Un sedán negro, con el brillo de una cuchilla recién afilada, emergió del vaho nocturno. No hubo chirrido de frenos, solo un deslizamiento
silencioso sobre el pavimento líquido. La puerta se abrió con un suspiro de vacío neumático.
Fabio se hundió en el asiento trasero. El habitáculo lo recibió con el abrazo de un guante de seda. El olor era extraño: no había rastro de los ambientadores de pino barato que suelen poblar esos cubículos. El aire olía a ozono, a biblioteca antigua y a la tierra mojada que precede a las
tormentas definitivas.
—A la zona alta. Calle Neptuno, cuarenta y cuatro —ordenó Fabio, sin despegar los ojos de su teléfono, cuya pantalla proyectaba un fulgor azulado sobre sus facciones
afiladas.
El motor inició su marcha. No era un rugido, sino un ronroneo profundo que vibraba en
la base del cráneo. El conductor era una silueta de hombros anchos, coronada por una
gorra que proyectaba una sombra impenetrable sobre el espejo retrovisor. Sus
dedos, largos y marmóreos, se posaban sobre el cuero del volante con una delicadeza
sacerdotal.
—Noche larga, ¿verdad? —La voz del taxista era un barítono aterciopelado que parecía emanar de las paredes del coche más que de su propia garganta.
Fabio soltó un bufido de autocomplacencia, guardando el teléfono en el bolsillo interior de su americana.
—Larga y lucrativa. He enterrado a dos competidores antes de la
medianoche. Mañana, sus acciones valdrán menos que el papel en el que están impresas.
—El éxito es un plato que se sirve frío, dicen —comentó el conductor, girando el volante con una parsimonia hipnótica—. Aunque el precio de la vajilla suele ser elevado. ¿Se siente usted satisfecho, señor...?








