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17 octubre 2026

El mar, un último refugio para la luz

Hoy he tenido el privilegio de contemplar un horizonte marino sereno donde la última franja de luz anaranjada resistía justo encima del mar. Sobre ella, el cielo se ha ido llenando de azules profundos, violetas y grises, mientras grandes nubes oscuras avanzan como si quisieran apropiarse de la escena. En el centro, una luz difusa asomaba entre las nubes; era la Luna filtrándose a través de un velo de humedad.

A la derecha, la silueta de una montaña costera dibuja un perfil negro y rotundo contra el cielo. Algunas luces junto a la costa comienzan a encenderse, anunciando que el día termina y que la actividad humana toma el relevo de la luz natural. En el horizonte marino aparecen pequeños puntos luminosos, probablemente embarcaciones lejanas, que aportan profundidad y una sensación de distancia.

Lo que más me ha atraído es el contraste entre la calma del agua y el dramatismo de las nubes. El mar apenas muestra agitación, mientras el cielo parece debatirse entre la luz y la sombra. Es una imagen de transición. La luz naranja del horizonte aún conserva el calor de la tarde, pero los azules dominantes anuncian la noche. Hay algo melancólico, aunque no triste. Más bien recuerda esos momentos en los que uno se queda mirando el mar sin pensar en nada concreto, dejando que el tiempo fluya.

Ramón Alfil

Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
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REFERENCIAS

España, atardecer del 16 de octubre de 2026.
Desde la bahía de La Concha en Oropesa del Mar (Castellón).
Fotografía: Ramón Alfil.
fotosymar_adl  -  literaturaymar_adl

14 octubre 2026

Contemplación mediterránea

La noche cubre con su penumbra un mar tranquilo, tan tranquilo que parece un manto negro ligeramente arrugado. Ruge con sordina, pero es el único sonido que domina la noche, acompañado apenas por el canto de algunos grillos en un parque cercano.

Desde el balcón de la habitación se divisan, a lo lejos, las luces de un faro y las de varios barcos mercantes anclados a la espera de su turno para entrar en el puerto.

En primer término, un paseo que en octubre descansa del bullicio del reciente verano. Veo pasar a un abuelo que lleva de la mano a su nieto, a una mujer paseando un caniche, a un corredor y poco más...

A este escenario le faltaba un personaje habitual: la luna, dejando caer su estela sobre el lienzo del mar. Hoy ha decidido esconderse, tímida, detrás de una nube.

Quizá por eso la noche parece más íntima. El mar continúa respirando en la oscuridad, los mercantes mantienen encendidas sus pequeñas constelaciones flotantes y el paseo va quedándose vacío. Todo está en su sitio, pero la ausencia de la luna deja en el horizonte una extraña sensación de espera, como si el mar aguardara pacientemente a que alguien terminara de encender la noche.


Ramón Alfil

Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales. 
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REFERENCIAS

España, noche del 13 de octubre de 2026.
Desde el Hotel Marina de Oropesa del Mar (Castellón).
Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA). La imagen no reproduce fielmente el entorno real, sino la atmósfera de contemplación que inspiró este relato.
literaturaymar_adl

10 octubre 2026

Luis Alberto Serrano presenta su novela "El Hermano de la Princesa de Ukok"

Es un apasionante thriller histórico en el que la ficción se mezcla con personajes relevantes de parte de la historia de la humanidad, a partir de la aparición de unas momias en unos túmulos funerarios en la frontera entre Rusia y China.

La sociedad pazyryk habitó la zona de Ukok en el siglo V a.C. La Princesa de Ukok o la Dama de las Nieves, como es conocida, es una momia existente y que se puede ver en el Museo Nacional Republicano de Gorno-Altaisk, siendo una de las mejor conservadas de las que tenemos conciencia. A partir de la aparición de un grupo de túmulos funerarios en la zona de Altái, en el sur de Rusia, he creado una ficción en la que el eje central es la momia que tiene el mismo tatuaje que la Princesa de Ukok tiene en uno de sus hombros. A partir de ese momento, Fiódor, el arqueólogo ruso que financia el descubrimiento, y su amigo Bástian, experto químico en traslado de momias, se ven envueltos en una trama en la que todos jugarán sus cartas para hacerse con el poder de la momia y, lo que pudiera ser más importante, una caja que hay en el propio túmulo y que parece ser que pertenecía al enterrado.

