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25 febrero 2026

El último trayecto

La ciudad era un organismo herido, sangrando luces rojas y ámbar bajo una lluvia que no mojaba, sino que barnizaba las calles con una pátina de mercurio. Fabio aguardaba en la acera, envuelto en el aroma de su propio triunfo: el perfume de trescientos euros la onza y el rastro metálico del champán caro que aún le escocía en la garganta. Su maletín de piel de cocodrilo pesaba con la gravedad de los contratos cerrados y las vidas ajenas desmanteladas. Al levantar la mano, el aire pareció cristalizarse.

Un sedán negro, con el brillo de una cuchilla recién afilada, emergió del vaho nocturno. No hubo chirrido de frenos, solo un deslizamiento silencioso sobre el pavimento líquido. La puerta se abrió con un suspiro de vacío neumático.

Fabio se hundió en el asiento trasero. El habitáculo lo recibió con el abrazo de un guante de seda. El olor era extraño: no había rastro de los ambientadores de pino barato que suelen poblar esos cubículos. El aire olía a ozono, a biblioteca antigua y a la tierra mojada que precede a las tormentas definitivas.

A la zona alta. Calle Neptuno, cuarenta y cuatro ordenó Fabio, sin despegar los ojos de su teléfono, cuya pantalla proyectaba un fulgor azulado sobre sus facciones afiladas.

El motor inició su marcha. No era un rugido, sino un ronroneo profundo que vibraba en la base del cráneo. El conductor era una silueta de hombros anchos, coronada por una gorra que proyectaba una sombra impenetrable sobre el espejo retrovisor. Sus dedos, largos y marmóreos, se posaban sobre el cuero del volante con una delicadeza sacerdotal.

Noche larga, ¿verdad? La voz del taxista era un barítono aterciopelado que parecía emanar de las paredes del coche más que de su propia garganta.

Fabio soltó un bufido de autocomplacencia, guardando el teléfono en el bolsillo interior de su americana.

Larga y lucrativa. He enterrado a dos competidores antes de la medianoche. Mañana, sus acciones valdrán menos que el papel en el que están impresas.

El éxito es un plato que se sirve frío, dicen comentó el conductor, girando el volante con una parsimonia hipnótica. Aunque el precio de la vajilla suele ser elevado. ¿Se siente usted satisfecho, señor...?

Vargas. Fabio Vargas. Y la satisfacción es para los mediocres. Yo prefiero el hambre. El hambre te mantiene despierto mientras los demás duermen la siesta de la moralidad.

El taxi tomó una curva que pareció estirarse más de lo físicamente posible. Por la ventanilla, los edificios de la ciudad empezaron a perder sus aristas. Las fachadas de hormigón se convirtieron en manchas alargadas, trazos de un pincel ebrio que pintaba una realidad que Fabio ya no reconocía del todo.

El hambre es una brújula peligrosa dijo el taxista, cuya mirada seguía oculta en la penumbra del retrovisor. A veces nos lleva a devorar incluso aquello que juramos proteger. Su esposa, por ejemplo... imagino que le espera en casa con el calor de la costumbre.

Fabio arqueó una ceja. Un destello de irritación cruzó su rostro, pero la suavidad del movimiento del coche mitigaba cualquier estallido.

Elena es el ancla. Pero un hombre de mi posición necesita otros puertos. La fidelidad es una estructura rígida, un corsé que impide respirar. Yo necesito el oxígeno de la novedad, el vértigo de otros cuerpos que no saben a rutina.

Entiendo. Usted no colecciona momentos, colecciona conquistas. Trofeos de piel que colgar en el salón invisible de su ego. ¿No le pesa el equipaje?

Fabio soltó una carcajada seca.

El peso es poder. Solo los débiles viajan ligeros.

El taxista no respondió de inmediato. El silencio se espesó dentro del vehículo, convirtiéndose en algo casi sólido, una presencia que llenaba el espacio entre los dos hombres. El cuentakilómetros del salpicadero no marcaba números, sino símbolos que Fabio no lograba descifrar, formas que recordaban a constelaciones olvidadas o a lenguajes extintos.

