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28 agosto 2025

Un día de vida...

La habitación 513 del hospital estaba compartida por dos enfermos. A estos compañeros a la fuerza por la convalecencia los separaba una cortina corredera.
El enfermo de la 513 A era joven, su fragilidad en ese momento delicado de su vida contrastaba con la vitalidad que se le presuponía. El enfermo de la 513 B era un hombre de avanzada edad, cuya existencia se marcaba en las arrugas de su rostro y en la serenidad de su mirada.
Sentado en un sillón, junto a la cama del anciano, se encontraba su hijo. La tensión del día a día en un hospital, las largas horas de espera y la inquietud constante por el estado de salud de su padre calaban ya en su estado físico y mental.
De repente, el hijo se levantó. El crujido suave del sillón al ceder su peso rompió el silencio de la estancia. Se acercó a su padre, cuya respiración era lenta, tranquila, casi imperceptible.
—Papá, voy a bajar un momento a la calle. Necesito estirar las piernas, tomar un café para despejarme y, quién sabe, quizás probar suerte con un décimo de lotería en la administración que hay justo al lado de la cafetería.
El padre asintió con un leve movimiento de cabeza, su rostro transmitía comprensión al comentario de su hijo, que se despidió con una caricia en su frente y se dirigió hacia la puerta, dejando atrás la quietud de la habitación, buscando un respiro en el mundo exterior, un instante de normalidad en medio de la incertidumbre, con la esperanza latente de que la fortuna, al igual que la salud, pudiera cambiar de un momento a otro.
Saludó con un gesto al paciente de la 513 A que le respondió cerrando el puño y levantando el pulgar. A punto de salir por la puerta, dio media vuelta y volvió hasta la cama de su padre.
—Por cierto, papá, ¿quieres el mismo décimo que voy a comprar o que te selle algún bonoloto, que sé que te gusta? Igual nos trae suerte, afirmó con una carga notable de expectativa.
El padre, tras un momento de reflexión, levantó la mirada hacia su hijo. Sus ojos, aunque cansados, brillaban con una profundidad que iba más allá de la simple esperanza de un premio material. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, una sonrisa que contenía la sabiduría de quien ha vivido plenamente y valora lo verdaderamente importante.
—Hijo, respondió con una voz serena, pero firme, agradezco tu gesto, de verdad. Pero más que el dinero, lo que ahora desearía es algo mucho más valioso. Pregunta en la administración si tienen algún juego en el que el premio sea un día de vida.
El hijo y el enfermo de la 513 A, asombrados, se miraron. Sin mediar palabra tras la lección que acababan de recibir no supieron reaccionar pero, desde aquel día, nunca olvidaron la verdadera esencia de lo que significaba la riqueza: un día más, el tiempo...
Al día siguiente, la delicada salud del paciente de la 513 B desencadenó un fallo multiorgánico que le llevó a una complicación tan severa que le produjo la muerte. No tuvo ni siquiera ese día de más que quería como premio.
Ramón Alfil
Fotografía: Vilkas / Pixabay / Libre de derechos

22 agosto 2025

¡Buen viento y buena mar!

A pesar del calor propio de una tarde de agosto, la brisa apaciguaba el bochorno en el puerto de Marinabrava. Matías era un viejo marinero retirado, de baja estatura, su espalda estaba algo curvada y manifestaba una ligera cojera fruto de uno de los muchos desafíos con los que tuvo que enfrentarse en el mar. Su cara, curtida por los años, el rigor de su trabajo y el salitre estaba marcada por unos pronunciados surcos en sus mejillas y una barba de varios días. Su cabello blanco y desarreglado parecía una red de pesca vieja que quedaba algo disimulado por una gorra gastada por el roce y con alguna que otra mancha.

