Cuando uno entra por edad en lo mejor de lo peor y repasa esas fotos antiguas guardadas en aquellos álbumes de hojas con fundas plastificadas y en cajas de zapatos le sobreviene, necesariamente, una hemorragia de melancolía. Ve en él mismo y en los suyos, así como en amigos y conocidos que aquella juventud y belleza ha sido desgastada por el tiempo.
La decadencia es inevitable con el paso de los años, es una realidad sobre la condición humana. ¿El antídoto? El conformismo y la resignación.
Esta reflexión me llega después de leer el Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega (1491-1503), un precioso poema con una estructura perfecta al que, a pesar de tener una característica ideología renacentista, podría haber puesto música Joaquín Sabina, ya que hay mensajes universales que no cambian con el paso de los siglos.
Ramón Alfil
SONETO XXIII
En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.