He construido este relato a partir de una idea escrita para una revista. Un relato que se me quedó excesivamente largo fue el detonante de que pensara que, incluyendo al personaje de Candy “agente ocasional”, pudiera pasar de relato a novela, como así ha acabado sucediendo.

01 octubre 2026

La araña negra, el regreso de una lectura clandestina

En aquel 1978 de transición, sin internet y con más curiosidad que recursos, recibía una vez al mes la visita del señor Laureano, un vendedor de libros. Aún puedo verlo subir las escaleras con su cartera repleta de folletos y catálogos, semblante sonriente, su cabello blanco y fuerte y ese "bueno día, ¿cómo va ezo?" con un simpático acento andaluz. 
Para mí, abrir aquella cartera era como abrir el mundo: historia, literatura, ciencias naturales… un atlas mensual de todo lo que quería aprender. En mis estanterías de casa siguen hoy varias enciclopedias de aquella época, testigos de aquellas tardes en las que escuchaba su palique comercial con la ilusión de quien espera un descubrimiento. 
Un año antes me había vendido las obras completas de Blasco Ibáñez en cuatro tomos, editadas por Aguilar. Pero aquel día llegó con una sorpresa: dos tomos más, recién publicados, que completaban la bibliografía del escritor valenciano. Eran obras menores, textos juveniles que Blasco retocó en su madurez, y entre ellos aparecía una novela que entonces tenía un aura casi clandestina, La araña negra; un folletín anticlerical, prohibido en su tiempo, cuya intriga familiar parecía rozar el pecado mortal. No pude resistirme. Me empeñé en cómodos plazos y pagué aquellos dos tomos durante un año entero. Hoy, releída la obra, vuelvo a abrir ese recuerdo como quien abre un libro antiguo: con gratitud, con curiosidad, y con la certeza de que algunas lecturas no solo nos acompañan, sino que nos devuelven a quienes fuimos.

La araña negra, de Blasco Ibáñez, hoy...


La estructura de La araña negra responde más a un Blasco Ibáñez agitador político que al novelista maduro de otras novelas. Muchos personajes llevados al límite e intrigas familiares que se enredan como la propia metáfora del título. En la lectura actual, más de cuarenta años después, me ha parecido demasiado larga, algo espesa. No obstante, el escritor valenciano maneja con habilidad un estilo en el que la emoción es un arma narrativa tan eficaz como la argumentación.

25 septiembre 2026

El árbol de brazos desnudos al caer la tarde

El atardecer es una frontera suave en la que se deshilacha el día. La luz se va apagando con tranquilidad, sin prisa alguna.

El silencio no llega de golpe; se posa. Se instala entre las ramas, en los surcos del campo, en la tierra que respira despacio.

El campo extiende su calma como una manta antigua, hecha de horas y de estaciones, de lo que crece y de lo que espera.

Y el árbol, con sus brazos desnudos, parece guardar la escena, como un vigía desde su torre de observación.

Juntos forman un instante que no pide nada. Solo estar y observar la escena con calma. 

Ramón Alfil

Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
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REFERENCIAS 

Fotografía: Ramón Alfil. 

Camino de la ermita. La Iglesuela del Cid (Teruel).

20 agosto 2026

Corteza del corazón, de Bere L.M.

Estudiante y proyecto de escritora

Bere L.M. es una luchadora y trabajadora incansable. Desde muy temprana edad decidió que quería escribir y está poniendo los medios adecuados para que eso pase.

He podido colaborar con ella en varios relatos y me consta el esfuerzo por superarse. Me siento orgulloso de verla crecer con entusiasmo y dedicación. Las personas que estamos a su alrededor la estamos apoyando porque su actitud nos anima a poner nuestro granito de arena en ampliar su estantería de escritos. Vuelvo a publicar uno de sus relatos en este blog con la misma alegría que lo hice la primera vez. Con ello, lleva todo mi apoyo incondicional y mi apuesta por estar viendo cómo el retoño se convierte en flor.