Matías conocía cada centímetro del puerto de Marinabrava, era su segunda casa, ese día se sentó en la parte superior ensanchada de un noray, ese bolardo fijado a los muelles que sirve para amarrar barcos, negro y algo oxidado por el tiempo. Con parsimonia, asentó con sus huesudos dedos el tabaco que prendió en una pipa de madera vieja, ya ennegrecida tras las caladas de muchos años; el humo dibujaba en el aire círculos que iban deformándose mientras ascendían. Aquel noray era su particular patio de butacas desde el que tantas veces había sido espectador de, para él, uno de los mayores espectáculos que se pueden ver: el desatraque de un barco mercante.

Acompañado por una gaviota desconfiada que lo miraba reojo, Matías observaba, a lo lejos, los pasos meticulosamente coordinados entre el puesto de mando del barco mercante y dos remolcadores: uno en proa y otro en popa. Los remolcadores, diminutos ante el gigante de mar, parecían insectos trabajando contra una fuerza mayor, y, sin embargo, cada movimiento era una coreografía exacta que iba tirando del buque, de origen chipriota, hacia la parte central del puerto, todo de manera muy lenta, laboriosa, perfectamente planificada. Para él, ese momento era pura emoción ver la partida de ese mercante, esa pequeña ciudad flotante en la que se cumplían leyes marinas y  se respetaban jerarquías.

En la proa llegó a vislumbrar a dos de los tripulantes que se abrazaron para desearse —pensó— suerte en la ruta de varios días que los iba a llevar a un lejano puerto. Matías imaginó esa travesía a la que se hubiera apuntado sin dudarlo para volver a sentir las horas de sol, el vaivén del casco, el rumor del mar...

El deseo de navegar todavía latía en su interior, pero la vida le dejó en la otra orilla. Y, aun así, en ese instante, se conformó acomodado en el noray con ver salir aquel barco que conforme avanzaba hacia la mar abierta iba perdiendo tamaña hasta parecer un barquito de juguete. Matías, para sus adentros, pensó aquello que tantos marineros anhelan: buen viento y buena mar.

Ramón Alfil

Foto: Ramón Alfil

21 agosto 2025

Con la música actual, la vida es un error


Seguramente se habrán percatado que en redes sociales circula, a modo de meme, una afirmación de Friedrich Nietzsche que versa: “Sin música, la vida sería un error”. Más allá de la banalidad de la circulación de esta frase, lo que allí se está estableciendo es la diferencia de cualquier otro ser en la naturaleza como el único que es capaz de crear obras de arte, y dentro de esa creación, la música ocupa un lugar privilegiado y fundamental. Si la vida sin arte sería una existencia despojada de su máxima expresión, la vida sin música sería, para Nietzsche, un vacío insalvable. Esta cita no es una mera hipérbole, sino una tesis ontológica que eleva la música al rango de fuerza primordial, un pilar sobre el cual se sostiene la experiencia humana. Pues bien, en esta reflexión intentaremos explorar la centralidad que tiene la música en la filosofía, la conectaremos con pensadores que la han abordado desde diversas perspectivas y la confrontaremos con la degeneración de la creación sonora en la época detestable llamada postmodernidad, un síntoma de un error vital que la música, en su esencia, debería contrarrestar.

Tengamos en cuenta que, para Nietzsche, el lenguaje y la razón, a menudo reductores, intentan encapsular la vastedad de la existencia en conceptos rígidos. La música, en cambio, opera en un plano distinto. Es el lenguaje de la voluntad misma. En su obra “El nacimiento de la tragedia”, Nietzsche sostiene que “el lenguaje de la música es anterior al concepto”, y en una carta a su amigo y confesor Peter Gast en 1877 expresó que “la vida sin la música es sencillamente un error, una fatiga, un exilio”. Esta idea nos indica que la música, al ser un lenguaje de la voluntad, nos permite acceder a la realidad de una manera más directa y auténtica.

Esta perspectiva se entrelaza directamente con la de Arthur Schopenhauer, mentor intelectual de Nietzsche. En su obra titulada “El mundo como voluntad y representación”, Schopenhauer eleva la música por encima de todas las demás artes, argumentando que no es una copia de las ideas del mundo, sino un reflejo directo de la voluntad misma. De hecho, llegó a afirmar allí que “la música no es en absoluto, como las demás artes, una copia de las Ideas, sino una copia de la voluntad misma”, confirmando con ello que la melodía expresa el constante fluir de la voluntad, con sus anhelos insatisfechos y sus penas inherentes, convirtiéndose así en una forma de conocimiento metafísico.

