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20 febrero 2026

El estruendo del vacío

 

Theo apoya la frente contra el cristal frío de su estudio mientras observa cómo la calle se convierte en una masa de metal y caucho que avanza a tirones, una corriente donde las bocinas de los taxis perforan el aire viciado de humo y las risas de los adolescentes ascienden por la fachada para filtrarse por las rendijas de la ventana mal ajustada. Ante él descansa el lienzo en blanco, una superficie que la luz de los semáforos tiñe de un rojo intermitente y luego de un verde bilioso, mientras el vecino golpea un clavo en la pared contigua con un martillo de acero cuyo impacto rítmico le impide escuchar su propia respiración. Theo suelta el pincel con los dedos temblorosos, dominado por el deseo de una pausa absoluta que ocupe todo su espacio mental, una voluntad de hallar un interruptor capaz de desactivar, de una vez por todas, la frecuencia cardíaca de la ciudad.

Baja a la calle para comprar tabaco y el aire le devuelve una densidad de sudor rancio y escape de gasoil, una atmósfera donde los hombros de los transeúntes golpean los suyos en la acera estrecha sin que nadie pida perdón, mientras la mujer del quiosco habla por teléfono y le entrega el cambio con una desgana que se manifiesta en un zumbido nasal perceptible hasta en sus encías. Regresa a su portal, sube las escaleras impregnadas de un olor a col hervida que parece adherirse a las paredes y se encierra en su dormitorio, tumbándose en la cama con la almohada presionando sus oídos para registrar, como último estímulo, el estruendo de un avión que atraviesa el cielo nocturno y rasga la oscuridad con una violencia sónica definitiva.

El sábado nace sin aviso previo y Theo abre los ojos para notar una presión inusual en los tímpanos, una claridad que entra en la habitación con una limpieza quirúrgica donde no existen partículas de polvo agitadas por corrientes de aire. Se incorpora en el colchón y escucha el crujido de sus sábanas como si fuera un disparo en el centro de la estancia; el roce de la tela contra su piel produce un siseo eléctrico que le recorre la columna. Camina hacia la cocina donde el frigorífico ha dejado de vibrar y observa el reloj de pared, cuyo segundero marca el tiempo con un golpe seco que reverbera por todo el pasillo como el hacha de un verdugo sobre la madera. Abre el grifo y el agua cae con un estrépito metálico, un rugido de cascada en una cueva, que le obliga a cerrarlo de inmediato antes de asomarse al balcón.

La avenida principal se ha transformado en un depósito de maquinaria abandonada con un autobús de línea cruzado en los tres carriles centrales, las puertas abiertas hacia el asfalto y el motor apagado. No hay conductores ni peatones, solo un perro que se detiene en mitad del paso de cebra para observar el horizonte con una fijeza sobrenatural antes de tumbarse sobre el alquitrán caliente, confirmando que el silencio es una presencia física que aplasta su pecho. Theo acude al lienzo y coge el carboncillo, pero la punta toca la tela produciendo un chirrido que le hiela la sangre, pues el silencio le devuelve una superficie plana y sin matices, despojada de la resistencia del bullicio que solía alimentar su ira creativa.

Durante los primeros días, Theo deambula por la ciudad como un arqueólogo de lo inmediato. La fascinación inicial por la libertad se agria rápidamente bajo un sol que parece no tener prisa por ponerse. Entra en los supermercados de alta gama, donde las luces automáticas se encienden a su paso, iluminando pasillos de una perfección aterradora. Coge una botella de champán de trescientos euros y la descorcha en mitad del pasillo; el estallido del corcho suena como una granada de mano y el líquido derramado sobre el suelo pulido se convierte en un charco de oro que nadie vendrá a limpiar. Come uvas traídas de otro continente y caviar directo del frasco, pero el sabor de la comida parece haber muerto con los hombres. Sin el ruido del comercio, sin el murmullo de las cajeras y el pitido rítmico de los escáneres, el alimento es solo materia orgánica en descomposición.