A Bere la conocí en noviembre de 2022. Yo estaba de gira por México presentando la versión juvenil de mi novela «Las tres reinas». Como en años anteriores, impartí una conferencia a los alumnos del Instituto Aberdeen de Ciudad de México. Acabada la conferencia, la Jefa de Estudios me la presentó, dado el especial interés que había mostrado en escribir y que no se le había escapado a sus profesores. De todos es sabida mi reticencia a adoptar discípulos. Pero el brillo en los ojos que le vi ese día y la forma en que me contaba sus sueños, me recordó a mí mismo cuando soñaba con hacer mis primeras películas. No supe (ni quise) decir que no y le prometí que trabajaríamos juntos en algún proyecto. En aquel momento tenía 14 añitos.

Dos años después, y a punto de cumplir los 17, sigue creciendo decididamente. Está poniendo medios para mejorar y encamina sus estudios para cumplir sus fines. Creo que el que escribir sea uno de ellos nos debe hacer felices a todos los que estamos contribuyendo a cumplir sus ilusiones. Y seguimos de la mano con el paso del tiempo. Disfrutándolo, como debe ser.
Luis Alberto Serrano

CORTEZA DEL CORAZÓN


En un hermoso jardín habitaba un gran roble viejo, que siempre estaba bañado en el Sol. Su condena era pasar todos los días que el tiempo creyera necesarios enfrente de los grandes portones que marcaban el territorio del pueblo.

El jardín era de un verde intenso gracias al pasto que se esparcía por todos lados; las flores eran de todos los colores, siempre bailaban y hablaban todo el día; los insectos vivían bajo los pies de los que creen que son dueños del mundo, pero su simpleza los obligaba a ser dóciles; y apartado de los demás, estaba el triste Roble, que intentaba crecer más alto todavía, solo para poder ver lo que el pueblo contenía en su interior.

27 julio 2026

El doblón del capitán Ahab

Hay páginas que parecen escritas con olor a mar. Este fragmento de El doblón del capitán Ahab que leo hoy pertenece a esa estirpe antigua de palabras que convocan el mar no como escenario, sino como destino. En él late la memoria de los mares, la sombra de los grandes relatos y ese rito inevitable del viaje que convierte cada aventura en una forma de introspección. Arturo Pérez-Reverte evoca aquí la tradición de los navegantes y de los lectores que, desde la infancia, aprendieron que el horizonte es también una pregunta. Por eso lo dejo en "Fragmentos para la eternidad": porque en estas líneas el mar vuelve a ser lo que siempre fue en la literatura, un espejo donde uno se reconoce y, al mismo tiempo, se pierde.

Ramón Alfil

Fragmento de El doblón del capitán Ahab,
del libro "4 Relatos", de Arturo Pérez-Reverte

Se hace tarde, se acaban la ginebra y el tabaco, la luz del quinqué está extinguiéndose y los mosquitos me acribillan vivo. Pero no quiero irme a dormir, caballeros, sin hablarles de la materia principal de la que para mí están hechas las aventuras y los sueños: el mar. No en vano, fíjense, llevo estos cuatro galones dorados en la bocamanga. Más que el aire —nunca me interesó mucho ese medio, aparte Cinco semanas en globo, De la tierra a la luna y alguna historia así, porque mis héroes siempre tuvieron los pies en la tierra o en la movediza cubierta de un barco—, el mar fue siempre desafío y camino, y desde su infancia, asomados a los puertos y a las orillas, los hombres aprendieron a soñar con las cosas remotas que albergan, sin saberlo, en su propio corazón. Hablo de mi propio caso, si me toleran otra referencia personal al respecto. A fin de cuentas, no es casual que la que tal vez es la mejor novela de aventuras empiece con un joven llamado Edmundo Dantés a bordo de un navío llamado Faraón. O que una de las obras cumbres de la literatura universal narre minuciosamente la caza de una ballena. O que la más hermosa historia escrita para jóvenes sea un viaje por mar a la isla de los piratas. Y en todas esas novelas vinculadas al mar, caballeros, más aún que en ningunas otras, se cumple inexorable el gran ritual de la literatura, de la aventura y de la vida: el viaje peligroso mediante el que, quien se atreve a emprenderlo, progresa en el conocimiento de sí mismo y del mundo en el que vive.

REFERENCIAS 
literaturaymar_adl
Imagen basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

28 junio 2026

A la sombra de una morera

El bochorno había empezado antes de que el sol asomara del todo. Era ese calor espeso que no avisa, que se instala en la piel como si quisiera quedarse a vivir en ella. En el entorno no se movía ni una hoja, salvo las de la morera, que siempre parecía tener su propio ritmo, ajena a los caprichos del tiempo.

