En aquel 1978 de transición, sin internet y con más curiosidad que recursos, recibía una vez al mes la visita del señor Laureano, un vendedor de libros. Aún puedo verlo subir las escaleras con su cartera repleta de folletos y catálogos, semblante sonriente, su cabello blanco y fuerte y ese "bueno día, ¿cómo va ezo?" con un simpático acento andaluz.
Para mí, abrir aquella cartera era como abrir el mundo: historia, literatura, ciencias naturales… un atlas mensual de todo lo que quería aprender. En mis estanterías de casa siguen hoy varias enciclopedias de aquella época, testigos de aquellas tardes en las que escuchaba su palique comercial con la ilusión de quien espera un descubrimiento.
Un año antes me había vendido las obras completas de Blasco Ibáñez en cuatro tomos, editadas por Aguilar. Pero aquel día llegó con una sorpresa: dos tomos más, recién publicados, que completaban la bibliografía del escritor valenciano. Eran obras menores, textos juveniles que Blasco retocó en su madurez, y entre ellos aparecía una novela que entonces tenía un aura casi clandestina, La araña negra; un folletín anticlerical, prohibido en su tiempo, cuya intriga familiar parecía rozar el pecado mortal. No pude resistirme. Me empeñé en cómodos plazos y pagué aquellos dos tomos durante un año entero. Hoy, releída la obra, vuelvo a abrir ese recuerdo como quien abre un libro antiguo: con gratitud, con curiosidad, y con la certeza de que algunas lecturas no solo nos acompañan, sino que nos devuelven a quienes fuimos.
La araña negra, de Blasco Ibáñez, hoy...
La estructura de La araña negra responde más a un Blasco Ibáñez agitador político que al novelista maduro de otras novelas. Muchos personajes llevados al límite e intrigas familiares que se enredan como la propia metáfora del título. En la lectura actual, más de cuarenta años después, me ha parecido demasiado larga, algo espesa. No obstante, el escritor valenciano maneja con habilidad un estilo en el que la emoción es un arma narrativa tan eficaz como la argumentación.
