremidad pálida que apenas conocía el peso del sol, y su mano encontró el dispositivo sobre la mesita de noche. El cristal cobró vida bajo su yema. Un movimiento circular, una caricia eléctrica, y las persianas se deslizaron hacia arriba con un suspiro de servidumbre. El exterior, esa cuadrícula de acero y asfalto, se presentó ante él como un decorado inofensivo, una proyección muda tras el panel aislante.

En la cocina, el agua iniciaba su ascenso térmico antes de que sus pies tocaran el suelo. La cafetera, un bloque de cromo y precisión, comenzaba su liturgia de vapor y aroma. Hugo caminaba descalzo sobre la madera radiante, un calor invisible que emanaba de las vetas barnizadas para proteger sus plantas del rigor del invierno que golpeaba fuera. La temperatura de la estancia era una constante matemática, una burbuja de aire domesticado que ignoraba las leyes de la estación. 

Se detuvo frente al refrigerador. La puerta cedió con un vacío sordo, revelando una arquitectura de frascos y paquetes sellados. No había rastro de tierra en las espinacas, ni memoria de sangre en el filete envuelto en film transparente. Todo era limpio, aséptico, despojado de su origen violento. Hugo tomó un envase de zumo; la tapa de plástico se rindió con un chasquido satisfactorio, una pequeña victoria de la ingeniería sobre la materia. Bebió mientras su atención se hundía en el flujo incesante de imágenes de su pantalla.

Aquella era su verdadera respiración: el flujo de datos. Su pulgar derecho ejecutaba una danza monótona, un scroll infinito que desfilaba rostros, paisajes retocados y sentencias de una profundidad de escaparate. Cada vez que su dedo se detenía y presionaba dos veces, un corazón rojo brotaba sobre el cristal. Era un acto de creación sin esfuerzo, una moneda de cambio en un mercado de sombras donde él se sentía, al mismo tiempo, juez y parte. No necesitaba saber de qué entrañas de la tierra procedía la electricidad que alimentaba aquel brillo, ni qué manos habían recolectado las naranjas de su vaso, ni de qué bosque remoto provenía la mesa donde apoyaba el codo. La cadena de milagros que lo mantenía a salvo era tan extensa y tan perfecta que se había vuelto invisible.

08 marzo 2026

Rebeca, una obra maestra


Por todos es conocida la figura del director de cine británico Alfred Hitchcock. Es ya un tópico utilizar para definirle la frase de “mago del suspense”. Fue el género que cultivó en su dilatada trayectoria profesional, aunque en alguna entrevista dijo que él lo que hacía eran películas cómicas. Uno de los puntales en los que se apoyaba era la adaptación de novelas, con mayor o menor fidelidad a los textos originales, en función de las características literarias y la historia que se pretendiese contar. Junto con Psicosis, tal vez sean Rebeca y Los Pájaros las más llamativas y conocidas de todas las que adaptó. La relación de Hitchcock con la literatura probablemente sea una de las más fructíferas en la historia de la fusión de los dos artes, literario y cinematográfico, y el análisis de esta conjunción es tan rico en matices que podríamos llenar páginas y horas disertando sobre ello. Vamos a comenzar con la que, con permiso de Psicosis, para mí es la más paradigmática de esta conjunción literatura-cine: Rebeca.

La novela de la escritora Daphne du Maurier nos cuenta la historia de una joven casada con un viudo británico. Al llegar a Manderley, la mansión donde habitan, la joven encuentra que todo el ambiente, incluso la servidumbre, los amigos, los conocidos de la zona, rinden devoción a la antigua señora de la casa: Rebeca de Winter. El fantasma de Rebeca está presente en todas las esquinas del lugar, y esconde un misterio solo revelado al final del relato. Hitchcock recoge este guante de misterio psicológico y lo eleva a un escalón superior con su película, convirtiendo a Rebeca en un personaje y una historia que son leyenda del arte cinematográfico y literario.

De todos los puntos clave, situaciones y conflictos que abordan novela y película, solo puedo quedarme con unas pequeñas muestras de la intensidad de ambas. Tal vez en otra ocasión dirija la vista a otros elementos de interés.

05 marzo 2026

El nombre que se borra


El frío no es una condición del aire, es un animal de dientes finos que devora la superficie de mi piel. Me incorporo con la lentitud de quien teme romperse. La verticalidad es una conquista dolorosa, mis manos, extensiones de un cuerpo que ha olvidado la firmeza, tantean la superficie rugosa en busca de un equilibrio precario. El suelo, una plancha de piedra gris y áspera, me devuelve la indiferencia del mundo mineral. No hay memoria de suavidad, solo la certeza del ángulo recto y la humedad que asciende desde las profundidades del asfalto.