La morera era vieja, de copa ancha, de esas que ya han visto demasiados veranos como para sorprenderse por uno más. Su sombra caía redonda, generosa, como un mantel extendido para quien quisiera refugiarse. Y allí, justo en el centro, estaba el hombre.

Había colocado su sillita baja con la precisión de quien conoce el lugar desde hace años. A su lado, el botijo sudaba despacio por fuera, como si también soportara el calor. El transistor, de los de toda la vida, con su antena algo torcida, dejaba escapar un bolero de Los Panchos. La música sonaba un poco apagada, como si viniera desde muy lejos, quizá desde algún verano antiguo que el hombre recordaba sin decirlo.

Marcaba el ritmo con el pie, apenas un gesto, como si el bolero le estuviera acompañando más que entreteniendo. No había prisa en él. Tampoco tristeza. Solo esa melancolía suave que tienen los días de mucho calor, cuando uno se sienta a la sombra y deja que el tiempo pase sin pedirle nada.

De vez en cuando levantaba la vista y miraba el cielo, no para buscar nubes —que no había—, sino como quien agradece un amanecer, aunque sea así, pegajoso y tórrido. La morera, cómplice, le regalaba su sombra. Y desde una de sus ramas, un gorrión lanzó unos trinos breves, como si quisiera sumarse al bolero.

El hombre sonrió apenas. Era una sonrisa pequeña, casi secreta, de esas que solo se ven cuando uno está en paz consigo mismo. Quizá recordaba otros veranos, otras sombras, otros boleros. O quizá no recordaba nada y simplemente estaba ahí, dejando que el día hiciera lo que quisiera.

La escena era sencilla, pero tenía esa belleza que solo aparece cuando nadie la busca: un hombre, una morera, un bolero, un gorrión. Un pedazo de vida detenido, como si el verano hubiera decidido, por un momento, no seguir avanzando, de esos que pasan desapercibidos para todos menos para quien sabe mirar.

Ramón Alfil
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Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

24 junio 2026

Carta de la mente al corazón


Guadalupe Flores Téllez es un joven estudiante en el Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos CECYTE Jalisco en el Plantel Santa Anita. Apasionado por la poesía, no dudó en usar un espacio que le fue ofrecido para declamar un poema de su autoría delante de sus compañeros. Hay que ser muy valiente y, en pago a ese valor, me decidí a invitarle a publicar su primer poema.

Y aquí lo tenemos, lo cual me hace sentir orgulloso de que las nuevas generaciones quieran seguir creando nuevos caminos a la literatura. En este caso, a la poesía.

Al alumno Guadalupe lo conocí en su centro de estudios. Yo andaba por México porque habíamos ido un grupo de escritores desde las Islas Canarias a presentar el libro de antología «Charlas de café (Internacional)» junto a otros autores mexicanos. Por intercesión de la editorial Proyección Literaria y la gestora cultural Banny Mejía, pudimos recorrer varios municipios impartiendo charlas. Recuerdo que ese día fue especialmente duro. Cada uno de nosotros dio varias conferencias en la mañana, disgregados por varios centros. Por la tarde, todos juntos, hicimos una sesión en el CECYTE Jalisco. Fue mágico.

En un momento en que alguna de nuestras autoras leyó un poema, invitó a que alguno de los espectadores se lanzara a leer alguno, si lo tenían. Guadalupe se lanzó y nos leyó su poema. Todos aplaudieron. A mí me emocionó su atrevimiento e, instintivamente, supe que eso debería tener algún premio. Lo que me salió fue arrancarme a invitarle a publicar uno en mi blog. Después de un tiempo de trabajo, aquí les mostramos su obra.

Espero que sea la primera de muchas. Lo presiento.

20 junio 2026

El latido que se hizo esperar

El zeta avanzaba despacio por una de las calles de la ciudad, como si la tarde se hubiera quedado atascada en un silencio espeso. La pareja de agentes de la Policía Nacional —Serrano y Aguilar— llevaba ya demasiadas horas patrullando entre discusiones vecinales, denuncias absurdas y esa fauna urbana que parece empeñada en desgastar la paciencia. Nada hacía presagiar que aquel turno rutinario estaba a punto de quebrarse.