Es curioso susurró finalmente el conductor. Todos dicen lo mismo cuando suben aquí. Creen que sus maletas están llenas de oro, cuando en realidad solo transportan ceniza y olvido. Dígame, Fabio, en ese mundo de tiburones que usted tanto disfruta... ¿alguna vez se detuvo a mirar el rastro de sangre que dejaba tras de sí, o el color de los ojos de aquellos que se hundían para que usted pudiera flotar?

Fabio se acomodó el nudo de la corbata de seda, un gesto reflejo de quien necesita reafirmar su armadura. El nombre de su esposa, pronunciado por aquel extraño, le produjo un pinchazo de acidez, una interferencia en la frecuencia de su triunfo.

—La sangre de los demás es el lubricante de la economía —contestó Fabio, con una frialdad que pretendía ser cortante—. Si te detienes a mirar los ojos de los que caen, acabas cayendo con ellos. La piedad es un lujo que no cotiza en bolsa.

El taxi giró de nuevo. Esta vez, la fuerza centrífuga no empujó el cuerpo de Fabio contra la puerta; al contrario, sintió que su peso se desvanecía, que sus pies perdían el contacto con la alfombrilla de terciopelo. Fuera, las farolas de la ciudad ya no eran puntos de luz, sino hilos dorados que tejían una red infinita. El asfalto había dejado de sonar. Ahora el vehículo levitaba sobre un silencio absoluto, un vacío que devoraba el eco de sus propias palabras.

—Hablemos de Elena —insistió el conductor. Su nuca permanecía inmóvil, una roca negra en medio de la penumbra—. Ella cree que usted está en una cena de negocios. Cree que el aroma de mujer que usted trae a casa es el rastro de algún papel carbón o de un despacho cerrado. ¿Cuántas veces ha ensayado esa mirada de cansancio fingido antes de cruzar el umbral de su hogar?

Fabio sintió un sudor gélido naciendo en la base de su columna. El interior del taxi empezó a expandirse. El techo parecía alejarse, convirtiéndose en una bóveda oscura donde parpadeaban luces que no eran bombillas, sino chispas de recuerdos olvidados.

—Elena es inteligente, pero prefiere la comodidad de la ignorancia —escupió Fabio, aunque su voz ya no poseía el mismo acero—. Yo le doy una vida de reinas. Joyas, viajes, una seguridad que ninguna de esas amantes podría soñar. Mi infidelidad es un tributo a mi vitalidad, no un insulto hacia ella. Ella tiene el contrato, las otras solo tienen el alquiler de mi tiempo.

—El tiempo —repitió el taxista, y la palabra resonó como un gong en una catedral vacía—. Usted habla del tiempo como si fuera una moneda que puede acuñar a su antojo. Pero el tiempo es un acreedor implacable. Y hoy, Fabio, la cuenta ha llegado a su vencimiento.

Fabio intentó bajar la ventanilla. Necesitaba aire, el oxígeno contaminado de la gran ciudad, el ruido de las sirenas, algo que le devolviera la sensación de estar vivo y al mando. Pero el cristal no cedió. Era un espejo ciego, una superficie fría y eterna. Al mirar hacia fuera, vio algo que le heló la sangre: el taxi ya no circulaba por la calle Neptuno. Debajo de ellos no había asfalto, sino un océano de nubes de color ceniza, desgarradas por relámpagos mudos que iluminaban ruinas de ciudades que nunca existieron.

—¿Qué es esto? ¿Adónde me lleva? —El tono de Fabio subió una octava, perdiendo su barniz de sofisticación.

—Le llevo a donde sus pasos le han conducido siempre —respondió el hombre de los guantes blancos—. Este taxi es el espejo de su alma. Si el paisaje le resulta extraño, es porque hace mucho que dejó de mirar hacia adentro. Dígame, ¿qué sintió cuando despidió a aquellos trescientos empleados en Navidad para inflar el bono de sus dividendos? ¿Sintió el frío que ellos sintieron?

Fabio cerró los puños. El maletín de cocodrilo, antes un símbolo de estatus, ahora le parecía un animal muerto, una carga inútil.

