La joven criada se inclinaba cada día sobre el retrato de su señor como si temiera que el aire pudiera borrar aquel rostro que contemplaba.
Las cortinas del cuarto filtraban la luz con un tono dorado y antiguo. En esa penumbra pensaba que nadie la podía ver y su secreto estaría guardado.
Pasaba el plumero con sumo cuidado. Sus manos, acostumbradas al trabajo rudo y no a la ternura, rozaban con mucha delicadeza el marco, como si temiera profanar algo sagrado.
Cada día repetía el mismo ritual: acercarse, contemplar, anhelar… y marcharse antes de que alguien pufiera sorprenderla y descubrir lo que ni ella misma se atrevía a admitir: un amor silencioso, condenado a lo imposible y que solo encontraba refugio en la quietud del retrato de su señor.
Relato corto basado en una obra del pintor italiano Tito Conti (1842-1924)

Ramón Alfil
Estoy en el punto y coma de la vida, estoy en lo mejor de lo peor.
Como soy un error del sistema, no tengo redes sociales.
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Algunas de mis debilidades: escribir, leer, el maestro Larra, Beethoven, el mar, la cartomagia, este blog y muchas más...
Sus artículos en El Seis Doble | Su estela en este ateneo
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