16 agosto 2025

Una voz humana en la sinfonía cósmica

Durante más de 4.000 millones de años, la vida en la Tierra ha evolucionado desde formas simples hasta organismos complejos, pensantes y emocionales. La evolución biológica no es solo una teoría científica; es una epopeya. Y es una epopeya que compartimos con cada hoja de árbol, cada bacteria y cada estrella fugaz.

A veces olvidamos que nuestros átomos vienen de las estrellas. Literalmente. El carbono en nuestros músculos, el hierro en nuestra sangre, el calcio en nuestros huesos… todos se forjaron en el corazón de estrellas que murieron mucho antes de que el Sol naciera. Pero esos elementos no bastan para crear vida. Lo extraordinario es lo que ha hecho la vida con esos ingredientes: construir estructuras, replicarse, aprender y soñar.

La vida es el experimento más extraordinario del universo conocido. Y en este rincón concreto, en un planeta azul orbitando una estrella tranquila y ordinaria, ese experimento ha dado lugar a una especie que no solo vive, sino que además contempla la vida misma.

El lenguaje de los genes


Si miramos una célula bajo el microscopio, parecerá casi mágica. Pero no hay magia: hay moléculas que interactúan de forma precisa y compleja. El ADN es el gran libro de instrucciones de la vida. Cada una de nuestras células lleva una copia del texto que nos define. Y lo más maravilloso es que ese texto no es solo nuestro. Compartimos segmentos enteros de ADN con ratones, con árboles y con bacterias. La evolución escribe en un idioma común.

Y lo más asombroso es que esa partitura no se compuso de golpe. Fue afinándose generación tras generación, a lo largo de miles de millones de años, mediante mutaciones, selecciones naturales, errores y aciertos. No hubo un diseñador, sino una sinfonía espontánea. Una fuga cósmica.

13 agosto 2025

Una silla vacía junto al mar

Eugenia pasó muchos años de su vida junto a Marco, eran una pareja que no apagó nunca la llama de la estima. Ya en una edad madura, decidieron formalizar su unión y se casaron en la basílica de Nuestra Señora del Carmen, como era preceptivo en Marinabrava, un pueblecito marinero en el que el tiempo parecía detenerse entre el murmullo del mar.
Marco era un hombre de mar, como casi todos los de Marinabrava, alto, fornido, de hombros anchos y manos curtidas por tantos años de trabajo duro. Empezó de chiquillo como simple ayudante y llegó a ser patrón y propietario de su propio barco, “La Eugenia”. Su vida giraba entre las mareas y las rutas marinas; cada viaje era una promesa de regreso y cada regreso, un suspiro de alivio para Eugenia.
Hacía apenas un mes de aquella boda soñada cuando la idílica relación tomó una curva fatal y dolorosa. Marco salió al mar y no volvió. El barco apareció a la deriva, los tripulantes de “La Eugenia” se esfumaron en la profundidad del agua y de la memoria; no se volvió a saber nada de ellos.
Desde entonces, Eugenia adquirió el hábito de salir de casa con una silla a cuestas que utilizaba para sentarse junto a la orilla del mar, con la vista fija en el horizonte, siempre con la esperanza de ver aparecer entre las aguas a Marco. A pesar de que el ansiado regreso no se producía, ella no cesaba en su empeño y cada tarde, hacia el ocaso, volvía con su silla a sentarse frente al mar como si de un escenario se tratara.
Durante días, semanas, años... cada jornada volvía a casa con su silla y la decepción de no haber visto a Marco surgir del mar y abrazarlo.
Los lugareños se fueron acostumbrando a verla reaparecer cada tarde con la silla en la mano, como si el mar, cada día, quisiera devolverle una promesa quebrada.
Alejandro, a diario, salía a correr al alba por la playa. La edad le obligaba a que su carrera fuera lenta y de vez en cuando se detenía a contemplar el mar. Ese día, a lo lejos, en la playa solitaria divisó un objeto que fue adquiriendo forma conforme se acercaba a él. Era una silla. ¡Qué raro! ¿Qué hacía una silla en la orilla del mar? No comprendía nada. Parecía sin dueño, pero su presencia parecía revelar una espera sin fin.
El periódico local publicó un llamamiento a los habitantes de Marinabrava y de la comarca, acompañado de una foto de Eugenia, había desaparecido del pueblo sin dejar rastro alguno.
Alejandro leyó la noticia en el casino mientras tomaba un café con leche y un solisombra. Pensó en aquella silla solitaria en la playa, en ese amor que el mar se llevó... Imaginó lo peor.
En la quietud de las noches de Marinabrava, el faro parecía pronunciar su propia oración por Marco y por la tripulación de “La Eugenia”. Eugenia se convirtió en una figura misteriosa de la memoria colectiva: la mujer que había amado al hombre de mar y que, en la espera, quizá halló la forma de sostenerse a sí misma; aunque un día, posiblemente, decidió reencontrarse con Marco. Nadie lo supo nunca.
Los habitantes de Marinabrava contaban historias del mar y, entre ellas, no podía faltar la de Marco y Eugenia, aunque deshilachada ante el misterio de una ausencia.
Ramón Alfil