—Sentí que hacía mi trabajo. El mercado no tiene corazón. Yo soy una pieza de la maquinaria. Si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho otro.

—Esa es la canción de los cobardes —sentenció el taxista—. El "otro" es el fantasma que todos usan para dormir tranquilos. Pero en este coche solo estamos usted, yo y la verdad. No hay consejos de administración aquí, Fabio. No hay abogados de prestigio ni estrategias de marketing. Solo queda el rastro de sus actos. ¿Recuerda a la joven de la oficina de adquisiciones? ¿Aquella que lloró en el ascensor porque usted decidió que su dignidad era un precio aceptable por un ascenso?

El rostro de Fabio se reflejó en el retrovisor. Por un instante, por un brevísimo segundo, vio los ojos del conductor. No eran ojos humanos. Eran dos pozos de claridad absoluta, dos esferas de luz que contenían el principio y el fin de los días. En ese reflejo, Fabio no vio al triunfador de traje impecable, sino a un niño asustado, desnudo, cubierto de un barro gris que empezaba a endurecerse.

—Ella... ella quería subir. Todos queremos subir —balbuceó Fabio, sintiendo que el aire se volvía denso como el aceite.

—Subir a veces es la forma más rápida de caer —dijo el taxista, y el coche se inclinó hacia abajo en un descenso vertiginoso que no producía náuseas, sino una melancolía insoportable.

La presión en el pecho de Fabio no era dolor, sino una expansión. El aire dentro del taxi se había convertido en una sustancia densa, un ámbar transparente que conservaba cada una de sus mentiras como insectos prehistóricos. El vehículo ya no rodaba; navegaba una corriente de recuerdos líquidos donde el tiempo se doblaba sobre sí mismo.

Hablemos de las otras dijo el taxista, y su voz vibró en los huesos de Fabio. No de los nombres que anotó en su agenda con códigos discretos, sino de los fragmentos de alma que fue dejando en hoteles de paso y oficinas vacías.

Fabio intentó reír, pero el sonido fue un estertor seco.

Eran intercambios, nada más. Ellas buscaban el destello de mi éxito, yo buscaba el olvido de mi propio peso. Un pacto de piel. No había promesas, solo el presente absoluto.

El presente es una ilusión para quien huye del futuro replicó el conductor, ajustando el espejo retrovisor. En el reflejo, Fabio vio una hilera de rostros que se sucedían a una velocidad vertiginosa: mujeres con ojos empañados, sonrisas que se marchitaban al cerrarse la puerta, soledades financiadas con transferencias bancarias. Usted las usaba como espejos para convencerse de que seguía siendo joven, de que seguía siendo el depredador. Pero cada una de esas noches era un clavo en el ataúd de su propia empatía.

El paisaje exterior sufrió una metamorfosis final. Las nubes cenicientas se abrieron para revelar un abismo sembrado de relojes de arena rotos. El taxi descendía ahora por una espiral de luz blanca, una arquitectura de silencio que desafiaba toda lógica geométrica. Fabio miró sus manos; el anillo de oro de su matrimonio parecía ahora una cadena de hierro al rojo vivo, marcando su piel con un estigma de fuego frío.

Elena... susurró Fabio, y el nombre le supo a ceniza. Ella no se merece esto.

Nadie merece ser el decorado de la vida de otro dijo el taxista. Usted construyó un mausoleo de lujo y la encerró dentro, convenciéndola de que el silencio era paz y la ausencia era trabajo. Pero dígame, Fabio, ¿recuerda el dolor en el costado? Aquel pinchazo en la oficina, justo después de firmar la sentencia de muerte de aquella empresa familiar en el norte.

Fabio palideció. El recuerdo regresó con una nitidez insoportable: el sabor metálico en la boca, la visión borrosa, el teléfono cayendo de su mano mientras el mundo se inclinaba cuarenta y cinco grados.

Fue un desmayo. Estrés. Los médicos dijeron que necesitaba descanso balbuceó, aunque una parte de él ya sabía que el descanso que le recetaron era eterno.

