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16 marzo 2026

La tiranía del interruptor

La luz de la mañana se derramaba por el ventanal, un lienzo de vidrio doble que sofocaba el estruendo de la ciudad hasta convertirlo en un ronroneo lejano, un latido mecánico encargado de arrullar su despertar. Hugo no abrió los ojos de inmediato. Extendió un brazo, una extremidad pálida que apenas conocía el peso del sol, y su mano encontró el dispositivo sobre la mesita de noche. El cristal cobró vida bajo su yema. Un movimiento circular, una caricia eléctrica, y las persianas se deslizaron hacia arriba con un suspiro de servidumbre. El exterior, esa cuadrícula de acero y asfalto, se presentó ante él como un decorado inofensivo, una proyección muda tras el panel aislante.

En la cocina, el agua iniciaba su ascenso térmico antes de que sus pies tocaran el suelo. La cafetera, un bloque de cromo y precisión, comenzaba su liturgia de vapor y aroma. Hugo caminaba descalzo sobre la madera radiante, un calor invisible que emanaba de las vetas barnizadas para proteger sus plantas del rigor del invierno que golpeaba fuera. La temperatura de la estancia era una constante matemática, una burbuja de aire domesticado que ignoraba las leyes de la estación. 

Se detuvo frente al refrigerador. La puerta cedió con un vacío sordo, revelando una arquitectura de frascos y paquetes sellados. No había rastro de tierra en las espinacas, ni memoria de sangre en el filete envuelto en film transparente. Todo era limpio, aséptico, despojado de su origen violento. Hugo tomó un envase de zumo; la tapa de plástico se rindió con un chasquido satisfactorio, una pequeña victoria de la ingeniería sobre la materia. Bebió mientras su atención se hundía en el flujo incesante de imágenes de su pantalla.

Aquella era su verdadera respiración: el flujo de datos. Su pulgar derecho ejecutaba una danza monótona, un scroll infinito que desfilaba rostros, paisajes retocados y sentencias de una profundidad de escaparate. Cada vez que su dedo se detenía y presionaba dos veces, un corazón rojo brotaba sobre el cristal. Era un acto de creación sin esfuerzo, una moneda de cambio en un mercado de sombras donde él se sentía, al mismo tiempo, juez y parte. No necesitaba saber de qué entrañas de la tierra procedía la electricidad que alimentaba aquel brillo, ni qué manos habían recolectado las naranjas de su vaso, ni de qué bosque remoto provenía la mesa donde apoyaba el codo. La cadena de milagros que lo mantenía a salvo era tan extensa y tan perfecta que se había vuelto invisible.

05 marzo 2026

El nombre que se borra


El frío no es una condición del aire, es un animal de dientes finos que devora la superficie de mi piel. Me incorporo con la lentitud de quien teme romperse. La verticalidad es una conquista dolorosa, mis manos, extensiones de un cuerpo que ha olvidado la firmeza, tantean la superficie rugosa en busca de un equilibrio precario. El suelo, una plancha de piedra gris y áspera, me devuelve la indiferencia del mundo mineral. No hay memoria de suavidad, solo la certeza del ángulo recto y la humedad que asciende desde las profundidades del asfalto.

El hambre es el otro habitante de mi soledad. No es un deseo, sino un hueco negro, una presencia física que muerde mis entrañas con la insistencia de un parásito. Mis costillas, peldaños de una escalera que no conduce a ninguna parte, se marcan bajo la superficie de mi cuerpo con cada respiración. Inhalar es un acto de valentía, el aire transporta partículas de óxido, el aliento acre de las máquinas que rugen en la distancia y el rastro rancio de los desperdicios ajenos.

El mundo es una geometría de dimensiones imposibles. Desde mi posición, la realidad se fragmenta en muros de hormigón que se pierden en las nubes, montañas de caucho negro que exhalan vapores tóxicos y pedestales metálicos que custodian banquetes inalcanzables. Existo en el ángulo muerto de la mirada ajena, allí donde las presencias se anuncian antes por su vibración que por su forma. Soy un recolector de impactos, descifro la proximidad del peligro a través de la onda que recorre el pavimento y sacude mis articulaciones, traduciendo cada temblor en una orden de retirada. La luz de la mañana no trae consuelo, es una claridad sucia, un resplandor que rebota en los charcos de aceite brillante, revelando la magnitud de mi desamparo.

02 marzo 2026

Titanic, naipes que rememoran al coloso de la navegación transatlántica en su primer y último viaje

Entre mi colección de barajas de cartas cuento con una que pone de relieve  la vida y la memoria del Titanic, aquel coloso de la navegación transatlántica que el 10 de abril de 1912 emprendió su primer y último viaje.