Foto: Don Bernardo, un amigo que alimentó mi imaginación

12 agosto 2025

Ítaca siempre nos brindará un hermoso viaje

Ayer escribí un breve relato en el que un abuelo intentaba explicar a su nieto que el deterioro que causa la edad origina que se desestimen realizar actividades que antes se llevaban a cabo con cierta facilidad. El abuelo se vio algo acorralado, pues resulta harto complicado hacerle ver a un niño que la edad avanzada es el principio del camino al ocaso. Salió como pudo del agobio.
Don Bernardo, como me gusta llamar a un amigo que en su día fue mi profesor de Historia del Arte, leyó la historia del abuelo y el nieto y me aconsejo un viaje literario a Ítaca. Quedé algo desconcertado, pero lo hice y me di cuenta que, efectivamente, el camino puede ser más importante que la meta. 
No había leído nada de Konstantinos Kaváfis. Su poema Ítaca es como un manual de filosofía de vida, en el que lo fundamental es todo lo que le sucede a Ulises en su hermoso viaje, pasando el destino a un segundo plano. Si uno no ha desperdiciado su vida en materias superficiales y simplezas, cada etapa de su existencia habrá constituido un viaje instructivo más importante que la llegada al punto y coma de la vida, el citado camino del ocaso, largo para unos y corto para otros, ¡va a depender de tantas cosas!
Ramón Alfil