Los médicos hablaron a un cuerpo que ya no escuchaba sentenció el conductor. El taxi se detuvo de golpe, pero no hubo inercia. El movimiento simplemente cesó, como si la existencia misma hubiera aguantado la respiración. Hemos llegado.

Fabio miró por la ventanilla. No estaba en la calle Neptuno. No había edificios de lujo ni porteros uniformados. Frente a la puerta del coche se extendía un umbral de luz sólida, una frontera de claridad que hería los ojos. No había nada más. Solo ese taxi negro y la inmensidad blanca.

—¿Dónde están mis llaves? ¿Dónde está mi casa? preguntó Fabio, con la voz rota por un miedo primigenio.

Su casa es lo que ha construido en estos años, Fabio. Y lamento decirle que no tiene techos ni paredes. Es un desierto de mármol frío el taxista se quitó por fin la gorra, revelando una expresión de una serenidad devastadora. No soy un conductor, soy el último testigo. Y este no es un viaje de negocios. Es el cierre de su balance final.

Fabio buscó su maletín de cocodrilo, pero sus dedos solo atraparon aire. El objeto de lujo se había desintegrado, convirtiéndose en un puñado de polvo gris que alfombraba el suelo del vehículo. Sus ropas caras empezaron a deshilacharse, volviéndose jirones de una gasa transparente.

—¿Estoy... muerto? La pregunta flotó en el aire, pesada y definitiva.

El conductor giró el cuerpo y, por primera vez, le miró directamente. Sus ojos no juzgaban; simplemente veían la totalidad de lo que Fabio era, sin el filtro del dinero o el poder.

Usted murió hace tres horas, Fabio. En el suelo de su despacho, rodeado de pantallas que seguían escupiendo cifras mientras su corazón se detenía. Este taxi es la última estación. Y el precio del trayecto no se paga con billetes.

Fabio sintió un impulso desesperado de bajar, de correr hacia la luz, de pedir perdón a Elena, de deshacer cada uno de sus pasos.

—¡Tengo que volver! gritó—. ¡Tengo cuentas pendientes! ¡Puedo arreglarlo todo!

En este mercado no hay devoluciones dijo el taxista con una sombra de tristeza. Pero hay un detalle que ha pasado por alto. Usted cree que yo soy quien decide su destino. Que soy el portero que abre o cierra la entrada.

Fabio se quedó paralizado, con la mano en la manilla de la puerta.

—¿No lo eres?

El conductor sonrió, y en su sonrisa hubo un eco de todas las verdades del universo.

Yo solo conduzco, Fabio. El que elige el destino siempre ha sido usted. Mire bien el letrero del taxi.

Fabio giró la cabeza hacia la ventanilla delantera. El taxímetro, que antes mostraba símbolos extraños, ahora emitía un fulgor carmesí. Las letras no formaban una tarifa, sino una sola palabra que se repetía en un bucle infinito.

No ponía "Libre". Tampoco ponía "Ocupado".

La palabra que brillaba con una luz sobrenatural era su propio nombre: FABIO.

El viaje no termina aquí —susurró el taxista mientras la puerta se abría sola hacia el abismo blanco. El viaje es usted. Y ahora debe caminar por el paisaje que usted mismo diseñó.

Fabio bajó del coche. Al tocar el suelo, la luz blanca se transformó instantáneamente en una oficina infinita, vacía, gélida, donde el teléfono no paraba de sonar y no había nadie al otro lado para responder. El taxi desapareció en el vaho, dejando tras de sí solo el olor a ozono y el silencio de una cuenta que nunca terminaría de cuadrar.

Bernardo Vidal 
Es ilustrador y escritor, graduado en Artes Aplicadas y un maestro de la atmósfera negra. Su obra se define por un lenguaje híbrido donde la imagen y la palabra convergen para desenterrar las verdades que laten bajo la superficie de lo cotidiano. Especializado en el género negro y el suspense psicológico, Vidal construye mundos marcados por el realismo sucio, la profundidad simbólica y una tensión emocional que se siente en cada trazo narrativo.