Ilustración: Bernardo Vidal
Theo apoya la frente contra el cristal frío de su estudio mientras observa cómo la calle se convierte en una masa de metal y caucho que avanza a
tirones, una corriente donde las bocinas de los taxis perforan el aire viciado
de humo y las risas de los adolescentes ascienden por la fachada para filtrarse
por las rendijas de la ventana mal ajustada. Ante él descansa el lienzo en blanco, una superficie que la luz de los semáforos tiñe de un rojo intermitente y luego de un verde bilioso, mientras el
vecino golpea un clavo en la pared contigua con un martillo de acero cuyo
impacto rítmico le impide escuchar su propia respiración. Theo suelta el pincel con los dedos temblorosos, dominado por el
deseo de una pausa absoluta que ocupe todo su espacio mental, una voluntad de
hallar un interruptor capaz de desactivar, de una vez por todas, la frecuencia
cardíaca de la ciudad.
Baja a la calle para comprar tabaco y el aire le devuelve una densidad de sudor rancio y escape de gasoil, una atmósfera donde los hombros de los transeúntes golpean los suyos en la acera estrecha sin que nadie pida perdón, mientras la mujer del quiosco habla por teléfono y le entrega el cambio con una desgana que se manifiesta en un zumbido nasal perceptible hasta en sus encías. Regresa a su portal, sube las escaleras impregnadas de un olor a col hervida que parece adherirse a las paredes y se encierra en su dormitorio, tumbándose en la cama con la almohada presionando sus oídos para registrar, como último estímulo, el estruendo de un avión que atraviesa el cielo nocturno y rasga la oscuridad con una violencia sónica definitiva.