Ítaca, poema de Konstantinos Kaváfis

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

11 agosto 2025

La vida es como el mar, siempre en movimiento

En lo alto de unos peñascos, junto al mar, un abuelo y su nieto se sentaron juntos, sintiendo la brisa marina y el olor a agua salada que llenaba el aire. Desde allí, podían ver ese lienzo azul extendiéndose hasta donde la vista alcanzaba, con sus olas rompiendo suavemente contra las rocas produciendo ese característico redoble sostenido que deja un brillo plateado de espuma en su rebote.
El abuelo, con su rostro tallado por arrugas y marcas que contaban historias de muchos años, miraba el horizonte con una sonrisa nostálgica. Sus brazos y piernas, alguna vez fuertes y firmes, ahora mostraban las huellas del tiempo; sus manos huesudas y deformadas, ya no le permitían bajar con soltura hasta el agua para pescar sargos, como solía hacerlo años atrás. Era consciente de su decadencia.
—¿Sabes, pequeño? —le dijo con voz suave y calmada—. Antes, bajaba por esas rocas con tanta facilidad que parecía un gato. La pesca de sargos era una de mis aficiones favoritas. Me gustaba sentir cómo el agua fría tocaba mis pies y escuchar el canto de las gaviotas. Pero ahora, las cosas han cambiado un poco.
El nieto lo miraba con atención, algo perplejo.
—¿Por qué ya no puedes bajar, abuelo? —preguntó con curiosidad.
El abuelo sonrió con ternura y le acarició la cabeza.
—Porque el cuerpo, hijo, envejece. Ya no tengo la misma fuerza en las piernas ni la misma agilidad. Tengo miedo de caer y lastimarme, y no quiero que algo así arruine todos los momentos hermosos que he vivido en esas mismas rocas. Es difícil aceptar que, con el paso del tiempo, uno se va deteriorando. Pero eso no significa que deje de disfrutar de lo que aún puedo hacer, o que deje de querer estas aventuras.
El niño se quedó en silencio, triste, notaba en su abuelo cierta decepción por la pérdida de vigor; pero, su bisoñez no percibía que los cambios de la vida se pueden aceptar con valentía y, más, si se tienen ganas de vivir y propósitos.
El abuelo, dándose cuenta de su pena le sonrió y le dijo:
—La vida es como el mar, siempre en movimiento. Y aunque a veces nos sintamos más frágiles, lo importante es seguir disfrutando de cada ola, de cada momento, y entender que en el paso del tiempo también hay belleza y, sobre todo, sabiduría. No tengas miedo, porque en cada arruga y marca hay una historia que contar y, en cada momento, una oportunidad para seguir teniendo ilusión.
Y así, acompañados por el infatigable ruido de las olas al golpear sobre las rocas, quiso explicarle que la voluntad de hacer cosas, aunque se vaya camino del ocaso, nunca termina, solo cambia de forma.
Ramón Alfil
Foto: Ramón Alfil

10 agosto 2025

Diseñan un novedoso filtro que potabiliza el agua salada con electricidad de uso doméstico y coste mínimo



Podría reemplazar a los sistemas actuales por su facilidad 
de implementación y su capacidad para funcionar con
paneles solares o baterías a pequeña escala

Un equipo internacional con participación del Instituto de Ciencia de Materiales de Madrid del CSIC (ICMM-CSIC), ha desarrollado un novedoso método de filtrado de agua salada que permite desalarla utilizando membranas con poros extremadamente pequeños, de millonésimas de milímetro (nanofiltración), usando solo electricidad, sin necesidad de bombas ni sistemas de alta presión, como los utilizados en la actualidad en la desalación del agua. El trabajo, publicado en la revista Nature Materials, muestra una tecnología prometedora para hacer la purificación de agua más accesible, eficiente y adaptable a distintos contextos, utilizando menos energía y con fácil implementación.

Avance fundamental

El nuevo sistema se basa en un fenómeno llamado diodo osmótico, que permite al agua dulce fluir en una sola dirección a través de la membrana, mientras las sales y otras impurezas quedan retenidas. Lo más novedoso es que este proceso se activa mediante corriente eléctrica alterna, la misma que usamos en nuestros hogares.

A diferencia de los sistemas tradicionales, que suelen depender de corriente continua más costosa para alimentar bombas o mover iones, este rompedor método aprovecha la corriente alterna para activar directamente el transporte de agua, sin necesidad de utilizar componentes mecánicos ni presiones elevadas. Además, puede funcionar con baterías o energía solar.

Actualmente, los sistemas más comunes para convertir agua salada en potable son la ósmosis inversa y la destilación térmica. La ósmosis inversa requiere aplicar mucha presión para forzar el paso del agua a través de una membrana, lo que implica un alto consumo eléctrico y equipos costosos. Y de igual forma, la destilación térmica necesita grandes cantidades de energía para calentar el agua hasta su evaporación para eliminar la sal, lo que también limita su eficiencia y sostenibilidad.

03 agosto 2025

¡Golazo de Malta!