Se instala en un ático de la zona más exclusiva, un palacio de cristal que domina el puerto. Los barcos mercantes permanecen anclados en la bahía, gigantes de hierro sin tripulación que mecen su peso muerto sobre un agua que empieza a volverse demasiado transparente, revelando un fondo marino que antes ocultaba la mugre urbana. Theo se sumerge en bañeras de mármol con agua a la temperatura exacta, usando jabones que cuestan el sueldo de un mes de su antigua vida, pero el lujo es una máscara de plástico sobre un rostro muerto.

La falta de interacción comienza a erosionar su mente de forma sistemática. Una tarde, en el salón de aquel ático, Theo comienza a hablarle a un maniquí que ha traído de una tienda de ropa cercana. Le pone un vestido de noche y lo sienta a la mesa, sirviéndole una copa de vino tinto que se oxida con el paso de las horas. —¿Sabes qué es lo peor? le pregunta al rostro de plástico, y su voz, privada de un receptor real, suena como un roce de lija contra madera. Lo peor no es que no estéis. Es que todo sigue funcionando. El agua sale, las luces se encienden, los semáforos siguen su ciclo estúpido de rojo a verde para nadie. El mundo gira por pura inercia, como un cadáver que aún conserva el espasmo de un músculo.

El silencio no es paz; es un ácido que disuelve su identidad. Theo comienza a odiar los objetos porque los objetos son los únicos que han sobrevivido intactos. Golpea con un bate de béisbol los televisores de una tienda de electrodomésticos, buscando un sonido que sea suyo, algo que rompa la hegemonía de la nada, pero cada estallido de cristal es devorado instantáneamente por la atmósfera densa de la calle vacía. El eco no es un retorno de su voz, sino una burla de su soledad.

Camina durante horas por avenidas que ayer eran ríos de gente y hoy son desfiladeros de piedra y vidrio. Esquiva teléfonos móviles con pantallas fracturadas que emiten luces azules intermitentes, notificaciones de mensajes que nadie leerá jamás. En las alcantarillas, el agua corre con un rumor que ahora parece un lamento. Las cafeterías conservan las tazas sobre las mesas con el vapor ya disipado, dejando un cerco de café frío que parece una mancha de tiempo fosilizado.

Entra en el edificio de la Delegación de Gobierno, una mole de piedra que debería estar custodiada por agentes y funcionarios, pero las garitas de seguridad están desiertas y las barreras de acceso permanecen levantadas, permitiendo que el viento arrastre un puñado de folletos publicitarios por el vestíbulo vacío con un siseo que recuerda al de una serpiente. Sube las escaleras de dos en dos, sintiendo cómo el oxígeno quema en sus pulmones mientras sus pasos retumban en el mármol con la violencia de una demolición. Recorre los pasillos flanqueados por despachos de puertas abiertas donde los ordenadores muestran pantallas de inicio que parpadean en un bucle infinito, procesando datos que ya no sirven a nadie.

En una de las mesas, un ventilador sigue girando, cortando el aire con un zumbido mecánico que es lo más parecido a la vida que ha encontrado. Theo se detiene frente a él y estira la mano, dejando que las aspas de plástico golpeen sus yemas hasta que el dolor le confirma su propia existencia. Observa la sangre brotar de su dedo, un rojo vivo y real sobre el gris de la oficina. Aquella gota de sangre es el único evento biológico significativo en kilómetros a la redonda. No hay cadáveres, no hay rastro de violencia, no hay señales de una evacuación organizada. La gente no ha huido; sencillamente, ha dejado de estar, dejando atrás una maquinaria que sigue funcionando sin propósito.

Al décimo día, la soberanía absoluta se vuelve insoportable. Theo regresa a su barrio, buscando el bloque de viviendas donde ha vivido siempre. El portal de lujo que ha usado en su ático de okupa le parece ahora una tumba de cristal, mientras que su antiguo edificio huele a lo que él es: un hombre roto. Sube hasta el tercer piso y comienza a golpear las puertas de madera noble, primero con los nudillos y después con el hombro, gritando nombres al azar hacia el interior de las grietas. Necesita un rostro, una voz que no sea el eco de la suya, cualquier rastro de presencia orgánica que rompa la hegemonía de los objetos inertes.