Al girar la esquina, vieron un pequeño tumulto. Un círculo de personas rodeaba a un hombre tendido en el suelo. Algunos gritaban, otros lloraban, otros simplemente miraban sin saber qué hacer. Serrano frenó en seco. Aguilar ya estaba fuera del coche antes de que el motor se apagara.

—Aparten, por favor —ordenó Serrano, abriéndose paso.

El hombre yacía inmóvil, la piel cenicienta, los labios amoratados. No respiraba. Aguilar se arrodilló junto a él y comprobó el pulso. Nada. Ni un hilo, ni un susurro de vida.

—RCP —dijo, sin levantar la vista.

Serrano se colocó a su lado. Aguilar entrelazó las manos y comenzó las compresiones, firmes, constantes, marcando un ritmo que parecía golpear también el aire alrededor. La multitud guardó un silencio reverencial, como si cada presión fuera una plegaria.

A los pocos segundos, Serrano tomó el relevo. Se turnaban sin hablar, sin pensarlo, como si sus cuerpos supieran lo que había que hacer antes que sus mentes. El sudor les corría por la frente. El tiempo se había vuelto una sustancia espesa, interminable.

Un ruego suspendido entre la vida y la nada. 
Como si aquel cuerpo les pidiera que no lo dejaran ir.

En algún momento, mientras presionaba el pecho del hombre, Serrano creyó ver algo en su rostro. No un gesto consciente —sabía que estaba inconsciente—, sino una especie de súplica muda, un ruego suspendido entre la vida y la nada. Como si aquel cuerpo, aun sin voz, les pidiera que no lo dejaran ir. Aguilar también lo notó: una tensión mínima en la mandíbula, un temblor casi imperceptible en los párpados. Señales que quizá no significaban nada… o quizá lo significaban todo.

—Aguante, caballero… —murmuró Aguilar, sin saber si le oía.

Las sirenas se escucharon a lo lejos. Los sanitarios llegaron corriendo, desplegando material, tomando el control con la precisión de quien pelea cada día contra la muerte. Los policías se apartaron, jadeando, con las manos temblorosas. Vieron cómo conectaban electrodos, cómo administraban oxígeno, cómo el cuerpo del hombre respondía con un leve espasmo.

El latido...

Y entonces, un pitido. Un latido. Uno solo. Luego otro. Y otro.

Los sanitarios se miraron y asintieron. Había esperanza.

—Le habéis salvado la vida, sin vuestra reanimación cardiopulmonar no lo hubiéramos recuperado… —dijo el médico a los policías.

Serrano y Aguilar se quedaron quietos, como si no supieran qué hacer con la adrenalina que aún les recorría el pecho. Luego se miraron. No dijeron nada. No hacía falta. Se abrazaron con fuerza, un abrazo breve pero lleno de esa emoción que rara vez se permite en su oficio. Entre tanta miseria diaria, entre tanta chusma, de vez en cuando la vida les regalaba un instante así. Un instante que justificaba todo lo demás.

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La habitación del hospital estaba en penumbra cuando el hombre abrió los ojos. Primero vio el techo, borroso. Luego, poco a poco, las formas se hicieron nítidas: su mujer, con las manos temblorosas; sus dos hijas pequeñas, abrazadas a la cama, mirándolo como si temieran que desapareciera si parpadeaban.

Él intentó hablar, pero solo le salió un sollozo. Las niñas se echaron sobre él, la mujer le tomó la mano, y el hombre lloró. Lloró por el miedo, por el regreso, por la vida que aún tenía entre los dedos.

No sabía quiénes habían sido los que le devolvieron el latido. Pero en algún lugar de la ciudad, dos policías seguían patrullando, con el uniforme sudado y el alma un poco más llena.


Ramón Alfil
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Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).