El hambre es el otro habitante de mi soledad. No es un deseo, sino un hueco negro, una presencia física que muerde mis entrañas con la insistencia de un parásito. Mis costillas, peldaños de una escalera que no conduce a ninguna parte, se marcan bajo la superficie de mi cuerpo con cada respiración. Inhalar es un acto de valentía, el aire transporta partículas de óxido, el aliento acre de las máquinas que rugen en la distancia y el rastro rancio de los desperdicios ajenos.

El mundo es una geometría de dimensiones imposibles. Desde mi posición, la realidad se fragmenta en muros de hormigón que se pierden en las nubes, montañas de caucho negro que exhalan vapores tóxicos y pedestales metálicos que custodian banquetes inalcanzables. Existo en el ángulo muerto de la mirada ajena, allí donde las presencias se anuncian antes por su vibración que por su forma. Soy un recolector de impactos, descifro la proximidad del peligro a través de la onda que recorre el pavimento y sacude mis articulaciones, traduciendo cada temblor en una orden de retirada. La luz de la mañana no trae consuelo, es una claridad sucia, un resplandor que rebota en los charcos de aceite brillante, revelando la magnitud de mi desamparo.

25 febrero 2026

El último trayecto

La ciudad era un organismo herido, sangrando luces rojas y ámbar bajo una lluvia que no mojaba, sino que barnizaba las calles con una pátina de mercurio. Fabio aguardaba en la acera, envuelto en el aroma de su propio triunfo: el perfume de trescientos euros la onza y el rastro metálico del champán caro que aún le escocía en la garganta. Su maletín de piel de cocodrilo pesaba con la gravedad de los contratos cerrados y las vidas ajenas desmanteladas. Al levantar la mano, el aire pareció cristalizarse.

Un sedán negro, con el brillo de una cuchilla recién afilada, emergió del vaho nocturno. No hubo chirrido de frenos, solo un deslizamiento silencioso sobre el pavimento líquido. La puerta se abrió con un suspiro de vacío neumático.

Fabio se hundió en el asiento trasero. El habitáculo lo recibió con el abrazo de un guante de seda. El olor era extraño: no había rastro de los ambientadores de pino barato que suelen poblar esos cubículos. El aire olía a ozono, a biblioteca antigua y a la tierra mojada que precede a las tormentas definitivas.

A la zona alta. Calle Neptuno, cuarenta y cuatro ordenó Fabio, sin despegar los ojos de su teléfono, cuya pantalla proyectaba un fulgor azulado sobre sus facciones afiladas.

El motor inició su marcha. No era un rugido, sino un ronroneo profundo que vibraba en la base del cráneo. El conductor era una silueta de hombros anchos, coronada por una gorra que proyectaba una sombra impenetrable sobre el espejo retrovisor. Sus dedos, largos y marmóreos, se posaban sobre el cuero del volante con una delicadeza sacerdotal.

Noche larga, ¿verdad? La voz del taxista era un barítono aterciopelado que parecía emanar de las paredes del coche más que de su propia garganta.

Fabio soltó un bufido de autocomplacencia, guardando el teléfono en el bolsillo interior de su americana.

Larga y lucrativa. He enterrado a dos competidores antes de la medianoche. Mañana, sus acciones valdrán menos que el papel en el que están impresas.

El éxito es un plato que se sirve frío, dicen comentó el conductor, girando el volante con una parsimonia hipnótica. Aunque el precio de la vajilla suele ser elevado. ¿Se siente usted satisfecho, señor...?

20 febrero 2026

El estruendo del vacío

 

Ilustración: Bernardo Vidal

Theo apoya la frente contra el cristal frío de su estudio mientras observa cómo la calle se convierte en una masa de metal y caucho que avanza a tirones, una corriente donde las bocinas de los taxis perforan el aire viciado de humo y las risas de los adolescentes ascienden por la fachada para filtrarse por las rendijas de la ventana mal ajustada. Ante él descansa el lienzo en blanco, una superficie que la luz de los semáforos tiñe de un rojo intermitente y luego de un verde bilioso, mientras el vecino golpea un clavo en la pared contigua con un martillo de acero cuyo impacto rítmico le impide escuchar su propia respiración. Theo suelta el pincel con los dedos temblorosos, dominado por el deseo de una pausa absoluta que ocupe todo su espacio mental, una voluntad de hallar un interruptor capaz de desactivar, de una vez por todas, la frecuencia cardíaca de la ciudad.