Este palacio flotante fue como un desafío del hombre y la industria al mar, pero en la tranquila noche del 14 de abril colisionó con un iceberg y el océano quiso responder al orgullo humano para demostrar que el invencible era él.

La baraja exhibe 54 cartas, más dos jokers y una carta auxiliar con una breve reseña histórica del trasatlántico y referencias de algunos pasajeros. Cabe destacar un conjunto de fantásticas ilustraciones, imágenes y carteles que reflejan su construcción, salones lujosos, los rostros de quienes viajaron y tripularon el barco y los fragmentos de un mundo que se creyó eterno. Cada carta es una ventana a aquel viaje interrumpido, un recordatorio de la belleza y la fragilidad que conviven en toda gran historia humana.

27 febrero 2026

El certamen internacional "Illustraciencia" abre su edición número trece


    Desde el 25 de febrero y hasta el 31 de marzo estará abierto el plazo de presentación de trabajos a la decimotercera edición del Premio internacional de ilustración científica y de la naturaleza Illustraciencia. En la convocatoria pueden participar personas mayores de 18 años de cualquier país con obras de técnica libre que hayan sido creadas a partir del 1 de enero de 2025.

    Las propuestas deberán incluirse en alguna de las tres categorías del certamen: Ilustración naturalista, para ilustraciones que representen la naturaleza y sus elementos de manera detallada y fiel a la realidad; Ilustración científica, para trabajos que ayuden a comprender un tema científico con rigor; y una nueva modalidad dedicada a las ciencias marinas que lleva el nombre de la ilustradora científica y pionera de las ciencias del mar Luisa de la Vega.

    Cada obra deberá ir acompañada de un breve texto divulgativo original que explique con rigurosidad la especie o elemento representado, su interés científico o artístico y alguna curiosidad científica o característica mostrada en la ilustración.

    La 13ª edición del Premio Illustraciencia está convocada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), a través de su Vicepresidencia Adjunta de Cultura Científica y Ciencia Ciudadana (VACC-CSIC), el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y el Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC), y la Asociación Catalana de Comunicación Científica (ACCC).

25 febrero 2026

El último trayecto

La ciudad era un organismo herido, sangrando luces rojas y ámbar bajo una lluvia que no mojaba, sino que barnizaba las calles con una pátina de mercurio. Fabio aguardaba en la acera, envuelto en el aroma de su propio triunfo: el perfume de trescientos euros la onza y el rastro metálico del champán caro que aún le escocía en la garganta. Su maletín de piel de cocodrilo pesaba con la gravedad de los contratos cerrados y las vidas ajenas desmanteladas. Al levantar la mano, el aire pareció cristalizarse.

Un sedán negro, con el brillo de una cuchilla recién afilada, emergió del vaho nocturno. No hubo chirrido de frenos, solo un deslizamiento silencioso sobre el pavimento líquido. La puerta se abrió con un suspiro de vacío neumático.

Fabio se hundió en el asiento trasero. El habitáculo lo recibió con el abrazo de un guante de seda. El olor era extraño: no había rastro de los ambientadores de pino barato que suelen poblar esos cubículos. El aire olía a ozono, a biblioteca antigua y a la tierra mojada que precede a las tormentas definitivas.

A la zona alta. Calle Neptuno, cuarenta y cuatro ordenó Fabio, sin despegar los ojos de su teléfono, cuya pantalla proyectaba un fulgor azulado sobre sus facciones afiladas.

El motor inició su marcha. No era un rugido, sino un ronroneo profundo que vibraba en la base del cráneo. El conductor era una silueta de hombros anchos, coronada por una gorra que proyectaba una sombra impenetrable sobre el espejo retrovisor. Sus dedos, largos y marmóreos, se posaban sobre el cuero del volante con una delicadeza sacerdotal.

Noche larga, ¿verdad? La voz del taxista era un barítono aterciopelado que parecía emanar de las paredes del coche más que de su propia garganta.

Fabio soltó un bufido de autocomplacencia, guardando el teléfono en el bolsillo interior de su americana.

Larga y lucrativa. He enterrado a dos competidores antes de la medianoche. Mañana, sus acciones valdrán menos que el papel en el que están impresas.

El éxito es un plato que se sirve frío, dicen comentó el conductor, girando el volante con una parsimonia hipnótica. Aunque el precio de la vajilla suele ser elevado. ¿Se siente usted satisfecho, señor...?