11 junio 2026

La vitalidad del libro en papel frente a las pantallas

Catedrático de Historia contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Pedro Rújula (Alcañiz, 1965) se ha especializado en los fenómenos políticos, sociales y culturales en los orígenes del mundo contemporáneo. Estos temas no solo han centrado sus investigaciones, sino que le han llevado a escribir libros como Contrarrevolución (1820-1840) o El Trienio liberal. Revolución e independencia, 1820-1823. También ha participado en primera persona en el mundo editorial y entre 2010 y 2025 fue director de la editorial Prensas de la Universidad de Zaragoza. En Manifiesto Zombi. El poder del libro (Editorial CSIC, 2026) combina ese interés por la historia y el mundo del libro. El texto reflexiona sobre si en ese futuro que algunos visualizan como digital y en la nube tiene cabida el libro en papel, e invoca a quienes el autor denomina ‘zombis’, es decir, las personas que desean seguir disfrutando de los beneficios y los placeres de la cultura del libro y están convencidos de que los libros impresos tienen futuro. Conversamos con él a propósito de esta nueva publicación, editada en acceso abierto por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).
CSIC Cultura Científica


El Consejo Superior de Investigaciones Científicas, previo acuerdo y autorización, es una fuente directa de "El Ateneo de los Amigos de Larra". Desde el blog, damos a su información de utilidad pública la difusión que merece.

10 junio 2026

El límite de la sutura

La luz del amanecer entraba en la habitación con un tono grisáceo y pálido. Era una claridad sucia, filtrada por unas cortinas de terciopelo que habían visto pasar demasiadas transacciones sin nombre. Malena se encontraba sentada en el borde de la cama, de espaldas al hombre, sintiendo cómo el frío del aire acondicionado le erizaba el vello de la nuca. El silencio era un zumbido eléctrico, una presión en los oídos que la obligaba a concentrarse en el sonido de su propia respiración.

A sus pies, sus botas de cuero negro brillaban con un fulgor arrogante. Se las puso con una lentitud ceremonial. Con cada tirón de la cremallera sentía que se alejaba un poco más de lo que había pasado.

—¿Cuándo vuelvo a verte? —La voz del hombre, un tal Mauricio, cuyo apellido ella había olvidado en cuanto lo leyó en la reserva, sonó espesa, cargada de una gratitud que Malena encontraba repulsiva.

Ella no respondió de inmediato. Se puso de pie y buscó su sujetador entre las sábanas revueltas. El gesto de buscar su ropa entre los restos del naufragio sexual la hacía sentir como una arqueóloga de su propia desgracia.

—No lo sé. Tengo mucho lío esta semana —dijo finalmente. Su voz era un bisturí: aséptica, precisa, diseñada para no dejar margen a la réplica.

Mauricio se incorporó, dejando al descubierto un torso que empezaba a ceder a la gravedad. Era un hombre poderoso en su despacho, un tipo que firmaba contratos millonarios, pero allí, bajo la luz cruda de las siete de la mañana, no era más que un amasijo de inseguridades envuelto en sábanas de quinientos hilos. Se rascó la perilla grisácea y buscó su billetera en la mesilla de noche.

09 junio 2026

En un libro abierto empieza la revolución

La cultura no avanza a golpes de ruido, sino a pequeños destellos de atención.

Un libro abierto, una melodía suave, una frase que nos obliga a detenernos: ahí empieza siempre la verdadera revolución.

No en la prisa, sino en la pausa.

No en el grito, sino en la mirada que se afina.

Ismael A.

REFERENCIAS

Fotografía: Dariusz Sankowski. Libre de derechos. 

01 junio 2026

El retrato de su señor

La joven criada se inclinaba cada día sobre el retrato de su señor como si temiera que el aire pudiera borrar aquel rostro que contemplaba.

Las cortinas del cuarto filtraban la luz con un tono dorado y antiguo. En esa penumbra pensaba que nadie la podía ver y su secreto estaría guardado. 

Pasaba el plumero con sumo cuidado. Sus manos, acostumbradas al trabajo rudo y no a la ternura, rozaban con mucha delicadeza el marco, como si temiera profanar algo sagrado.

Cada día repetía el mismo ritual: acercarse, contemplar, anhelar… y marcharse antes de que alguien pufiera sorprenderla y descubrir lo que ni ella misma se atrevía a admitir: un amor silencioso, condenado a lo imposible y que solo encontraba refugio en la quietud del retrato de su señor.