Baja a la calle para comprar tabaco y el aire le devuelve una densidad de sudor rancio y escape de gasoil, una atmósfera donde los hombros de los transeúntes golpean los suyos en la acera estrecha sin que nadie pida perdón, mientras la mujer del quiosco habla por teléfono y le entrega el cambio con una desgana que se manifiesta en un zumbido nasal perceptible hasta en sus encías. Regresa a su portal, sube las escaleras impregnadas de un olor a col hervida que parece adherirse a las paredes y se encierra en su dormitorio, tumbándose en la cama con la almohada presionando sus oídos para registrar, como último estímulo, el estruendo de un avión que atraviesa el cielo nocturno y rasga la oscuridad con una violencia sónica definitiva.

18 febrero 2026

El gato del puerto


Foto: Ramón Alfil

Un sol débil y atenuado por un cielo nuboso empezaba a ceder su puesto a la noche. Sus últimos guiños dejaban una estela blanquecina en el agua de aquel puerto tranquilo. La tarde estaba coloreada de ocres, algo habitual en los atardeceres de invierno.
Sentado en un pequeño espigón habilitado para la pesca recreativa con caña descansaba un gato negro patiblanco. Su presencia inmóvil estaba en armonía con la calma y el silencio del lugar, tan solo roto por el graznido de alguna gaviota y un ligero golpeteo del agua contra las rocas.
El gato tenía colmada sus necesidades porque acababa de comerse los restos de sardinas y boquerones que unos minutos antes habían servido de cebo a un pescador. Con la panza llena y el instinto satisfecho no tenía más compromiso que disfrutar del calorcito que aún despedía la piedra después de bastantes horas de sol.
El mar, algo revuelto a lo lejos, hacía las paces consigo mismo arropado por las escolleras del puerto. En el muelle frontal estaba atracado un barco mercante. Para el gato, aquella mole de hierro no era un centro de trabajo en el que sus tripulantes van acelerados y marcados por el característico torbellino comercial, un trabajo muy duro y el estrés que conlleva un mundo excitado. Para el gato, aquel monstruo cargado de contenedores era una sombra más en el paisaje. Su mundo no se medía en objetivos mercantiles, ni en lucros dinerarios o en la creación de necesidades superfluas, normalmente compulsivas, sino en la temperatura de la piedra bajo su cuerpo y en el grado de saciedad de su estómago. Aquel animal no necesitaba nada más, comprendía a su manera lo que significaba la palabra "suficiente".


Ramón Alfil
Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
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REFERENCIAS 
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Foto: Ramón Alfil. Una tarde de invierno en el puerto de Gandia (Valencia).

04 febrero 2026

La escritora y su asesino



La escritora estaba ensamblando la escena de un crimen espantoso y sanguinario. Cuidaba cada detalle del asesino para que no dejara rastro alguno en la investigación de la policía. De alguna manera, se identificaba más con el asesino que con los agentes que intentarían llegar al desenlace del homicidio.
En el estudio reinaba un silencio monacal, tan solo interrumpido por el fuerte tecleo sobre una vieja máquina de escribir y algún crujido de la madera de la mesa. 
La atmósfera estaba coloreada de un gris azulado que ondeaba en capas, como una neblina perpetua alimentada por el humo de bastantes cigarrillos.
A la escritora, de siempre, le fascinaban los gatos y los caracoles porque eran seres vivos silenciosos y tranquilos. En aquella larga noche literaria estaba acompañada por su gato, que buscaba el calorcito de un flexo, y unos caracoles que salían de su terrario y dejaban una marca de baba sobre la mesa y unos folios desordenados. 
Mientras el crimen cobraba vida sobre el papel, la escritora combinaba la paranoia de aquel asesino con un sorbo de whisky, alguna caricia al gato y redirigiendo al terrario a algún caracol que se salía de los lindes que ella misma consideraba como prudentes.
Sonó el timbre, se asustó, ¿quién podría ser?, pensó... Se dirigió a la puerta, acercó su ojo a la mirilla y vio a Logan, el asesino que estaba ficcionando en la novela. Tuvo miedo, pero abrió la puerta de golpe. No había nadie en el descansillo.

Ramón Alfil

Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
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Escucha este relato / Voz: J.M.O.



J.M.O.
En nuestro ateneo pone muchas veces... ¡la voz!
"A distinguir me paro las voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces, una". Antonio Machado



REFERENCIAS
- Patricia Highsmith falleció un 4 de febrero como hoy, en 1995.
- Entre sus citas cabe destacar la siguiente: "A veces, los asesinos son más interesantes que la gente que nunca ha roto un plato".
- La fotografía ha sido creada por inteligencia artificial al solicitarle una imagen para este relato breve.