En el repugnante sistema político que siembran y cultivan los políticos españoles maduran los frutos de un espectáculo digno del mejor mago. Sacan de sus chisteras proyectos fallidos que convierten en éxitos rotundos a través de una estrategia comunicativa fantástica. Se centran en los pequeños logros, los magnifican hasta límites insospechados, los presentan como hitos históricos. Mientras tanto, las innumerables meteduras de pata, los proyectos marrados, la mala gestión de los recursos públicos… De todo ello, cabeza gacha y mutis por el foro.
La realidad se pliega a sus conveniencias narrativas, nos creen imbéciles. Erre que erre con el proyecto de moda, citan a los medios de comunicación a unas cómodas ruedas de prensa para que sirvan de altavoz al rebaño sobre el plan en desarrollo, un plan que visten de gala. De todas las ejecuciones pendientes o de los patinazos pasados cunde un silencio total.
¿Recordáis aquel famoso partido España - Malta, el del 12 a 1? Juego con una hipótesis. Si el manual del grupo político al que pertenecen o el antojo del líder les dictara que hay que exaltar todo lo maltés, resaltarían lo único bueno, a pesar de tener en contra doce chicharros, y como buenos siervos gritarían a los cuatro vientos: ¡Golazo de Malta! Y se quedarían tan panchos.
En definitiva, la próxima vez que un político celebre un logro menor como si fuera Dios, a través de Moisés, separando las aguas del Mar Rojo, recordad el partido de España y Malta. Recordad que el silencio a menudo grita más fuerte que las palabras, y que la verdad, aunque a veces esté escondida, siempre termina por salir a la luz.
Ramón Alfil
Fotografía: Charl Vera / Pixabay / Libre de derechos

01 agosto 2025

La urna en disputa: cuando votar no implica cambio alguno

 "Una de las penas por rehusarse a participar en política 
es que terminarás siendo gobernado por tus inferiores."
Platón, La República, Libro I

 


Hoy quiero invitarlos a reflexionar en torno a un fenómeno recurrente en las democracias occidentales, a saber, la ilusión de una política decadente que ha logrado con éxito que ningún voto rompa ninguna cadena. La creencia inquebrantable en el sufragio como catalizar de un cambio profundo define una de las grandes ficciones perversas de nuestro tiempo. En los gobiernos no dictatoriales, millones de ciudadanos acuden a las urnas con la esperanza de que su voto, individual o colectivo, transforme las estructuras de poder y mejore sus vidas. Sin embargo, un examen crítico de las últimas décadas revela una realidad desoladora: los problemas estructurales persisten y, en muchos casos, se agudizan, independientemente de quién sea el degenerado de turno al que le toque asumir el poder. Esta desconexión entre la expectativa democrática y la realidad política nos invita a una profunda crítica filosófica sobre la naturaleza de nuestra participación cívica y la verdadera capacidad de incidencia del voto en un sistema que, lejos de evolucionar, parece haberse instalado en una decadencia persistente y cada vez más putrefacta.

Tengamos en cuenta que el acto de votar se ha consolidado como un ritual sagrado, una catarsis colectiva que valida la legitimidad de un sistema. Desde la niñez, se nos inculca que la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y que nuestra participación electoral es la máxima expresión de soberanía. Pues bien, amigos míos, esa narrativa oculta una trampa fundamental: la reducción de la política a la mera gestión administrativa y la perpetuación de un statu quo que beneficia única y exclusivamente a las élites.

Ya en la antigüedad, Platón nos advertía sobre las consecuencias de la apatía política. En su célebre obra La República, si bien criticaba a la democracia ateniense por sus excesos y su susceptibilidad a la demagogia, también subrayaba la responsabilidad de los ciudadanos. A él se le atribuye la sentencia que versa: “Una de las penas por rehusarse a participar en política es que terminarás siendo gobernado por tus inferiores” (Platón, La República, Libro I, 347c). La ausencia de ciudadanos virtuosos en la vida pública, para Platón, abre la puerta al ascenso de aquellos menos capacitados o éticos, nada más cercano a lo que podemos observar en la actualidad, donde nos encontramos con bestias analfabetas y bruscas ocupando ministerios, secretarías y, en más de una ocasión, gobernaciones e incluso presidencias de la Nación.