Relato corto basado en una obra del pintor italiano Tito Conti (1842-1924)


Ramón Alfil
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12 mayo 2026

Un cielo empedrado

Un alto en el paseo para disfrutar el momento
El horizonte se ha fragmentado en incontables escamas de algodón, en un cielo empedrado que parece el telón del cielo. Bajo esa cúpula de altocúmulos, la tierra se asoma con vértigo al azul profundo, donde las olas rompen con insistencia contra el acantilado. Entre las rocas, la vida se aferra con una pincelada silvestre; ramas secas que apuntan al infinito como dedos de madera, escoltadas por hojas y flores rojizas 
El tiempo se detiene entre la quietud del mar Mediterráneo y el desorden perfecto del cielo. 

Ramón Alfil
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REFERENCIAS
Fotografía: Ramón Alfil (colección nubes).
Oropesa del Mar (Castellón), entre la bahía de La Concha y el faro.
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10 mayo 2026

Mabel Lozano profundiza en su cruzada contra la esclavitud que provoca la prostitución en su novela "Ava"

La directora manchega Mabel Lozano profundiza en su cruzada contra la esclavitud que provoca la prostitución en su novela «Ava», una ampliación de su cortometraje homónimo con el que ganó el Goya al mejor Corto Documental 2024.

Pues, gracias a mi querida amiga Begoña Vera, tuve oportunidad de conocer y de profundizar en la obra de Mabel Lozano. Un regalo que algún día le pagaré en cañas. Viendo lo involucrada que está, en cuerpo y alma, con la causa de la explotación sexual, me vi en la necesidad de ayudar en la medida en la que mis posibilidades me permiten. Y de allí a aquí, unos buenos ratos compartidos la otra tarde para hacer esta entrevista. Como buena manchega (igual que mi mamá), congeniamos desde el principio con ese don de gentes que tienen en los genes los lugareños de esas tierras quijotescas.

Mabel vino a las Islas Canarias a promocionar su novela «Ava» en el Castillo de Mata de la capital grancanaria, ganadora del premio Letras del Mediterráneo 2025 que organiza la Diputación de Castellón en el apartado de Novela Negra. Está publicada por la editorial Alrevés y es como una especie de ampliación del cortometraje de mismo título con el que se alzó con la estatuilla del Goya al Mejor Cortometraje Documental. Es una película de 18 minutos en la que aborda el sinsentido de la trata y explotación sexual a mujeres con discapacidad intelectual. Tienen que verlo.

Lo primero, Mabel, estoy encantado con la invitación que me han hecho para asistir a la presentación de tu libro «Ava». ¿Qué va a encontrar el lector en este libro?

Pues va a encontrar una historia de amor preciosa entre mujeres, sororidad, lazos preciosos.

Permanecer sin juzgar al de al lado, sin querer que cambie. Y quedarte, y quedarte porque el amor puede todo eso. Es una historia muy bonita y también es una historia muy dura.

Habla de las nuevas formas de captación, del nuevo proxenetismo 2.0 y de estas plataformas que banalizan tanto a los chavales y son entradas solapadas a la prostitución de toda la vida.

28 abril 2026

Dos revólveres enfrentados

A cada uno de los dos le dieron un revólver. Los pusieron de frente, separados a una distancia considerable. El que lograra matar a su oponente cobraría un buen fajo de billetes. El primero que disparase tenía dos opciones: abatir a su contrincante y ganar el dinero pactado o fallar y hacer que el opuesto adelantara cinco pasos y esperar su disparo. Así sucesivamente hasta que uno de los dos muriera.
Ninguno se atrevía a ser el primero. Hubo mucha tensión. Todos estaban atentos hasta que uno, con dolor en el alma, tiró a dar. La pistola falló y no hubo descarga. El otro, sonriendo, avanzó los pasos convenidos y, apuntando, disparó sin temores. La pistola tampoco funcionó. Extrañados, miraron hacia los organizadores. Ninguno entendía por qué, algunos de ellos, estaban brincando de alegría.
Les habían dado unas pistolas sin balas. Aquella era una simple tarde de apuestas en la que ganaría el que acertara cuál de los dos apretaría el gatillo primero.
Y así son las guerras de la humanidad. Los que más beneficios han sacado, nunca han sido los que han tenido que empuñar las armas.