20 febrero 2026

El estruendo del vacío

 

Ilustración: Bernardo Vidal

Theo apoya la frente contra el cristal frío de su estudio mientras observa cómo la calle se convierte en una masa de metal y caucho que avanza a tirones, una corriente donde las bocinas de los taxis perforan el aire viciado de humo y las risas de los adolescentes ascienden por la fachada para filtrarse por las rendijas de la ventana mal ajustada. Ante él descansa el lienzo en blanco, una superficie que la luz de los semáforos tiñe de un rojo intermitente y luego de un verde bilioso, mientras el vecino golpea un clavo en la pared contigua con un martillo de acero cuyo impacto rítmico le impide escuchar su propia respiración. Theo suelta el pincel con los dedos temblorosos, dominado por el deseo de una pausa absoluta que ocupe todo su espacio mental, una voluntad de hallar un interruptor capaz de desactivar, de una vez por todas, la frecuencia cardíaca de la ciudad.

Baja a la calle para comprar tabaco y el aire le devuelve una densidad de sudor rancio y escape de gasoil, una atmósfera donde los hombros de los transeúntes golpean los suyos en la acera estrecha sin que nadie pida perdón, mientras la mujer del quiosco habla por teléfono y le entrega el cambio con una desgana que se manifiesta en un zumbido nasal perceptible hasta en sus encías. Regresa a su portal, sube las escaleras impregnadas de un olor a col hervida que parece adherirse a las paredes y se encierra en su dormitorio, tumbándose en la cama con la almohada presionando sus oídos para registrar, como último estímulo, el estruendo de un avión que atraviesa el cielo nocturno y rasga la oscuridad con una violencia sónica definitiva.

07 marzo 2021

Cuando el fútbol era fútbol

Es la primera entrada en este blog en la que hablo de fútbol y no será la última. Algún lector se preguntará qué pinta el fútbol en un espacio en el que la cultura y el pensamiento son las razones de ser de este ateneo.
Sin querer llegar al extremismo del carismático Bill Shankly cuando dijo que "algunos creen que el fútbol es una cuestión de vida o muerte, pero están equivocados; es mucho más importante que eso", sí quisiera destacar que este deporte tiene un poso que lo diferencia de otro si se sabe profundizar en su conciencia que, por supuesto, va más allá de la bufanda y los gritos en la grada. Mi percepción del fútbol siempre fue la de un estudioso apasionado de esa conciencia y busqué las pepitas de oro entre un río revuelto que lo ha llevado al puro negocio y a respirar continuamente un aire selvático en el que se impone la tiranía de los más voraces.

Cuando el fútbol era fútbol

Esa pasión me llevó a vivir durante once años de manera profesional como agente de jugadores licenciado por la Real Federación Española de Fútbol hasta que sentí vergüenza muchas veces por ejercer esa profesión y tuve que pedir a la federación que retirara mi licencia. Hoy, soy feliz, vuelvo a disfrutar de este gran deporte porque vuelvo a indagar en busca de esa conciencia que unas líneas más arriba he mencionado. Eso sí, me he quedado anclado en otra época: cuando el fútbol era fútbol.

En qué ateneo que se precie de serlo
no se habla de fútbol

Explicado el componente íntimo justifico, en parte, por qué me gusta escribir sobre fútbol en este blog personal. No obstante, se completa el razonamiento porque, seamos sinceros, en qué ateneo que se precie de serlo no se habla de fútbol.
Ramón Alfil


Post scriptum | Decido etiquetar esta sección con el nombre de Clan de Fútbol, porque es apropiada sólo para un grupo reducido de personas que bien podrían formar una familia unida por el vínculo de amar al fútbol cuando era fútbol.

Sobre la imagen. Desconocemos el autor de la ilustración que encabeza esta entrada. Si alguien puede aportar datos sobre la autoría de la misma lo agradeceríamos.

05 enero 2021

El primer párrafo del Quijote

Hay palabras que no pueden pasar desapercibidas, frases que se quedan a vivir dentro de uno. A veces son líneas de un libro, el eco de una charla, una declaración que parte el mundo en dos o el estribillo de una canción que dice más de lo que creíamos que podía decir. Son fragmentos, astillas de un buen palo que deben quedar para siempre en la memoria colectiva.
Esta serie nace del deseo de rescatar esas piezas brillantes —míticas por lo que evocan, por lo que resumen, por cómo nombran lo inefable—. No importa si vienen de la literatura, del cine, de una entrevista o de una simple charla cotidiana. Si tienen poso, en esta etiqueta de "Fragmentos míticos" que inicio hoy tendrán su lugar.
Para estrenar la serie he elegido el primer párrafo del Quijote, toda una obra maestra de apertura literaria. No solo presenta a Don Quijote, inaugura una forma de narrar que cambiaría la literatura para siempre. Es, sin duda, un fragmento mítico por derecho propio.

"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad".

La ilustración de esta entrada está libre de derechos