La tercera puerta está mal cerrada y cede, revelando un salón donde la televisión emite una señal de ajuste: una carta de colores estática acompañada de un pitido agudo y lineal que se clava en su cerebro como un punzón. En la mesa del comedor hay tres platos con restos de cena, cubiertos cruzados y una botella de vino tinto que ha teñido el cristal de un color granate seco. Theo camina hacia el dormitorio principal y encuentra la cama deshecha, con el calor todavía latente en las sábanas si las presiona con fuerza, pero el vacío que ocupa la habitación es absoluto. Abre el armario y toca las prendas colgadas, buscando el olor del perfume o el rastro del sudor humano, pero los tejidos huelen a detergente y a tiempo detenido.

Se sienta en el suelo de aquel dormitorio ajeno y llora, pero sus sollozos no tienen la textura de la tristeza, sino la de la vibración mecánica. Se da cuenta de que si muere allí, el mundo seguirá iluminando sus calles vacías y las escaleras mecánicas del metro seguirán subiendo y bajando para nadie hasta que la última planta de energía se agote en una soledad cósmica.

Regresa a su estudio. El lienzo sigue allí, blanco y desafiante. Se sienta frente a él y cierra los ojos, no para dormir, sino para concentrarse en el recuerdo del ruido. Visualiza el camión de la basura a las tres de la mañana, el llanto del bebé del cuarto piso, el olor a fritura de la taberna de abajo. Desea con una fuerza violenta que el estruendo regrese, que la vibración de la vida vuelva a sacudir sus huesos aunque lo rompa, pues ha comprendido que la paz absoluta es solo otra forma de llamar a la muerte. El silencio, aquel que tanto reclamó, es ahora una soga que le aprieta la garganta.

Un golpe seco. Tac. No es un estruendo, sino un sonido pequeño, doméstico y glorioso. El sonido de un clavo siendo martillado en la pared de al lado. Theo no abre los ojos de inmediato; teme que sea una alucinación de su mente descompuesta. Pero el golpe se repite: Tac, tac, tac. El impacto es sucio, irregular y maravilloso. Un frenazo chirría en la calle, seguido de una sarta de insultos que suben desde el asfalto como una melodía necesaria. El aire vuelve a oler a gasoil, a col hervida y a esa humanidad saturada que antes despreciaba.

Se levanta de un salto y corre hacia la ventana, apoyando las palmas de las manos en el cristal que vibra bajo el pulso de la ciudad. Observa a la mujer del quiosco gesticulando mientras habla por teléfono, a los adolescentes empujándose entre risas y a la marea de rostros anónimos que fluye sin descanso. No ha sido un sueño, sino una suspensión o una advertencia de la realidad: el hombre que busca el aislamiento total está cavando su propia tumba en vida.

Theo se aleja de la ventana y se sitúa frente al lienzo. La habitación está llena de interferencias, de ruidos molestos y de la presencia invisible de miles de personas, pero ahora su mano no tiembla. Comprende que su arte no nace del vacío, sino de la fricción; necesita el roce del mundo para encender la chispa. Coge el carboncillo y comienza a trazar líneas con una urgencia eléctrica. Ya no pinta la paz estéril; pinta el estrépito, pinta el caos, agradecido por cada bocina, por cada grito y por ese clavo rítmico que, al otro lado del muro, le recuerda que no está solo en el universo. El cuadro comienza a llenarse de sombras que se chocan entre sí, de trazos violentos que imitan el ruido de la calle, porque ahora Theo sabe que el verdadero arte no es el silencio, sino el eco de la vida golpeando contra la soledad.


Bernardo Vidal 
Es ilustrador y escritor, graduado en Artes Aplicadas y un maestro de la atmósfera negra. Su obra se define por un lenguaje híbrido donde la imagen y la palabra convergen para desenterrar las verdades que laten bajo la superficie de lo cotidiano. Especializado en el género negro y el suspense psicológico, Vidal construye mundos marcados por el realismo sucio, la profundidad simbólica y una tensión emocional que se siente en cada trazo narrativo.