10 abril 2026

Anatomía de una bala


El martillo de la Colt 45 cayó con la irrevocabilidad de una guillotina. Fue un beso de acero contra el fulminante, una chispa de amor violento que despertó al dios dormido en la recámara. Dentro del cilindro de latón, la pólvora dejó de ser un sedimento inerte para transformarse en una expansión de gas incandescente, una violencia pura latiendo en milímetros de metal. El proyectil, un trozo de plomo encamisado en cobre, sintió el empujón brutal de una atmósfera de infierno que lo expulsaba de su nido de pólvora.

La bala comenzó su danza espiral. Las estrías del cañón, surcos de un destino tallado en frío, obligaron al plomo a girar sobre sí mismo. Aquella rotación no era un simple movimiento físico; era una obsesión giroscópica, una búsqueda de estabilidad en el caos del vuelo. El arma escupió un fogonazo de azufre y sombra que iluminó la habitación con la brevedad de un relámpago en un cementerio. El estruendo, una muralla de sonido sólido, quedó congelado en el tiempo para los oídos del tirador, convirtiéndose en una vibración que recorría los huesos de su brazo hasta anclarse en la base del cráneo.

El hombre tras la mira no era ya un hombre, sino una prolongación de la empuñadura de madera de nogal. Su dedo índice, una palanca de carne y rencor, mantenía la presión residual después del disparo. En su retina, la imagen del objetivo se había quemado con la intensidad de un negativo fotográfico expuesto al sol. El tirador habitaba ese instante de suspensión donde la culpa todavía no existe porque el impacto aún no ha ocurrido.

05 abril 2026

Descifrando el Barroco (I)


Para entender un periodo cultural artístico o literario no podemos dejar de estudiar y comprender el contexto en el que se desarrolla. Coordenadas políticas, sociales, económicas, religiosas, que influirán en gran manera en los creadores. El Barroco se desarrolló temporalmente en el siglo XVII, extendiéndose a los siglos anterior y posterior según estudios y material analizado. Esa época fue de crisis en España. Los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II estuvieron marcados por la decadencia del Imperio construido por sus antecesores. Ese sentimiento de crisis se va a trasladar a la literatura, marcando sus temas y estilos.

La fugacidad del tiempo, la muerte, la inestabilidad, serán patrón común de historias y poemas; sin embargo, los autores buscaron innovar géneros y estilos, con múltiples registros que intentaban provocar admiración en sus lectores.

Se tiene por sabido que fue el Barroco periodo de producciones complejas y difíciles de comprender, llegando casi al hermetismo. Eran fruto de una concepción elevada e ingeniosa del relato escrito. La dificultad en desentrañar algunos de los alegatos poéticos de Góngora o Quevedo tienen su base en una de las grandes preocupaciones de los artistas barrocos: mostrar su ingenio, su inteligencia, a la vez que sus emociones. Esta dificultad será un rasgo que defina la labor del poeta barroco.

Dos líneas de producción se advierten en la literatura de este siglo: el conceptismo y el culteranismo, y los autores se adscribirán a uno u otro, llegando a batallas dialectales y enfrentamientos indirectos en sus poemas y narrativas. Góngora será el culterano por excelencia, y Quevedo, su némesis, el conceptista burlón. Los culteranos complican el lenguaje y las metáforas, con técnicas basadas en hipérboles y neologismos, en palabras cultas de tradición latinizante, alcanzando como hemos dicho el hermetismo y complicando la interpretación del poema. Sus contrincantes son más directos, más burlones y satíricos.

Es esta una breve pincelada sobre un periodo de creación literaria intenso y espectacular. Por algo fue llamado Siglo de Oro. Poco a poco iré desentrañando algunas de las características y claves más importantes y que facilitarán su comprensión ayudando a entender el Barroco en su vertiente literaria.


José Luis Monroy Antón

Médico. Escritor. Historiador. Ha publicado varias novelas de diferente género: Los ríos nunca miran atrás (novela negra); Ciudad Ciudad Fahrenheit (distopía); La crónica de Martín Lucena (histórica-fantástica) y Pastillas de Colores (poemario). Colaborador en revistas y diarios digitales (El Debate, Weird Review, Ucrónica), escribiendo relatos breves, ensayos y artículos de opinión. Coordina el club de lectura de la Biblioteca Municipal de Alzira.
Otros libros: Retales después de la tormenta, Triángulo escaleno y La compañía Batablanca. 


REFERENCIAS
Ilustración basada en el texto original y generada con asistencia de Copilot (IA).