Hay días en que uno mira el país y tiene la sensación de que navega por pura inercia, como esos barcos que avanzan aunque el capitán esté más pendiente de las gaviotas que del timón. España, sus comunidades autónomas y sus municipios parecen sostenerse gracias a una fuerza silenciosa, una especie de gravedad moral que evita que todo se venga abajo. Y esa fuerza, aunque nadie la mencione en los mítines ni en las tertulias, tiene nombre: los tanques de lastre.
En los barcos, los tanques de lastre no son un adorno ni un capricho técnico, son el peso que mantiene la estabilidad, el contrapeso que impide que una mala maniobra acabe en tragedia. No se ven, pero sin ellos cualquier oleaje tumbaría la nave.
En la política ocurre lo mismo. Mientras arriba se suceden los discursos vacíos y encendidos, la corrupción, el nepotismo convertido en rutina, la falta de talento y la inacción, abajo trabajan quienes sostienen la estructura. Técnicos, funcionarios de carrera, profesionales que conocen el oficio y que, sin hacer ruido, corrigen lo que otros estropean, equilibran lo que otros desequilibran y mantienen en pie lo que otros ponen en riesgo. Son los tanques de lastre de la democracia, el peso que impide que la incompetencia política acabe en naufragio. Son la resistencia natural contra la ineptitud y la improvisación. Son el recordatorio de que gobernar no es un acto de inspiración, sino de responsabilidad.
La sociedad se hunde cuando se vacían esos tanques, cuando los puestos se reparten por afinidad y no por mérito, cuando se promociona al servil y se margina al competente. El barco pierde estabilidad no porque falten recursos, sino porque falta peso profesional; falta ese lastre que evita que el país se incline hacia el lado de la propaganda barata, del ruido y del “y tú más”.
España flota, sí; pero flota a pesar de la política, no gracias a ella. Flota porque aún quedan técnicos que sostienen hospitales, juzgados, ayuntamientos, carreteras, escuelas, servicios sociales... Flota porque hay quien mantiene el equilibrio mientras arriba se discute quién tiene la culpa del oleaje.
La meritocracia no es una palabra bonita para discursos institucionales, es el mecanismo que mantiene el barco derecho. Cuando se desprecia o se sustituye por la fidelidad partidista, el barco empieza a escorarse. Y si se sigue vaciando el lastre, llegará un día en que ya no habrá forma de enderezarlo.
Quizá la metáfora de los tanques de lastre sirva para recordar algo sencillo: un país no se sostiene por quienes hablan más alto, sino por quienes trabajan mejor. Y si la política no recupera el respeto por el mérito, el conocimiento y la responsabilidad, el barco acabará boca abajo; no por una tormenta, sino por la ligereza de quienes creen que gobernar es solo cuestión de voluntad.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales.
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